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Aristóteles, Arendt, Locke y Santo Tomás de Aquino, algunos filósofos contra el aborto

Aristóteles, Arendt, Locke y Santo Tomás de AquinoImagen creada con IA

Filosofía para todos

De Aristóteles a Hannah Arendt: razones filosóficas contra el aborto

Pensadores de todas las épocas ofrecen argumentos sólidos para defender el derecho a la vida

Los vaivenes políticos han devuelto a la primera línea del debate la cuestión del aborto. El Gobierno de Pedro Sánchez apuesta por reconocer y apuntalar en la Constitución el «derecho» de las mujeres a interrumpir el embarazo. Como suele ser habitual cuando se plantean este tipo de «avances», se apuesta por argumentos de corte ideológico y apegados a una idea de libertad y control sobre el propio cuerpo que bien pueden ser rebatidos.

La biología o la propia medicina, con casos de especial relevancia como el genetista Jérôme Lejeune, ofrecen sólidas respuestas a quienes niegan la vida humana a fetos y embriones. También otros campos del saber como la filosofía aportan importantes reflexiones desde la pura razón. Es posible encontrar argumentos contra el aborto en todas las épocas de la historia.

La metafísica de Aristóteles

En el siglo IV a. C. Aristóteles recogió el testigo de una discusión filosófica presente desde tiempos de los presocráticos: la cuestión del ser y la explicación del cambio en la naturaleza. El discípulo de Platón aportó una importantísima novedad en la que recurría a los conceptos de ser en acto y ser en potencia para desarrollar su teoría.

En el noveno libro de su Metafísica explica que la sustancia no se limita a aquello que se nos presenta en un momento determinado, el ser en acto; en ella también se encuentran una serie de posibilidades de ser que son alcanzables a través del movimiento: ser en potencia. Es decir, que la semilla en acto es un árbol en potencia. O lo que es lo mismo, el cigoto en acto es un bebé, niño, adulto y anciano en potencia, un ser humano.

Esta idea choca frontalmente contra los postulados que ponen en duda que ese «conjunto de células» que crece en el vientre materno sea una persona. Con siglos de diferencia, el alemán Robert Spaemann, fallecido en 2018, abordó la cuestión rechazando la idea de una «persona potencial» y recordando que «el reconocimiento de un ser humano, está dirigido a ese ser, en sí mismo, y no a sus propiedades». «Las personas son o no son», concluye en su artículo ¿Es todo ser humano una persona?

Contra la ley natural

Aunque, como explicó Julián Marías, no es necesario recurrir a la religión para argumentar contra el aborto, la filosofía cristiana clásica también ofrece recursos para señalar los problemas que plantea ese supuesto derecho. Santo Tomás de Aquino es rotundo en la Suma teológica cuando afirma que «de ningún modo es lícito matar al inocente». Apela a las Escrituras, pero también a la ley natural.

Para el Doctor de la Iglesia esa ley natural se define como la participación racional del hombre en la ley divina. Y es a la luz de la razón a través de la cual es posible reconocer preceptos como este: «El bien ha de hacerse y buscarse; el mal ha de evitarse». Desarrolla después el Aquinate otros puntos evidentes de esta ley como la inclinación del hombre a seguir vivo, de lo que deduce que «pertenece a la ley natural todo aquello que ayuda a la conservación de la vida humana e impide su destrucción».

Pasamos del siglo XIII al XVII para detenernos en la teoría contractualista de John Locke. El inglés, uno de los padres intelectuales de las democracias liberales, también reconocía la existencia de una ley natural que es «clara e inteligible para todas las criaturas racionales», pero que algunos tienden a no considerar «obligatoria» cuando se refiere a cuestiones particulares, «cegados por sus propios intereses».

¿Cuál es esa ley natural que la razón es capaz de señalar a toda la humanidad? John Locke lo tenía claro, y así lo refirió en su Segundo tratado sobre el gobierno civil: «Siendo todos los hombres iguales e independientes, ninguno debe dañar a otro en lo que atañe a su vida, salud, libertad o posesiones».

Un imperativo categórico

Otro de los grandes pensadores de la historia, Immanuel Kant, también ofrece pasajes e ideas que pueden ser utilizados para rechazar el aborto. Su ética trata de ser universal y a priori; es decir, ofrece un formalismo que puede quedar reducido a las formulaciones del imperativo categórico. La segunda de ellas dice así, y parece bastante evidente: «Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio».

Sin embargo, es posible encontrar palabras más claras del de Königsberg sobre este asunto. En su obra La metafísica de las costumbres habla del derecho privado y dedica un apartado a la relación entre padres e hijos. En este punto indica que «de la procreación en esta comunidad resulta el deber de conservar y cuidar su fruto; es decir, los hijos, como personas, tienen con ello a la vez un derecho originario e innato (no heredado) a ser cuidados por los padres».

Kant parece tener muy clara la cuestión que tratábamos anteriormente: «Lo engendrado es una persona», dice. También señala que ese bebé ha sido puesto en el mundo «sin su consentimiento» y, por ese motivo, «pesa sobre los padres la obligación de conseguir que esté satisfecho con su situación».

Nueva vida, nuevo comienzo

Llegamos hasta el siglo XX y allí nos encontramos con la figura de Hannah Arendt. La filósofa que mejor supo describir el horror del mal banal, aquel que se nutre de personas «normales» y de la falta absoluta de pensamiento crítico, puso la natalidad en el centro de la condición humana. Para esta autora «nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá» y, por ese motivo, cada alumbramiento «posee la capacidad de empezar algo nuevo».

Y terminamos con una aportación española de la mano de Julián Marías. El discípulo de Ortega y Gasset siempre fue claro en su defensa de la vida y lamentaba con gran pesar la «aceptación social» del aborto como algo «bueno o un derecho». En su célebre artículo Una visión antropológica del aborto aportó multitud de razones y también apelaba a esa «radical innovación de la realidad» que implica el «tercero que viene» cuando alguien va a tener un hijo.

Contrario a todo tipo de eufemismos como el de «interrupción del embarazo» consideraba que era necesario acabar con la justificación procedente de la decisión de la madre frente a su cuerpo. Al contrario, para Marías la evidencia del parto demuestra que esa «realidad viviente» que es el feto está «alojado» en la madre, «en ella, y no meramente en su cuerpo».

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