La nueva Ley Antitabaco ha recibido críticas de muchos ciudadanos
Filosofía para todos
Contra el paternalismo legislativo: ¿por qué el Gobierno no puede obligarte a dejar de fumar?
Santo Tomás de Aquino quiso poner coto a las leyes elaboradas por los hombres
La filosofía no solo se ocupa de cuestiones que pudieran parecer abstractas. Desde los tiempos de los sofistas, aquellos que se han dedicado al cultivo de la razón han buscado consecuencias prácticas a sus planteamientos. Sin ir más lejos, el trasfondo de los postulados platónicos era la formación de ciudadanos excelentes en el seno de una polis justa e ideal.
Por lo tanto, la política ha sido un elemento de análisis recurrente para filósofos de todas las épocas. Se han planteado diferentes modelos de gobierno, formas de organizar la sociedad, derechos y libertades que deben ser garantizados y un largo etcétera en el que también podemos encontrar reflexiones contra los excesos legislativos.
Textos recientes, pero también otros publicados hace siglos, pueden arrojar luz y argumentos sobre sucesos de rabiosa actualidad, como la nueva ley antitabaco presentada por el Gobierno de España. Esta medida se enmarca dentro de una tendencia habitual entre los dirigentes de nuestro tiempo que pretende legislar sobre cuestiones que, por su alto componente moral, podrían quedar en el terreno de lo privado.
Con una precisión casi absoluta, santo Tomás de Aquino se preguntó hace 750 años si incumbe a las leyes del hombre «suprimir todos los vicios». Lo hizo en su imponente Suma Teológica y abordó la cuestión desde una perspectiva filosófica y marcada por la fe cristiana. Se entienden así las referencias constantes al vicio, la virtud y la Divinidad a la hora de ofrecer sus conclusiones.
Siguiendo el esquema habitual en su obra, el Aquinate comienza su argumentación exponiendo ideas y referencias que pueden hacer pensar que sí es un deber del legislador acabar con los vicios. Lo hace citando a Padres de la Iglesia como san Isidoro o con sucesiones lógicas como esta: «La intención del legislador es hacer virtuosos a los ciudadanos. Pero nadie puede ser virtuoso si no se aparta de todos los vicios. Luego incumbe a la ley humana reprimir todos los vicios».
A partir de ese punto, santo Tomás refuta el planteamiento con distintas respuestas que también se sirven de otros pensadores como san Agustín y su obra Sobre el libre albedrío cuando dice: «Me parece correcto que esta ley escrita para regir el pueblo permita cosas que la divina providencia se encargará de castigar. Mas la divina providencia no castiga sino los vicios. Luego es legítimo que la ley humana permita o no cohíba algunos vicios».
En la tradición filosófica se entiende el vicio como un «hábito operativo malo», como recogía el profesor José Escandell en su Formulario general de filosofía. Respecto a la virtud, santo Tomás de Aquino toma el testigo de Aristóteles al considerar que el hombre es virtuoso gracias, precisamente, a ese hábito. No todos los ciudadanos poseen el mismo grado de virtud en sus acciones y, por ese mismo motivo, explica el Doctor de la Iglesia que las leyes «deben permitir a los hombres imperfectos en la virtud muchas cosas que no se podrían tolerar en los hombres virtuosos».
Llega a introducir el Aquinate en su Suma teológica del siglo XIII un concepto clave en la política del siglo XX: el de masa. Dice que, dado que las leyes están hechas para esa «masa en la que la mayor parte son hombres imperfectos en la virtud», solo tiene sentido prohibir los vicios más graves, «aquellos de los que puede abstenerse la mayoría y que, sobre todo, hacen daño a los demás, sin cuya prohibición la sociedad humana no podría subsistir, tales como el homicidio, el robo y cosas semejantes».
Citando la Sagrada Escritura, santo Tomás de Aquino ofrece un argumento más: sin perder de vista esa común imperfección, un excesivo paternalismo legislativo puede provocar males mayores. Dice el Doctor Angélico que las leyes deberían conducir a los hombres a la virtud gradualmente y evitar una serie de imposiciones que no podrán ser soportadas y que serán transgredidas. En definitiva, que «si el vino nuevo, es decir, los preceptos de la vida perfecta, se echan en odres viejos, en los hombres imperfectos, se rompen los odres y se derrama el vino».