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Pedro Sánchez durante su comparecencia del viernes en Moncloa

Pedro Sánchez durante su comparecencia del viernes en MoncloaEFE

Quitarse la corbata o el penúltimo detalle «trivial» de Pedro Sánchez contra la cultura clásica europea

La nueva polémica sobre el uso de la prenda, generalmente masculina, a propósito del ahorro de energía, contiene, además del absurdo, otros significados

Clark Gable decía que «la corbata, la pipa y el abrigo definen la elegancia masculina» y Alberto Moravia creía que es «el único accesorio que refleja con claridad la personalidad del hombre moderno». Balzac detallaba mediante dibujos su variedad de usos y ahora Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno de España, como antes el también socialista ministro, Miguel Sebastián, promueve su desuso por el bien del «ahorro energético».

Es como si ya no tuviera valor ser elegante, ni tener personalidad, o como si el arte hubiese perdido su importancia, todo ello en beneficio de la estupidez humana. Los orígenes de la corbata provienen de Croacia, durante la Guerra de los Treinta Años, cuando las mujeres anudaban pañuelos rojos en el cuello de los soldados como símbolo de amor. ¿Estará Pedro Sánchez también contra el amor?

Señal de estilo

En 1660 el rey Carlos II introdujo en Inglaterra la cravate, la evolución del pañuelo y lo que antecedió a la corbata (o lo que ya fue, en realidad). El dandi original Georges Brummell, el personaje en el que se inspiró Proust para crear a su barón de Charlus, extendió su uso como señal de estilo. Del ejército, la nobleza y los burgueses pasó al pueblo, que se la ponía los domingos, al contrario que ahora, que es cuando se la quita. Hasta los presos salían de la cárcel con corbata y traje.

Morgan Freeman con corbata en una escena de 'Cadena Perpetua'

Morgan Freeman con corbata en una escena de 'Cadena Perpetua'Twitter

Todavía la corbata es protocolaria y obligatoria en ocasiones y lugares. Hay restaurantes (cada vez menos) que las tienen a disposición de los clientes para permitirles sentarse a comer en sus locales cuando aquellos no la traen de casa, pero la ofensiva oficial contra la prenda vino precisamente del país que la hizo esencial, cuando el parlamento británico suprimió su obligatoriedad en el verano de 2017.

«El diablo es rubio y en sus azules ojos, dos estrellitas, encendió el amor con su corbata y sus calzones rojosFrida Kahlo

Hay quienes han visto en ella a lo largo del tiempo un símbolo de opresión. O incluso algo peor. «El diablo es rubio y en sus azules ojos, dos estrellitas, encendió el amor con su corbata y sus calzones rojos. El diablo me parece encantador», dijo una vez Frida Kahlo sobre un complemento con un recorrido caprichoso según de quién se hable. El ínclito ministro de Consumo, el «comunista» Alberto Garzón, no se la puso jamás hasta que fue nombrado gobernante y desde entonces no se la ha quitado nunca.

Una vez el gran tenor mexicano Juan Diego Flórez salió del escenario durante un recital y volvió con una guitarra. Se sentó con ella y empezó a rasgarla mientras cantaba Cucurrucucú, Paloma y después de quitarse la corbata (era pajarita) con gesto jocoso de alivio, que provocó la hilaridad del público ante la atenta y sonriente mirada de Plácido Domingo entre bambalinas, vestido con frac.

Pablo Iglesias iba con corbata de una forma que era como martirizarla, como condenarla, mal anudada, con coleta y sin chaqueta. Georges Brummell seguro que hubiera salido espantado al contemplar semejante adefesio futurista.

Del mismo modo que se hubiera sentido encantado al ver al señor Stevens, el mayordomo de Lo que queda del día, observar el orden y la pulcritud de un espíritu que también podía amar (¿qué hubiera hecho el Sr. Stevens al ver al presidente recomendar el desuso de la prenda sobre la que se erigía toda su existencia?), con corbata y a pesar de las apariencias, como en origen las mujeres croatas amaban a sus soldados.

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