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Luis de Góngora (por Velázquez) y Francisco de Quevedo

Luis de Góngora (por Velázquez) y Francisco de Quevedo (por Juan van der Hamen)

La nariz de Góngora según Quevedo: la mejor y más brillante «broma» literaria de la historia

El universal soneto podría haberse publicado un 28 de diciembre, lo cual hubiera ampliado su leyenda como la burla más admirable por su forma

El poema no se publicó un 28 de diciembre, entre otras cosas porque no había nada de inocente en la invectiva de Francisco de Quevedo dirigida en un oxímoron sin fin (directa, pero torcida o anónima, pero evidente) a su enemigo vital y de letras Luis de Góngora.

Es posible que no haya existido en la historia de la literatura una «broma» más brillante. Una broma entre comillas porque lo es en la hipérbole maravillosa y en la profusión de metáforas geniales y porque también es un furibundo ataque suelto y a la vez controlado y medido, lleno de violencia invisible implícita en los versos.

A una nariz (versión 1)

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un pez espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

En un mundo acostumbrado a la general vulgaridad de las manifestaciones (también hay excepciones), a los lugares comunes para que todo el mundo pueda comprender lo que se quiere decir y las publicaciones puedan hacerse «virales», traer el soneto de Quevedo dedicado a Góngora, A una nariz, podría ser como traer una flor a un desierto.

Desde luego A una nariz es, desde el título, una inocentada maravillosa y una filípica monumental que merece recordarse en un día como hoy y en tiempos como los de hoy donde semejante ridiculización de un aspecto físico hubiera causado tremendos y escandalosos sobresaltos públicos y existenciales.

a una nariz (versión 2)

Érase un hombre a una nariz pegado,
Érase una nariz superlativa,
Érase una alquitara medio viva,
Érase un peje espada mal barbado;

Era un reloj de sol mal encarado.
Érase un elefante boca arriba,
Érase una nariz sayón y escriba,
Un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera,
Érase una pirámide de Egipto,
Los doce tribus de narices era;

Érase un naricísimo infinito,
Frisón archinariz, caratulera,
Sabañón garrafal morado y frito.

La caricatura tiene un origen clásico. En los epigramas griegos se daban esta clase de burlas sobre este tipo de desproporciones físicas. Y la nariz era uno de los «objetos» preferidos. Quevedo empieza anulando a la persona, a Góngora, reduciéndolo a una nariz, a su nariz, con una agudeza incomparable: la premisa sobre la que todo lo demás se precipita y triunfa desde el primer verso.

El resto son metáforas espléndidas, casi sucesivamente mejores en un conjunto descacharrante y elevado: el humor, la lucidez y la listeza en su altura literaria máxima. Los símbolos perfectamente visibles en la lectura: «alquitara medio viva», «elefante boca arriba», «pirámide de Egipto» o el terrible «sabañón garrafal morado y frito» final de la segunda versión.

Las frases, los versos impensables en el presente por su forma, por su sentido y por su inmensa calidad y naturaleza ante los que Góngora, ni mucho menos, se quedó callado, para agigantar la irrepetible grandeza poética e intelectual del Siglo de Oro.

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