Desmotivación ante la lectura: causas y efectos
¿Por qué los jóvenes se sientes desmotivados para abrir un libro?
Un niño leyendo
De entre las posibles causas que contribuyen a generar un clima de desmotivación ante la lectura entre los adolescentes, vamos a citar al menos seis, que enumeramos sin orden de prelación, ya que están interrelacionadas.
1. La ausencia de estímulos lectores en el entorno familiar, que obedece, entre otros, a factores como los siguientes:
I. No existe una «cultura lectora» en el seno de la familia: los padres no leen habitualmente, como tampoco leen las demás personas que con las que se convive.
II. No hay espacio para biblioteca ni interés por ir formándola.
III. No se dispone, en el entorno afectivo más personal, de un «espacio» idóneo para la lectura; antes por el contrario, suele haber un exceso de ruido ambiental –originado por las personas en el normal desarrollo de sus actividades, por electrodomésticos, por aparatos audiovisuales, etc.–, contrario al imprescindible clima de tranquilidad que puede favorecer la práctica de la lectura.
2. La incapacidad para encontrar el «momento psicológico» más propicio para leer.
Fuera de la jornada escolar, los adolescentes tienen otras muchas exigencias con carácter prioritario y de carácter cultural y/o recreativo que requieren su atención: refuerzos educativos en materias curriculares, actividades deportivas, etc.; entretenimientos de lo más variados –entre los que hay que incluir las relaciones sociales– y, en general, el tiempo de ocio al que por supuesto, tienen derecho.
Todo lo cual «entra en conflicto» con la concentración –en tiempo y lugar– que toda lectura exige, cuando no es causa determinante para abandonarla e incluso para sentirse «coaccionado» ante ella por tal cúmulo de circunstancias.
3. La irrupción de las nuevas tecnologías que, además, entroncan con la «cultura de la inmediatez» –del aquí y ahora (hic et nunc)–.
Sin menospreciar las ventajas que supone la irrupción del mundo digital en la sociedad actual, un mal y exagerado empleo de las comunicaciones electrónicas y el exceso de tiempo dedicado a las redes sociales –con el atractivo de la rápida satisfacción de las necesidades comunicativas– entra en competencia con el sosiego reflexivo que toda buena lectura exige.
4. La inadecuación de determinados libros a la psicología de los lectores, en especial en el entorno escolar.
Ya sea por el aspecto material del libro (excesivamente largo y voluminoso; letra demasiado pequeña; maquetación «amazacotada»; ausencia de ilustraciones…); ya sea por las características de las ediciones (eruditas, que abordan en profundidad las características estético-literarias del texto, o que incluyen abundantes notas de pie de página que sirven, fundamentalmente, para desentrañar dificultades léxicas; o con propuestas de actividades, en ocasiones reiterativas y mecánicas, que inciden en los quehaceres escolares, y que sitúan la lectura de las obras en una dimensión alejada del simple entretenimiento); ya sea por el contenido (tanto más «aburrido» cuanto más alejado esté del mundo en que se desenvuelve el posible lector, más inmerso en la actualidad de youtubers e influencers), lo cierto es que la lectura se sitúa en una dimensión ajena a los intereses de los adolescentes.
La literatura del Siglo de Oro, la novela histórica de cualquier época o el lenguaje intimista de la mejor poesía, salvo excepciones, salen «perjudicadas» ante los contenidos que circulan por TikTok, Instagram, Facebook…
Ello nos obliga a los docentes a realizar un «esfuerzo pedagógico» considerable para evitar que los alumnos ignoren las obras sobresalientes de nuestra historia literaria pasada y presente; porque de nuestro acierto para hacerlas atractivas podría depender, en parte, la «construcción» de un verdadero lector que, además de disfrutar con la lectura, amplíe su horizonte cultural y enriquezca su personalidad.
5. El mayor esfuerzo intelectual que la lectura requiere, frente a otros procedimientos para adquirir e interpretar la información.
La lectura pueda llegar a ser una actividad «incómoda», en tanto en cuanto pone de manifiesto las propias carencias culturales del lector; y es todavía más incómoda cuando se renuncia voluntariamente a realizar ese esfuerzo intelectual que exige.
De aquí que con actitudes más o menos indolentes se busque refugio en otras formas de recepción de la información aparentemente más sencillas que las que se derivan de la adecuada comprensión del lenguaje escrito.
En todo caso, entendemos que el mensaje audiovisual (que suele entenderse con facilidad e implica un receptor más pasivo), el soporte informático (que puede favorecer un más rápido acceso a la información) e incluso las adaptaciones cinematográficas de los libros (cuya lectura deja, a veces, de interesar, una vez presenciada la correspondiente película) pueden servir de ayuda y complemento a la práctica de la lectura, pero nunca sustituirla; porque, en caso contrario, se pondría freno a la imaginación siempre despierta del lector.
A este respecto, siguen teniendo valor las palabras de Juan Jesús Armas Marcelo: «La moda es ignorar que la lectura es una acción única, solitaria, demorada y reflexiva, que nadie debe compartir con nada ni nadie, que no admite medias tintas, y cuya exigencia fundamental es una exclusividad de doble vertiente. La lectura es exclusiva y excluyente, requiere olvidarnos de la tendencia al mínimo esfuerzo, nos obliga a robarle el tiempo a otras acciones y exige una dedicación hipnótica que nos conmueve tanto que la lectura de ese libro precisamente se vuelve angustia cuando estamos ya acabando de leerlo». (ABC, 18-05-2006).
6. La falta de programas que fomenten la lectura diseñados por las autoridades educativas, así como la vigencia de métodos de enseñanza de la lectura poco atractivos para convertirla en una actividad a la vez que formativa, placentera.
Echamos de menos en los currículos oficiales contenidos de lectura y sugerencias metodológicas que orienten a los profesores en la ardua tarea de lograr alumnos lectores (clubs de lecturas de libre elección –aunque supervisadas–; sesiones de librofórum como forma de compartir de lectura; asistencia a actos culturales en bibliotecas y a presentaciones de libros; visita a librerías; distribución de informaciones acerca de publicaciones de buena literatura juvenil escrita por autores españoles; lectura de artículos de opinión de la de prensa en formato papel y digital; incorporación a las aulas de materiales que proporciona el INE, etc.).