Típicamente europeo, escupir en la cara de quienes nos salvaron
Europa reniega ahora del aliado que la salvó, como Rosalía se desdice pronto de su pasión por Picasso, mientras un escritor inmenso se despide y un par de directores españoles se retan con el cubata por los karaokes
Donald Trump y Ursula von der Leyen
Todo lo humano parece hoy más que nunca reducido a la escala de la economía. El egoísmo más férreo se ha apoderado de mentes y corazones. Por eso resulta tan difícil «ponerse en el lugar del otro» cuando mirar por el prójimo conlleva cualquier tipo de sacrificio personal o desembolso pecuniario, casi lo más temido.
Por ejemplo, si en la escalera que conduce a nuestro piso hubiera que realizar algún tipo de adaptación porque el vecino precisa ya de una silla de ruedas para sus desplazamientos, y por ese motivo se dispone una derrama con repercusiones para el bolsillo de los miembros de la comunidad, en lugar de pensar, ya ni siquiera en el beneficio de esa persona sino en la posibilidad de que nosotros mismos necesitásemos en algún momento valernos de esa inoportuna reforma, más de uno, en su fuero interno, mascullaría: «¿y por qué el tío ese, mejor, no se muere?».
No, no es una línea de guion de Aquí no hay quien viva. Ocurre así más de las veces que nos gustaría reconocer o admitir, incluso entre personas ilustradas, justas y razonables como aquellas que pretendía Habermas para Europa.
El éxito incontestable de Torrente, bajo su disfraz de astracanada, revela en su fondo ese espejo convexo en el que creemos atisbar al otro yo distinto, más próximo de lo que pudiera creerse. Como solía decir el abuelo de un buen amigo: «Nunca lo olvidéis: en el mundo hay mucha gente buena, pero sobre todo abundan los hijos de puta».
Esto último se verifica de modo particular, hoy mismo, en la Unión Europea, donde el revolcón que supuso la gran guerra se olvidó tan pronto como comenzó a caer del cielo el maná del Plan Marshall, y los dineros que debían emplearse en recomponer el tejido militar, la argamasa para asegurar la seguridad colectiva, se destinaban a fijar los pilares del orgulloso Estado del bienestar.
De proveer la munición, y si acaso, también las tropas, ya se encargaría el amigo americano (ese al que ahora se le escupe en la cara: «No es nuestra guerra») si fuese menester. También se ha olvidado pronto que no tan lejos de los arenales normandos, el yanqui habría de batirse luego, entre sombras, para que el continente entero no sucumbiera a los cantos de sirena del comunismo.
O que, más tarde, se dispuso a apuntalar la paz en unos Balcanes que al resto de los europeos nunca les preocuparon demasiado, siempre que no llegase a salpicarles la sangre: bastante molesto resultaba ya seguir las matanzas de aldea tan próxima por el telediario, con Pérez-Reverte, durante la cena.
Sin necesidad de pringarse, ni tampoco de pagar al Securitas de Washington, la UE pudo seguir presumiendo ante el mundo del barón de Montesquieu, El Prado, un buen Barolo, la jornada laboral de 35 horas y el 'No a la guerra', que cualquier idiota suscribe incluso sin alarde, faltaría más.
Y al mismo tiempo, nuestra solidaridad llegaba de boquilla a todos los rincones del mundo, en el modo elevado (alguien diría cobarde) de declaraciones grandilocuentes debidamente aliñadas con perlas de los grandes pensadores clásicos.
Por eso el aún reciente lapsus de Von der Leyen al proclamar lo obvio: el advenimiento de un nuevo orden que trastoca, no ya los fundamentos teóricos de nuestra civilización, sino el deseo eterno de que no nos perturben la siesta, ha resultado eso mismo, el anacrónico desbarre del abuelo al que se le olvidó tomar la medicación, el efímero sueño de una noche casi primaveral.
La presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen.
Rápidamente salieron en tropel los defensores del status quo (los eternos mandarines), convenientemente ataviados con añejas togas de senadores romanos, a proclamar la vigencia del derecho según Justiniano I, la superioridad moral del Imperio.
Lo cual, reducido a su esencia, viene a decir una vez más que, en esos países de Oriente, tan exóticos como para cubrir por entero el cuerpo y el rostro de sus mujeres con telas susceptibles de reciclarse en algún diseño retro-vanguardista de la última semana de la moda de Milán, no importaría si se siguieran cometiendo todo tipo de tropelías, vejaciones y crímenes contra sus propias poblaciones, o las de sus vecinos. Mientras no nos suban la luz, como ocurre ahora, todos felices.
Que prueben a ver si su ingenio es como el nuestro, y se muestran capaces de desarrollar, algún día, una bomba atómica con la que aniquilar a esos molestos judíos, siempre quejosos, en el fondo unos pérfidos oportunistas. Y si se tercia, hasta a los otros hermanos árabes, nuevos ricos confundidos por el pernicioso encanto de los lujos occidentales, que tanto los desvían de las esencias fundamentalistas.
Que todo siga igual por allí para que, por favor (eso nunca), no nos llegue a rozar el incremento del precio del gasoil. Más ahora que el verano está a la vuelta de la esquina y hay que ir a bañarse a las playas o coger un vuelo subvencionado hasta el patio paradisíaco de alguno de esos países donde, de puertas adentro, las leyes universales constituyen una mera formalidad, un incordio extraño que jamás les impide seguir aplicando con todo rigor la fuerza al servicio del simulacro ideológico; o ese fanatismo de ribetes religiosos que nada tiene que ver con el verdadero amor, el que tanto preocupa a Sánchez.
Rosalía como Simón Pedro, reniega de Picasso
Habermas, el último sabio de una tribu cuyos nuevos chamanes predican hoy desde el púlpito de TikTok consejos de usar y tirar, sazonados mediante alguna danza elemental, vio venir a la bestia desde lejos. «Fascismo de izquierdas», bautizó el pensador alemán a esta nueva corriente del «no pensamiento» que proscribe el diálogo libre, persigue la imaginación y consagra la intolerancia cuando condena al discrepante, aquel considerado contrario a la «virtud» encarnada únicamente en los nuevos valores del progresismo (el supremacismo woke) a las llamas eternas de la cancelación.
Estaba cantado que los recientes inquisidores someterían a la chica de barrio, dispuesta a triunfar a cualquier precio, sin tener que emplearse con horribles tormentos. Bastó hacerla sentir el fétido aliento de la plebe, camino de la pira que ya le tenían armada antes incluso de san Juan, para que la dicharachera niña Rosalía renegase de Picasso.
Si un día dijo que los contornos menos amables del hombre no podían ocultar la grandeza del gran creador, al siguiente mudó rápidamente de opinión ante el tribunal callejero para salvar su tatuado pellejo.
Picasso, como la tarántula, «e un bicho mu malo». Trataba fatal a sus amantes, así que en modo alguno puede reivindicarse como un genio de lo suyo, pues a un hombre malvado se le debiera negar en todo caso la capacidad de pintar como un dios. Las contradicciones de su condición humana nunca pueden resultar una eximente para su bárbaro comportamiento, proclaman estos nuevos fariseos.
Rosalía comenzó este lunes la gira de su cuarto disco, Lux, en Lyon (Francia)
Lo de esta chica, hábil con lo suyo, el pretendidamente sofisticado mestizaje de músicas para hacerlas pasar por lo que no son por elevación, posee toda su lógica. Una vez rozado el cielo, no quiere apearse de la nube, volver al arrabal. Y pía lo que haga falta para congraciarse con su clientela: hay cola de ídolos aguardando el tropiezo para encaramarse por ahí, no es cuestión de facilitarles el paso.
Menos comprensible resulta ver cómo todo un monarca se arrodilla ante las exigencias de unas disculpas retrospectivas de un grupo de acomplejados, incapaces de asumir cabalmente las paradojas de su propia identidad atribulada.
Pues fueron ellos, los criollos (nacidos ya allí) quienes durante siglos se ocuparon de someter a sus semejantes con una crueldad, a veces camuflada de un engañoso paternalismo, como solo se había apreciado antes, por aquellos mismos lares, en los terribles padecimientos que sus antepasados milenarios solían infligirles con extremado rigor a rivales y enemigos, de comunidades también indígenas.
Hernán Cortés solo es culpable de haber llevado el fuego prometeico de la civilización a aquellos parajes indómitos de la única forma conocida en aquellos tiempos pretéritos, y brutales. En su caso, atenuados los procedimientos por la influencia benéfica de una religión que se ocupó de amparar al débil, además de unos reyes raramente comprensivos que impulsaron la legislación para contener posibles desmanes. ¿Por qué habría que pedir perdón a estas alturas?
Bryce Echenique, mucho más que un plagio
Cela solía afirmar que España era un país tan pobre que ni siquiera daba para que se pudiesen tener dos ideas distintas acerca de una misma persona. Lo clavó. En EE.UU. uno puede ser fontanero, premio Pulitzer y asesino en serie, tan bueno y reconocido en todos los casos como resulte de la aplicación de sus talentos multiplicados. Aquí hay que elegir. El reparto de la miseria no admite malabares. Cada uno a lo suyo, y basta.
En Hispanoamérica, quizá por esa «herencia maldita» ahora resucitada, pasa un poco lo mismo. Ya decía Américo Castro que, para llegar a comprender mejor a los españoles, tuvo que instalarse por allí. Perú es tierra de formidables creadores particularmente en el ámbito literario, desde el Inca Garcilaso de la Vega hasta los más recientes Julio Ribeyro, Mario Vargas Llosa, Jaime Bayly (no siempre) y Alfredo Bryce Echenique. Seguramente hay más, pero eso tenemos que preguntárselo a Mercedes Monmany, la que mejor conoce de genios ignotos.
El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique
Pero de los citados, sólo ha sido debidamente encumbrado el autor de Conversación en la catedral. A Ribeyro no le ayudó que murió joven y cultivaba lo que se considera un género menor, el cuento. Y de Bryce se ha escrito mucho ahora que acaba de despedirse, pero no alcanzó esa gloria definitiva que aún le aguarda: quizá nunca se le perdonaron sus orígenes, o Perú solo daba para un único grande.
Para triunfar de verdad en el arte hay que nacer o fingirse pobre, fabricar un «relato» de penalidades y carencias que dote con auténtica vibración esa literatura surgida de las genuinas entrañas del pueblo.
Tampoco es que Vargas Llosa fuese un menesteroso, pero de ningún modo podía situarse junto al nieto del dueño de uno de los principales bancos peruanos, como Bryce. Fueron esas raíces no precisamente plebeyas las que luego le permitirían escribir una de las mejores novelas hispanoamericanas de los últimos cien años, Un mundo para Julius.
Además de otras muchas cosas, supone el mejor retrato de la aristocracia de aquel continente, algunos de cuyos hijos y nietos buscan hoy asiento en las principales calles y locales de Madrid, por salir a caminar libremente sin cambiar de idioma, aunque ellos se manejen casi mejor en el inglés que aprendieron en colegios administrados por yanquis de pura cepa, sin abandonar del todo sus propios países hasta la universidad, otra categoría.
A Bryce se lo rebajaba con anécdotas sobre sus querencias etílicas, que daban para tantos chistes, y en última instancia ya se encontró el argumento decisivo para sacárselo de encima y enviarlo al desván de los segundones literarios: aquel asunto del plagio de varios artículos periodísticos que les valió para hurtarle un merecido galardón. Como si ellos nunca hubieran fusilado desde Homero hasta Proust, una obligación.
Al menos, el peruano tuvo el buen gusto de fijarse en un autor poco reconocido, pero de fino talento, para que luego, al saberse la pifia, pudieran descubrirlo y darle un lugar. En el fondo, pretendió hacer un favor: ni siquiera se cortó, se sirvió a veces de las piezas enteras, no por partes escogidas como suelen hacer los plagiadores habituales. Un último gesto torero.
Laxe y Sorogoyen se retan en los karaokes
Raúl del Pozo ya no iba al Café Gijón porque veía fantasmas, como Macbeth durante el banquete, aunque el columnista no hubiese matado a nadie, si acaso más bien herido con el florete de su pulcra prosa incendiaria a algún político necio.
Eran otros tiempos, cuando por aquel local se dejaba caer lo más fino de la intelectualidad, más los convidados de piedra que aprovechaban las migajas para pergeñar glorias imposibles.
Ahora nos hemos enterado, gracias al New York Times, que da hasta los asuntos españoles, de una gran novedad. Resulta que los más elevados debates artísticos del presente ibérico se producen, estos días, en los karaokes de ciudades como la coqueta Santander. Lo que da el tono y explica el momento.
Por allí se encontraban dos representantes del nuevo cine español, Rodrigo Sorogoyen y Oliver Laxe, que ya es mucho coincidir, cuando, entre canciones del Fary y Nino Bravo (esto no lo decía la crónica americana, pero se supone) salieron a relucir las facas.
Óliver Laxeen la gala de los premio Goya 2026
Tras escuchar, quizá, una versión cántabra de la Pantoja, «hoy quiero confesar que estoy enamorada», llegó la hora de otras revelaciones no menos trascendentales. Laxe, que no es tan «riquiño» como él mismo se pinta, le recriminó al autor de la próxima película de Bardem que no era más que un «realizador». O sea, no un auténtico cineasta como él sino un pobre hombre empeñado en hacer películas accesibles para la masa.
El director Rodrigo Sorogoyen en los Cesar Film Awards en 2023
Sorogoyen, que ya había puesto a parir Sirat con compañeros de profesión (algo tan común entre artistas, vendedores de seguros y hetairas), lejos de amilanarse, acusó entonces a su compañero de poco menos que desconocer los rudimentos básicos del buen rodar. Si hubiese sido italiano le habría gritado: «¡Dilettante!», antes de arrearle un sopapo. Afortunadamente, parece que no llegaron a las manos.
Desde el firmamento de los proclamados autores fílmicos, enterado de la riña adolescente en un local de cantantes aficionados, a Godard le entró un ataque de risa. «¡Llegan tarde!», pensó, mientras se valía de la inteligencia artificial para crear una nueva entrega de sus Histoires du cinema.