«Las Modernas de Madrid»: Centenario del Lyceum Club
El Lyceum Club tenía la clara finalidad de «defender los intereses morales y materiales de la mujer, encauzando y desarrollando todas aquellas iniciativas y actividades de índole exclusivamente económica, benéfica, artística, científica y literaria que redunde en su beneficio»
Fachada de la Casa de las Siete Chimeneas, en Madrid
En la madrileña Plaza del Rey, un edificio singular es la Casa de las Siete Chimeneas. Parece ser que un montero de Felipe II la construyó para su hija, de la que el príncipe, antes de ser rey, se había enamorado. En el siglo XVIII, perteneció a Esquilache y fue saqueado por los amotinados.
Hace nueve años, el Ayuntamiento de Madrid colocó allí una placa conmemorativa, con esta inscripción:
«Este edificio fue la sede del Lyceum Club Femenino (1926-1939), lugar referente para el protagonismo de las mujeres en la conquista de sus derechos civiles».
Se creó el Lyceum de Madrid en 1926. (El de Barcelona es cinco años posterior). Seguía el ejemplo del de Londres (1904), pronto imitado en varias capitales europeas y americanas.
Su declarada finalidad era «defender los intereses morales y materiales de la mujer, encauzando y desarrollando todas aquellas iniciativas y actividades de índole exclusivamente económica, benéfica, artística, científica y literaria que redunde en su beneficio».
Tenía siete secciones: Literatura, Música, Artes Plásticas, Internacional, Hispanoamérica, Ciencias y Social.
Discutieron sus promotoras si debía ser mixto, con socios y socias. Decidieron que fuera exclusivamente para mujeres, aunque los hombres podían participar en algunas de sus actividades.
Cuando se fundó, las socias eran poco más de cien. Un año más tarde, el número se había quintuplicado. Estaba destinado a mujeres que hubieran realizado trabajos literarios, artísticos o científicos; que hubieran participado en tareas sociales o que tuvieran títulos académicos. En aquella España, eso suponía un evidente elitismo: la historiadora Concha Fagoaga las califica como «élite latente».
Muchas de estas mujeres eran esposas de conocidos intelectuales. (También había algunas notorias lesbianas). Por eso, los contrarios a su feminismo lo calificaron como «el club de las maridas».
Esa actitud contraria se ejemplifica en la anécdota atribuida a Benavente: cundo le invitaron a dar allí una conferencia, contestó que a él no le gustaba «hablar a tontas y a locas». Ahora, en cambio, los elogios son unánimes: Shirley Mangini las ha calificado como «las modernas de Madrid».
Se trataba, en principio, de una asociación aconfesional y apolítica. La mayoría de las socias estaba próxima al ambiente intelectual de la Junta para Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes y la Residencia de Señoritas. Varias de ellas eran escritoras de la generación del 27, a las que Tania Balló ha apodado «las sin sombrero»: Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, María Teresa León…
Quiero subrayar que no faltaba tampoco alguna científica, como la médica y pediatra Nieves González Barrio (1884-1961), una figura muy interesante. Se formó en Estados Unidos, en la Clínica Mayo. Anecdóticamente, durante un breve período la nombraron médico del harén del Jalifa, en Tetuán. Su principal labor la desarrolló en Madrid, como profesora en la Escuela Nacional de Pediatría, dirigida por Enrique Suñer. Además, fue pionera en España de la divulgación médica por la radio.
Definió así su feminismo: «Creo que la mujer tiene tanto derecho como el hombre a ser feliz y que la felicidad puede encontrarse en el trabajo y en la salud».
La primera Presidenta del Lyceum fue la pedagoga María de Maeztu (1881-1948), hermana de Ramiro, el autor de Defensa de la hispanidad, un libro que no debemos olvidar. Orientada por Ortega, María se había formado en varios centros educativos europeos. Dirigió la sección de Educación Primaria de la Junta para Ampliación de Estudios.
Desde 1915 a 1936, María de Maeztu fue la Directora de la Residencia de Señoritas, la institución paralela a la Residencia de Estudiantes. Estaba situada en la calle Fortuny y desarrolló una importante labor cultural. (Después de la guerra, se convirtió en el Colegio Mayor Santa Teresa de Jesús).
María de Maeztu fue una mujer de acción, una gran viajera. Aceptó desempeñar varios cargos durante la Dictadura de Primo de Rivera. Le afectó profundamente el asesinato de su hermano Ramiro, detenido por los milicianos y fusilado en una saca, en Aravaca, el 29 de octubre de 1936.
A Ramiro de Maeztu se le atribuye esta frase última: «Vosotros no sabéis por qué matáis, pero yo sí sé por qué muero: para que vuestros hijos sean mejores que vosotros».
Desde el exilio, María defendió las ideas de su hermano y publicó, en la colección Austral, una útil Antología del siglo XX: prosistas españoles.
La secretaria del Lyceum fue Zenobia Camprubí, la «admirable y paciente mujer» (así la llama Alberti) de Juan Ramón Jiménez. Ella se ocupó siempre de la salud y de la economía del hiperestésico gran poeta. Según Graciela Palau de Nemes, Zenobia se centró en las relaciones del Lyceum con los colleges femeninos norteamericanos.
También fue socia destacada del Lyceum Carmen Monné, la mujer de Ricardo Baroja. Creó en su domicilio madrileño el renovador teatro de cámara «El mirlo blanco», en el que colaboraron Rivas Cherif, Edgar Neville, Claudio de la Torre… Estrenó obras de Valle-Inclán (Los cuernos de don Friolera, Ligazón), O’Henry, Rivas Cherif y Pío Baroja: anecdóticamente, este último interpretó con éxito un papel de su obra Adiós a la bohemia.
Otra socia notable del Lyceum fue Elena Fortún (1886-1952), la creadora de la inolvidable serie de novelas de Celia. En 1987 se ha publicado, póstuma, su novela Celia en la revolución: un dramático testimonio sobre la vida cotidiana durante la guerra civil.
También tuvo un papel importante en el Lyceum María de la O Lejárraga (1874-1974), la mujer del director teatral Gregorio Martínez Sierra, que había creado en 1916, en el madrileño Teatro Eslava, el «Teatro de Arte». Martínez Sierra colaboró con escenógrafos como Fontanals, Barradas, Mignoni, Burmann; con músicos como Falla, Turina y Conrado del Campo; con bailarinas como la Argentinita… Estrenó la primera obra de García Lorca, El maleficio de la mariposa. También trabajó en Hollywood y escribió comedias que se representaron con éxito en Londres y Nueva York.
En realidad, luego hemos sabido que la autora de las obras que él firmaba era María, su mujer: ella lo aceptó –no se sabe bien por qué–, incluso después de que se separaran… Entre estas obras destaca Canción de cuna, llevada al cine, entre otros, por un maestro de la comedia, Mitchell Leisen, y. hace poco, por nuestro amigo José Luis Garci.
Una excelente iniciativa del Lyceum fue la creación de la «Casa de los niños», para educar a los hijos de las mujeres trabajadoras. También fueron muy útiles algunas de sus jornadas jurídicas, para remediar la desigualdad de las mujeres, en el Código Penal.
Se dio a conocer sobre todo el Lyceum por sus actividades culturales. Federico García Lorca pronunció allí una conferencia sobre «Imaginación, inspiración y evasión en poesía» (1928) y leyó parte de su libro inédito Poeta en Nueva York. También Unamuno leyó su tragedia Raquel encadenada.
El mayor escándalo lo provocó el joven heterodoxo y gamberro Rafael Alberti. Un mes antes del acto fundacional de la Generación del 27, en noviembre de 1927, realizó en el Lyceum lo que hoy llamaríamos quizá una performance artística, titulada Palomita y galápago. (No más artríticos). En su libro de memorias, La arboleda perdida, lo cuenta con todo detalle y con evidente complacencia:
«Con la inocente ave, enjaulada, en una mano, el galápago en la otra y vestido de tonto –levita inmensa, desproporcionada, pantalón de fuelle, cuello ancho de pajarita y un pequeñísimo sombrero hongo en la punta de la cabeza– me presenté una tarde de noviembre en el nombrado club…»
No vale la pena detallar todos los disparates que hizo y dijo esa tarde Alberti, luego recogidos en La Gaceta Literaria, salvo el final. Cuando se burló de unos cuantos «dioses y diosecillos» (Juan Ramón Jiménez, Ortega, Eugenio d’Ors, Martínez Sierra, Valle-Inclán), «una hilera de señoras airadas abandonó el salón, pasando a una salita contigua, donde a silbidos, siseos y voces, intentó apagar la mía, potentísima siempre, viéndome obligado a continuar, no diciendo, sino gritando mi conferencia, coronada, al final, con seis disparos de revólver, que terminaron por ahuyentar a las ocas protestantes…»
¿Sucedió exactamente así o lo adorna Alberti cuando lo cuenta, treinta años después? ¡Quién sabe!
Estoy convencido de que una de las que abandonó en ese momento la sala fue Mabel Rick, una de las fundadoras del Lyceum, esposa de Ramón Pérez de Ayala, porque Alberti ridiculizó dos poemas de su marido. La conocí yo muchos años después, ya muy mayor, y la recuerdo con gran afecto.
Más trascendencia tuvieron los debates sobre el voto de las mujeres, mantenidos en el Lyceum por tres figuras históricas del feminismo español.
Como es bien sabido –pero no todos quieren recordar– defendió el voto femenino Clara Campoamor. Conviene recordar cómo justificará, años más tarde, su salida de España:
«La anarquía que reinaba en la capital ante la impotencia del gobierno y la falta absoluta de seguridad personal incluso para las personas liberales –sobre todo, quizá, para ellas– me impusieron esta medida de prudencia».
En cambio, se opuso al sufragio femenino, por considerar que las mujeres españolas no tenían la suficiente preparación, Victoria Kent. La citaba Celia Gámez en el chotis «El Pichi», de la revista Las leandras (1931), de Francisco Alonso: «Se lo pués pedir / a Victoria Kent, / que, lo que es a mí, / no ha nacido quién». Fue Directora General de Prisiones, en la República. Curiosamente, era muy devota de la Macarena.
También se mostró contraria al voto de las mujeres españolas Margarita Nelken, seguidora radical de Largo Caballero, porque creía que eso supondría dar una baza a los partidos de derechas…
Con sus luces y con sus sombras, debemos recordar, en su centenario, lo que supuso el Lyceum Club Femenino de Madrid. No podemos evitar preguntarnos qué opinarían sus promotoras sobre algunas que ahora se llaman feministas.