El escritor Daniel Martín Ferrand
Entrevista a Daniel Martín Ferrand, escritor
Daniel Martín Ferrand: «Hay películas de los hermanos Marx con más sentido que lo del Instituto Cervantes»
Daniel Martín Ferrand conversa con El Debate de su última novela: 'Marienbad' (Esstudio Ediciones), una distopía satírica
Hablemos del futuro. Un futro cercano. Un futuro en el que la Unión Europa se ha convertido en un monstruoso estado-nación denominado Unión Europea de naciones y Adláteres, donde en «la región española» se habla una nueva neolengua denominada panibérico.
Un idioma sin adjetivos y con cuatro géneros que se trata de imponer a toda la población. Los disidentes, los que se niegan a formar parte del absurdo, son internados en centros de reeducación.
Ese terrible futuro es el argumento de Marienbad (Esstudio Ediciones), la nueva novela de Daniel Martín Ferrand, donde retrata una sociedad orwelliana en la que se ha impuesto una sutil pero implacable dictadura sostenida en una ideología totalitaria de corte woke.
–Lo cierto es que el mundo que describe guarda muchas similitudes con el mundo actual…
–‘Marienbad’ es una distopía satírica porque parte de Orwell y de Jonathan Swift, ‘Los viajes de Gulliver’, entonces es una pequeña odisea del protagonista, de Salvador Monsalud que, en un futuro más o menos próximo, está encerrado en un centro de reeducación para aprender a hablar correctamente el lenguaje inclusivo, porque se ha impuesto la dictadura de lo políticamente correcto.
Monsalud es un viejo intelectual muy mayor, que está al borde de la rendición, pero el primer día en que se ambienta la novela aparece una chica joven, Julia, y eso despierta al viejo intelectual y le proporciona las ganas para luchar contra el sistema.
–La novela tiene muchos paralelismos con ‘1984’ de Orwell…
–Mi novela está planteada desde la sátira, pero es cierto que se inspira en la literatura distópica del siglo XX, sobre todo ‘1984’ y ‘Un mundo feliz’, de Aldous Huxley.
Orwell sigue fascinando porque previó muchas de las cosas que suceden ahora. Por ejemplo, el estar completamente vigilados todo el tiempo, antes incluso de la implementación de la televisión como medio de comunicación de masas. Con las pantallas que incluso tenemos en las habitaciones, (esa vigilancia constante) ya se ha hecho realidad.
Orwell fue un gran teórico del totalitarismo. Ahí tenemos el empleo del lenguaje para someter a la población, algo en lo que se basa la novela. Orwell decía que lo primero que hace un totalitarismo es apropiarse de las palabras, del lenguaje.
Fascina porque un libro que se hizo para criticar una dictadura en concreto, que es la estalinista, aunque algunos piensen que era a Hitler a quien estaba criticando, es un libro que de una manera u otra retrata a toda la sociedad occidental y a las tendencias totalitarias que puedan surgir en su seno.
Hay más guiños. La protagonista de mi novela se llama Julia, igual que en ‘1984’, porque es la esperanza en medio de la grisura que domina el ambiente. En medio de esa grisura aparece la chica que empuja a despertar. De ahí también el título de ‘Marienbad’, es el viejo Goethe que se enamora de la joven Ulrike a comienzos del siglo XIX.
–Muchas de las predicciones de Orwell se han cumplido. Una de las más llamativas es aquella «neolengua» de ‘1984’, que identificas en tu novela con el lenguaje inclusivo. ¿Es el lenguaje inclusivo la neolengua de Orwell?
–Esto a mí se me ocurrió hace ya unos años cuando me di cuenta de que íbamos camino de eliminar los adjetivos. En mi novela, en la ‘región española’, dentro de esa gran nación que es la Unión Europea de Naciones, se habla el panibérico.
El panibérico es una lengua sin adjetivos y con cuatro géneros. Es la neolengua, sí. Además, también inspirado en Orwell, en mi novela lo que no se dice no existe. Aquí se dice literalmente. Es crear una determinada manera de pensar a partir del lenguaje. Era una de las obsesiones de Orwell. Ese ministerio de la verdad… Los cuatro grandes ministerios de ‘1984’ son cuatro grandes mentiras, y el ministerio de la verdad se encarga, precisamente, de la desinformación.
De hecho, la desinformación es otra de las cosas que fascinan de Orwell, cómo adelantó esa posibilidad de tergiversar la realidad a partir de la mentira podrida. Hoy hablamos de la posverdad, de la fake news, pero antiguamente era la mentira podrida.
–El lenguaje inclusivo es uno de los pilares de la cultura woke, una de esas ideologías totalitarias de las que hablabas antes y que ya había adelantado Orwell…
–Claro, hablo de la dictadura de lo políticamente correcto o de la dictadura del pensamiento único. Gente como Harold Bloom acuñó hace tiempo las llamadas teorías del resentimiento. Hoy hablamos de lo woke y del wokismo.
Pero mi gran crítica es ese intento de imponer una manera de pensar a los demás. De ahí el lenguaje inclusivo que busca, por ejemplo, de dar más importancia al género: todos, todas y todes. Es una manera de imponer una serie de etiquetas escapando al principio de igualdad. Hay determinadas cosas que están mal dichas porque pueden ofender a alguien: es la dictadura de lo políticamente correcto. Una dictadura que busca imponer un modo de hablar que no pueda ofender a nadie, algo que es imposible.
Se trata de imponer un modo de pensar a todos los demás, y todos los demás son unos fascistas. En mi novela no empleo la palabra «fascista» en ningún momento, ahí los encierro en un centro de reeducación, que ya está sucediendo. Yo soy profesor y todos los días me corrigen dos o tres veces porque he empleado una palabra que no se debería usar.
Hoy en día algunas de las características de esa dictadura ya se tratan de imponer en el ámbito académico, como los géneros, o esas guías que han sacado en algunas comunidades autónomas para que, en lugar de decir «alumnos», digamos «el alumnado». Es muy difícil escribir sin adjetivos.
–El Instituto Cervantes publicó hace poco su informe anual que incluye un apartado donde se dice que la Constitución «carece de plena legitimidad democrática» porque no está redactada con lenguaje inclusivo.
–Mi novela es una sátira, pero es que esto del Instituto Cervantes parece una broma. Parece de una película de los hermanos Marx.
Quieren imponer el lenguaje inclusivo, pero es que el masculino genérico no excluye a nadie. Al revés, integra a todos. Desdoblar el género es lo que excluye. Vivimos en un absurdo que hay que tomárselo con sentido del humor, porque si no, te llevan los demonios. Hay películas de los hermanos Marx que tienen más sentido que esto del Instituto Cervantes. Hay verdaderos absurdos que no son distópicos: son reales.
En Estados Unidos ya está llegando a unos niveles disparatados, de profesores que se dan de baja por estrés porque tienen miedo de equivocarse con un pronombre, y si se equivocan se les puede denunciar y pierden el trabajo.
–Ahora que menciona Estados Unidos, parece que empieza a revertirse la tendencia woke en el país donde todo empezó. ¿Lo ve usted así?
–Ante toda acción hay siempre una reacción. Esto es obvio. Y ojalá sea cierto. En Estados Unidos esto viene de los años 50, y es cierto que ahora hay gente que se está echando para atrás. Pero sigue la tentación ahí, y lo vemos en películas y en series, donde se ve el contenido woke. Pero esperemos que se desinfle. Parete del éxito de Trump está en haberlo denunciado cuando el programa de Biden y Kamala Harris era llevar lo woke a la administración.
El problema es que se ha roto el debate porque en lugar de «vamos a discutir esto» se ha optado por el «esto es como digo yo porque si usas el masculino genérico estás convirtiendo la Constitución en algo antidemocrático». Es el disparate absoluto.