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Historias del 27Andrés Amorós

Juanita Cruz, señorita torera

El 2 de abril de 1936 toreó una novillada en la Plaza Monumental de Madrid, alternando, entre otros, con Pascual Márquez. Fue la primera vez que lo hacía una señorita, en la primera Plaza del mundo. El éxito fue indiscutible

Recorte de prensa de septiembre de 1934 de El defensor de la afición: periódico taurino cordobésBiblioteca Virtual de Prensa Histórica

Si nos preguntan cuál es el torero más vinculado a la Generación del 27, no tendremos la mínima duda. La respuesta es indiscutible, casi obvia: Ignacio Sánchez Mejías. Por mucho que lo haya ignorado, hasta el ministro Urtasun parece que se está enterando de eso…

Sin embargo, Ignacio no es el único torero del 27. Justamente coincide esta Generación con la llamada Edad de Plata del toreo. Sucede a la Edad de Oro, en la que rivalizaron Gallito y Belmonte, desde la alternativa de este último, en 1913.

La de Plata se extiende desde la muerte de Joselito, en 1920, hasta 1936, el comienzo de la Guerra Civil. Cada día se valora más la importancia taurina de este período. Continuaban toreando entonces algunos maestros de la etapa anterior: además de Ignacio Sánchez Mejías, Juan Belmonte, Rafael el Gallo, Rodolfo Gaona. Surgieron también nuevas e importantes figuras: Marcial Lalanda, Chicuelo, Manuel Granero, el Niño de la Palma, Armillita, Nicanor Villalta, Manolo Bienvenida, Domingo Ortega, Victoriano de la Serna…

Quizá en ningún momento de la historia han competido tantas figuras del toreo. Todos ellos intentaron recoger la herencia de la etapa anterior, pretendían unir la técnica de Joselito con el sentimiento estético de Juan Belmonte.

No existía en ese momento una primera figura que impusiera sus exigencias. Por ello –me comentaba el muy sabio Marcial Lalanda–, quizá nunca se han lidiado unos toros tan encastados y peligrosos como entonces. (El toro actual es más grande y pesa más kilos, pero tiene menos casta, menos fiereza). Por eso, fue muy alto el número de percances graves y hasta de tragedias mortales que entonces sucedieron: Granero, Gitanillo de Triana, Sánchez Mejías…

No olvidemos que la Generación del 27 es, indiscutiblemente, la etapa en la que la Tauromaquia ha estado más unida a los demás sectores de nuestra cultura. Baste con recordar los nombres de Gerardo Diego, García Lorca, Rafael Alberti, Fernando Villalón, José Bergamín, José María de Cossío, Ignacio Zuloaga, José Caballero, Miguel Hernández, Edgar Neville…

Sería injusto no añadir a este sucinto panorama el nombre de la madrileña Juanita Cruz (1917-1981), una de las más importantes toreras de la historia.

Aunque muchos lo ignoren, han sido muchas las mujeres que, a lo largo de los siglos, han elegido esta dificilísima profesión. Lo demuestra el libro de Emilia Boado y Fermín Cebolla: Las señoritas toreras. Historia, erótica y política del toreo femenino (1976). Más reciente y completo es el estudio de mi buena amiga Muriel Feiner: Mujer y tauromaquia. Desafíos y logros (2017), una norteamericana que se hizo española por enamorarse y casarse con un torero, Pedro Giraldo.

Las señoritas toreras –ésta es la denominación clásica que se les daba– han tenido que enfrentarse siempre a muchas prohibiciones y prejuicios, fruto de un machismo que podía adoptar varios aspectos, desde la defensa de la salud femenina –y de su pudor– hasta una presunta raíz mítica, viril, de la Fiesta.

Baste con recordar, a fines del XVIII, a Nicolasa Escamilla, La Pajuelera (así llamada porque había sido vendedora de pajuelas de azufre), que aparece a caballo, con la pica, en la Tauromaquia de Goya.

Nicolasa Escamilla, La Pajuelera. Grabado de Francisco de GoyaLa Voz

En el XIX, varias mujeres actuaron en las mojigangas: unos espectáculos teatrales que tenían lugar en las Plazas de toros y que incluían también la lidia de una res. Durante el Romanticismo, se hizo famosa la madrileña Martina García, a la que llamaron «la intrépida Martina»: alternó con Cúchares y participó en el último festejo que se dio en la Plaza de la Puerta de Alcalá.

En un grabado de Gustavo Doré, vemos a la andaluza Teresa Bolsi saludando, triunfante, con un toro muerto, a sus pies.

Grabado de la torera Teresa Bolsi, obra de Gustavo DoréWikimedia Commons

A fines del XIX, alcanzaron justa fama La Guerrita, la primera española que fue contratada para torear en Méjico, y La Fragosa, la primera que vistió el traje de torear masculino, incluida la taleguilla. Los independentistas catalanes ignoran, entre otras muchas cosas, a Las Noyas, Lolita Pretel y Angelita Pagés, que torearon en Madrid más de sesenta veces.

Muy novelesco es el caso de María Salomé, La Reverte, que actuó con éxito en Madrid a comienzos del siglo XX. Al prohibirse en 1908 que actuaran en los ruedos las mujeres, reveló que en realidad era un hombre y que se llamaba Agustín Rodríguez. En una vieja fotografía, aparece vestido como guardia jurado, en Linares. Lo explican unos como una simple superchería; otros, como un caso de cambio de sexo.

Fotografía de la torera La ReverteWikimedia Commons

En la etapa de la Generación del 27, el nuevo clima de liberación de la mujer favoreció que surgieran toreras. En un periódico de la época, leo esta frase:

«Si se le reconoce a la mujer el derecho al voto, a estudiar todas las carreras, puede conducir una máquina de ferrocarril y ser piloto de aviación, ¿qué razón hay para privarla de torear?»

Otros lo veían con cierta ironía: «Ya tenemos el feminismo invadiendo los ruedos».

En este ambiente, surge una auténtica figura de la Tauromaquia, como fue Juanita Cruz. Antes de 1936, había actuado nada menos que en 160 festejos taurinos. Alcanzó éxitos importantes en muchas Plazas españolas y americanas. Frenaron su carrera las prohibiciones, contra las que luchó, y la Guerra Civil.

Todos los testimonios coinciden en afirmar que era una mujer inteligente, educada, femenina, atractiva. En su carrera jugó un papel decisivo el taurino Rafael García Antón, su descubridor, el guía de su carrera taurina y, luego, su marido.

Una anécdota curiosa. En febrero de 1934, Torerías publicó un comentario irónico sobre la torera y eso motivó que Rafael enviara una carta a la revista:

«No toleraré se roce en lo más mínimo la moralidad femenina de mi poderdante, que es, moral y materialmente, una señorita, en toda la extensión de la palabra».

La torera Juanita Cruz en un recorte de prensa de 1934Biblioteca Virtual de Prensa Histórica

Al comienzo de su carrera taurina, Juanita actuaba, en los ruedos, con un vestido gris, chaquetilla corta, falda y sombrero de ala ancha. Más adelante, adoptó el vestido de luces pero con lo que hoy llamaríamos falda-pantalón. Unos le atribuyen esa innovación a ella misma; otros, a Ricardo García, K-Hito, que, antes de la guerra, fue uno de los humoristas del 27 y, después de ella, director de la revista de espectáculos Dígame.

¿Cómo surgió la vocación taurina de Juanita? Cuando tenía dos años, sus padres se trasladaron a vivir a lo que hoy es la Avenida de Felipe II, al lado de la Plaza de Toros. Los juegos con los chicos y chicas del barrio la pusieron ya en contacto con la Tauromaquia.

En 1931, cuando Juanita tenía 14 años, la conoció Rafael, que era amigo del diestro Madrileñito. Ella le sorprendió por su afición y por sus conocimientos taurinos. Le enseñó él a torear de salón; la invitó a probarse delante de una vaquilla; se admiró de su asombrosa facilidad y de la rapidez con que aprendía. Se le ocurrió ayudarla a convertirse en señorita torera: a ella le entusiasmó la idea y sus padres la aceptaron, al comprobar que Rafael era una persona formal.

El primer reportaje sobre ella lo publicó, en 1931, la revista Madrid Taurino: la joven aparecía toreando de salón con un antifaz y el titular era «La señorita X quiere ser torera». Luego, Rafael la llevó a varios tentaderos, en Salamanca.

Al año siguiente, en 1932, considerando que ya estaba preparada, él consiguió que el empresario de León la contratara para lo que se anunció como «una exhibición del toreo moderno». En ella, mostró tanto arte que el Presidente de la corrida, que era también el Gobernador de la provincia, le permitió torear y matar al segundo novillo: lo hizo con brillantez, usando el florete de esgrima que llevaba, como ayuda de la muleta. Por primera vez en su vida, Juanita Cruz cortó dos orejas.

A partir de entonces, tuvo que enfrentarse con el problema legal. En ese momento, estaba vigente el Reglamento Taurino de 1908, de La Cierva, que prohibía a las mujeres actuar en los ruedos, pero los nuevos aires de libertad que trajo la Segunda República favorecían un cambio.

Con habilidad, Rafael consiguió que varios empresarios se atrevieran a contratar a Juanita. En febrero de 1933, con 16 años, toreó en Cabra una novillada, en la que también se anunciaba como sobresaliente Manuel Rodríguez, Manolete, el futuro «Monstruo» del toreo. Esa tarde, Juanita causó sensación, cortó cuatro orejas y un rabo.

El listísimo empresario y apoderado Domingo Dominguín, el padre de Luis Miguel, la contrató para Murcia. Luego, actuó en Málaga, Antequera, Albacete… La noticia de sus éxitos llamó la atención del Ministro de la Gobernación, que recordó la vigente prohibición.

Juanita CruzGTRES

Rafael y Juanita emprendieron entonces una batalla legal para lograr la autorización. El diario La Luz, cercano a Ortega y a la Agrupación al Servicio de la República, recogió sus argumentos:

«El artículo 124 del Reglamento Taurino, al otorgar privilegio jurídico a favor del varón, infringe el artículo 25 de la Constitución, que bien claro especifica: 'No será fundamento de privilegio jurídico el sexo'. Y, a mayor abundamiento, infringe el artículo 33 de dicha Constitución, que dice: 'Toda persona es libre de elegir profesión'».

Hubo entonces una recogida de firmas de profesionales taurinos a favor de Juanita, que produjo cierta división: sí la apoyó Marcial Lalanda, por ejemplo, pero no lo hizo Domingo Ortega. A la vez, la avalaban sus triunfos, cada vez mayores.

A partir de 1934, un cambio ministerial permitió que las autoridades hicieran la vista gorda y que Juanita Cruz se anunciara en ruedos tan importantes como Sevilla y Zaragoza.

Juanita Cruz tras su actuación en Granada en mayo de 1935Biblioteca Virtual de Prensa Histórica

El 5 de mayo de 1935, ella toreó en Granada, junto a dos figuras como Joselito de la Cal y Antoñete Iglesias: quizá fue la primera vez que una señorita torera actuó en una novillada picada, con todas las de la ley.

Ese mismo año, el empresario Escriche la contrató para la Plaza madrileña de Vista Alegre, donde cortó una oreja.

Al año siguiente, Juanita Cruz obtuvo su gran logro: el 2 de abril de 1936, toreó una novillada en la Plaza Monumental de Madrid, alternando, entre otros, con Pascual Márquez. Fue la primera vez que lo hacía una señorita, en la primera Plaza del mundo. El éxito fue indiscutible. Declaró el maestro Marcial Lalanda: «El mejor torero que ha habido en la Plaza fue Juanita Cruz».

Recorte de prensa de Juanita Cruz tras su paso por MadridBiblioteca Virtual de Prensa Histórica

Toreó luego en Valencia, Barcelona, Zaragoza, Salamanca… Para el prestigioso crítico Corinto y Oro, «en los ruedos de las Plazas de toros, con las armas del arte y del valor ante el toro, era muy difícil vencerla, no se la podía parar».

La Guerra Civil interrumpió esta cadena de triunfos. Cuando estalló, Juanita había toreado ya dieciocho novilladas y tenía contratadas unas cuarenta más…

En septiembre de 1936, Juanita y Rafael se embarcaron con destino a Venezuela, pues estaba contratada para torear en Caracas. Actuó luego en los más importantes cosos del Perú, Colombia y México, llegando a alternar con figuras como El Niño de la Palma, Rodolfo Gaona, Calesero, Carlos Arruza…

Por su belleza y su simpatía, Juanita se convirtió también en una figura importante de la vida social de esos países, la agasajaron los más importantes personajes.

Como todos los toreros españoles del momento, también tuvo que sufrir los intentos de limitar sus actuaciones que realizó la Unión Mejicana de Matadores de Toros. Un periódico de allí titulaba así la noticia: «¿Patriotismo o miedo?».

La torera Juanita CruzLa Voz

La prensa taurina hispanoamericana, con su florido lenguaje, la llamó «La diosa del toreo», «La Diva», «La Emperatriz», «La Maravilla del siglo XX», «La Dama de la montera y de la espada» …

La definió, en su titular, un cronista: «El valor de un hombre y el arte de un torero». Y algo que tiene un mayor sentido histórico, algunos empezaron a compararla con Dolores Ibárruri, como ejemplo de un nuevo tipo de mujer española: «Quedan en ella astillas del tronco de la Pasionaria».

En Bogotá, Juanita sufrió cornadas muy graves en el muslo, la rodilla y la clavícula, que limitaron mucho sus facultades. Decidió volver a Europa: toreó todavía algunos festejos en el sur de Francia, donde se había refugiado su hermano.

Juanita Cruz da un pase de muletaBiblioteca Nacional

En 1947, regresó a Madrid. En España, se había vuelto a prohibir la actuación de las toreras: ella nunca más volvió a torear. No quiso atender a la prensa taurina: consideraba que su carrera había concluido.

Un año después, en 1948, Rafael y ella se casaron, en la iglesia de la Plaza de Manuel Becerra, muy cerca de Las Ventas. Desde entonces, vivió una vida retirada y feliz, en su chalet de Pozuelo; en el invierno, para huir del frío, en su apartamento del Mar Menor. Falleció, a causa de una lesión de corazón que arrastraba, en 1981.

Su viudo, Rafael, dedicó el resto de su vida a mantener vivo y ensalzar el recuerdo de Juanita. Publicó un libro biográfico, del que he tomado yo estos datos: Juanita Cruz. Su odisea. Biografía fidedigna de una española excepcional. Me lo dedicó en la Peña El Siete, donde solía acudir a mis conferencias.

Yo no vi torear a Juanita, pero me fío totalmente del criterio del exigente Marcial Lalanda, que la estimaba mucho. También la elogió Luis Fuentes Bejarano: «Su valor parecía de hombre». Y Ángel Luis Bienvenida:

«Fue la mujer más importante del toreo. Era extraordinaria la gallardía con la que se enfrentaba a los toros. Nunca podremos saber hasta dónde hubiera llegado como matador».

La Guerra Civil cortó su carrera, como la de tantos otros, toreros y no toreros.

En la tumba de Juanita, en el cementerio madrileño de la Almudena, su viudo hizo colocar un mausoleo, obra del escultor Sanguino. En él, Juanita Cruz aparece de pie, de tamaño natural; la mano derecha, levantada, sostiene la montera; la izquierda, la muleta y la espada. Lleva esta inscripción:

«A pesar del daño que me hicieron los responsables de la mediocridad del toreo en los años 40 a 50, ¡brindo por España!».

Estatua funeraria de Juanita Cruz en el cementerio de la AlmudenaRobertAR1995/Wikimedia Commons

Todos los que la trataron han elogiado su encanto femenino y su inteligencia natural (ella sólo había estudiado mecanografía). Como torera, seguía la línea clásica de Joselito y de Belmonte: no era partidaria del toreo de perfil, que puso de moda Manolete.

En el ruedo, tenía carácter, no se dejaba ganar la pelea por nadie: en Méjico, tuvo encontronazos con algunos rivales que no la trataron con el respeto que ella merecía. Tomaba el toreo muy en serio: quería competir con las figuras sin tener ninguna ventaja, por el hecho de ser mujer.

Rafael, su viudo, recordaba con todo cariño cómo era, en su vida privada:

«Una madrileña neta del barrio de Pardiñas, más tímida en el fondo, con una educación bien asimilada de la tradición de la mujer española de entonces: no fumaba; católica sin exceso; su mayor deleite era hablar de toros y de toreros… Circunscribió su vida al entrenamiento taurino, a su vida casera en familia, el cine, los paseos y la lectura».

Camilo José Cela le dedica un párrafo –con su peculiar puntuación– en su novela San Camilo 1936:

«A Juanita Cruz, señorita torera, le dieron un aviso en Valladolid, lo pone el periódico, la verdad es que tuvo poca suerte con el ganado que le salió mansurrón a la Amanda Ordóñez le gusta más Enriqueta Palmeño ¡dónde va a parar! y la rejoneadora Beatriz Santullano que monta a caballo como Dios parece una centaura, no se dice centaura, bueno, pues amazona».

Después de Juanita Cruz, fue una mujer extraordinaria, dentro y fuera de los ruedos, Conchita Cintrón, nacida en Chile en 1922. Marcial Lalanda la elogiaba al máximo. Como en España no le permitieron torear a pie, lo hizo a caballo (y alguna vez, sin permiso, echó pie a tierra). Gerardo Diego la cantó como «Conchita Excepción». Pude charlar con ella y comprobé que tenía una personalidad fuera de lo común. A Nacho de la Serna le dijo, sin ninguna timidez: «Nunca tuve miedo a nada y nunca fracasé».

La torera Conchita Cintrón en un artículo de prensa de julio de 1945Biblioteca Virtual de Prensa Histórica

Varias mujeres lucharon por su derecho a ser toreras. Destacó en esta pelea la alicantina Ángela Hernández, tan valiente en los despachos y en los tribunales como en los ruedos. Después de casi tres años de pelea, en 1974, logró que se suprimiera el párrafo C del artículo 48 del Reglamento taurino y se le reconociera el derecho a torear. Fue la primera mujer española que obtuvo el carné profesional de torero. En esa fecha, Juanita Cruz tenía ya 57 años y hacía mucho tiempo que se había retirado de los ruedos…

Ángela Hernández en un periódico de 1973Biblioteca Virtual de Prensa Histórica

El 8 de julio de 1995, Cristina Sánchez hizo historia, al ser la primera mujer que lograba salir a hombros en Las Ventas. A ella le gusta llamarse torero, no torera. Por eso, Paco Aguado ha titulado su relato autobiográfico Mujer y torero. Es una mujer inteligente, moderna, que ha triunfado también en otras actividades.

Recorte de prensa de julio de 1995Biblioteca Virtual de Prensa Histórica

En los años de la Generación del 27, ése fue el sueño que no pudo cumplir la señorita torera Juanita Cruz.