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Andrés Amorós
Historias del 27Andrés Amorós

Las biografías de toreros que escribió Miguel Hernández

José María de Cossío, un gran estudioso de la poesía, está preparando su enciclopedia Los toros –una iniciativa de Ortega– y contrata a Miguel Hernández como su secretario particular

Los toreros José Ulloa (Tragabuches), Antonio Reverte y Manuel García (El Espartero)

Los toreros José Ulloa (Tragabuches), Antonio Reverte y Manuel García (El Espartero)Biblioteca Nacional de España

El gran público no lo sabe (y el ministro Urtasun, todavía menos), pero los estudiosos de Miguel Hernández conocen que el poeta colaboró en algunas biografías de toreros históricos, que están incluidas en la enciclopedia Los toros, de José María de Cossío. Sin embargo, este tema, a medio camino entre la literatura y la tauromaquia, no ha sido estudiado detenidamente.

Para valorarlo justamente, conviene situarlo dentro de las circunstancias del poeta, antes de la guerra. La edición de su Epistolario general nos ofrece ahora datos personales de primera mano y nos permite alguna atribución de textos indiscutible.

El 2 de diciembre de 1931, llega Miguel Hernández a Madrid. A pesar de sus fuertes raíces campesinas, ha querido huir de Orihuela, de cuidar el ganado y de su padre, con su fuerte carácter.

Como explica en su excelente biografía José Luis Ferris, está convencido de que, para llegar a ser un escritor importante, necesita salir de su rincón provinciano y conocer nuevos ambientes. Confía en que su talento le permitirá ganarse la vida y abrirse camino como escritor.

Con humildad, se lo cuenta así en una carta a Juan Ramón Jiménez, el indiscutible maestro:

«No tengo culpa de llevar en mi alma una chispa de la hoguera que arde en la suya. Usted, tan refinado, tan exquisito, ¿qué pensará? Mire: odio la pobreza en que he nacido, yo no sé… por muchas cosas… Particularmente, por ser causa del estado inculto en que me hallo, que no me deja expresarme bien ni claro, ni decir las muchas cosas que pienso (…) Tengo un millón de versos compuestos, sin publicar (…) Soñador, como tantos, quiero ir a Madrid. Abandonaré las cabras (…) ¿Podría usted, dulcísimo Juan Ramón, recibirme en su casa y leer lo que le lleve?»

Desde el primer momento, la realidad madrileña resulta ser mucho más dura de lo que Miguel esperaba, por varias razones. Ante todo, por el clima. Apenas llega a la estación de Atocha, el crudo invierno madrileño asusta a un joven acostumbrado al templado Levante:

«Madrid no es como yo lo soñaba. No me ha causado ninguna impresión grata. Tal vez porque está hoy sin sol. Hace mucho frío… las manos las tengo heladas».

Pero hay algo mucho peor que el frío. Sus expectativas económicas no se cumplen, pasa graves dificultades: no tiene dinero para pagar la pensión; para comer, se ha de emplear de portero en una academia; duerme algunas noches en la calle

Tampoco le resulta fácil introducirse en el ambiente literario. Las cartas de recomendación que llevaba producen efecto sólo a medias. Años después, Arturo Serrano Plaja comentará la impresión que le produjo, al conocerlo:

«Con su traje velludo color tabaco, chaqueta ribeteada con cinta de seda, sin corbata, daba la impresión de andar por Madrid disfrazado de campesino o, lo que es peor, de pastor poeta…»

Con esta expresión define a Miguel Hernández el vanguardista Ernesto Giménez Caballero. Él no lo niega, en una entrevista que le hace Federico Martínez Corbalán, en febrero de 1932:

«Yo… En fin, soy poeta… Mi padre es pastor de cabras en Orihuela y lo mismo fui yo desde los catorce años».

Esa etiqueta llamativa le ayuda a darse a conocer, pero también le limita: no todos lo valoran. De hecho, Federico García Lorca no le muestra simpatía alguna… Ha de pedir dinero a su familia y a sus amigos. Escribe, por ejemplo, a Ramón Sijé, al que, años después, inmortalizará con su Elegía:

«Estoy casi desesperado porque no has podido recoger nada. El pelo me llega casi a la nuca. Le pedí a mi padre y me ha escrito que no puede mandarme nada…»

Esta primera aventura madrileña de Miguel Hernández dura seis meses. En mayo de 1932, acepta su derrota y vuelve a casa: como no tiene dinero para el billete de tren, utiliza un pase de otra persona y lo detiene la Guardia Civil…

De nuevo en Orihuela, continúa escribiendo poemas. En 1933, consigue publicar su primer libro, Perito en lunas, neogongorino, gracias a una ayuda de 425 pesetas que le da el sacerdote don Luis Almarcha: un difusor de la Doctrina Social de la Iglesia que, en la posguerra, fue obispo de León, procurador en Cortes en la época de Franco y promotor de estudios sobre el patrimonio artístico.

Miguel está escribiendo un auto sacramental, Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras. En marzo de 1934, intenta de nuevo la aventura madrileña, con la intención de promover el estreno y la publicación de esa obra.

No consigue lo primero, pero sí lo segundo: Bergamín se compromete a editarlo y hasta le da un anticipo. Eso le supone un apoyo moral y un alivio económico, durante cierto tiempo.

En este momento, Miguel está recibiendo la influencia del surrealismo a través de Vicente Aleixandre. Rafael Alberti y Pablo Neruda le están contagiando sus ideas políticas izquierdistas, que le alejan del catolicismo de Ramón Sijé, su gran amigo de Orihuela. A la vez, Miguel está viviendo una apasionada aventura erótica con la pintora Maruja Mallo, en la que ella parece tomar la iniciativa.

Una nueva ayuda le llega a Miguel Hernández por un camino inesperado. En la tertulia de Cruz y Raya, la revista de Bergamín, ha podido conocer a José María de Cossío, un gran estudioso de la poesía, que está preparando su enciclopedia Los toros –una iniciativa de Ortega– y que le contrata como su secretario particular.

Su labor básica consiste en recoger documentación sobre los orígenes de la Fiesta y datos biográficos de toreros antiguos. A la vez, ha alcanzado una mayor estabilidad sentimental porque, desde septiembre de 1934, es novio formal de Josefina Manresa.

En sus cartas, nos cuenta el poeta que no lo pasa bien, por el calor madrileño, en su trabajo diario, en la Biblioteca Nacional y el Archivo Histórico. Allí encuentra, por ejemplo, datos que le servirán a Cossío para editar las Advertencias y reglas del toreo a caballo.

Con humor, se lamenta Miguel de «el ambiente cornudo en que vivo» pero se ha liberado de la miseria. A la vez, se ejercita literariamente y se divierte, escribiendo algunas historias pintorescas.

Las biografías de los toreros antiguos aparecerán en el tomo III (1952) de Los toros, de Cossío: no llevan firma, aunque haya intervenido en algunas Miguel Hernández.

Gracias a sus cartas, sabemos ahora con certeza que está redactando las biografías de tres toreros: Antonio Reverte, El Espartero y Tragabuches; quizá, también, la de Lagartijo, del que envía un retrato a su amigo de Orihuela Carlos Fenoll, el 12 de julio de 1936, con estas líneas:

«Te mando esta fotografía de Lagartijo y te mandaré algunas de diestros famosos. Ya están reproduciendo en grandes cantidades fotografías para la enciclopedia en que trabajo. Ayer he hecho la biografía de Antonio Reverte, un tipo soberbio. La del Espartero, también la tengo hecha. Cuando me toca hacer la historia de un torero de esta clase, gozo mucho, porque veo en ellos un corazón como una catedral».

Incluso en estos casos, es imposible saber con seguridad lo que redactó Miguel Hernández y lo que añadió Cossío. Sin embargo, es de sentido común suponer que se deben a Miguel los episodios más novelescos y a José María, los detalles de técnica taurina. Probablemente, hay bastantes más biografías en cuya redacción intervino Miguel. En otras muchas, aportó también datos, que utilizó Cossío al redactarlas.

Avala este criterio, tan lógico, el testimonio de Juan Guerrero Zamora, en su biografía del poeta:

«Miguel procuraba escribir con la forma más apersonal posible, pero Cossío, viendo la cara de pena que ponía, decidió dedicarle a las biografías de toreros, dándole carta blanca en algunas, que, por pintorescas, venían como anillo al dedo para la imaginación colorista de Miguel».

Comento brevemente las tres biografías que Miguel Hernández afirma haber escrito.

Antonio Reverte

El sevillano Antonio Reverte (1870-1903) ha pasado a la historia por sus estocadas, citando de largo. Se hizo famoso el grito de pánico del público, que poetizó Villaespesa:

Y, rasgando el silencio, de pronto suena
una voz femenina, rota de pena:
¡No te tires, Reverte, vente conmigo!

Queda también en el recuerdo una suerte que dominaba: sus recortes, capote al brazo, antes de entrar el toro en varas o para sacarlo del caballo. Solía enlazar varios de esos recortes y provocaba así el entusiasmo del público. (Espero que alguna vez recupere esa suerte Morante, como ha hecho al encadenar largas a una mano).

Reverte alcanzó gran popularidad entre el público femenino, como se advierte en la copla, que cantaba Juan Valderrama:

La novia de Reverte
tiene un pañuelo
con cuatro picaores;
Reverte, en medio.

No me parece aventurado atribuir a Miguel Hernández el relato de una anécdota pintoresca:

«Se cuenta que, en una de sus correrías, saltó a un corral donde había un toro, quedando sus compañeros de espectadores en la tapia y temerosos del peligro que corría Reverte, solo ante la fiera y sin amparo alguno cercano. Invitó al cornúpeto con su chaquetilla, acudió el requerido y se entabló entre ambos una impresionante y bella faena: el uno, arremetiendo furiosamente; el otro, defendiéndose con sencillez y gracia de las arremetidas con el capote al brazo, que había de ser suerte suya característica. Cuando hubo cansado Reverte al animal, que quedó, ante él, inmóvil y jadeante, se volvió hacia sus compañeros del tapial y únicamente se le ocurrió preguntarles: '¿Se me ha mudao la color?'»

Manuel García, El Espartero

Manuel García, El Espartero (1866-1894), sevillano de la Alfalfa, ha pasado a la historia como ejemplo del valor más temerario. Alcanzó una popularidad extraordinaria: en Sevilla, dice entonces un revistero, «se come a lo Espartero, se fuma a lo Espartero, se anda a lo Espartero, se peina a lo Espartero».

El 27 de mayo de 1894, en Madrid, el toro Perdigón, de Miura, lo hirió mortalmente, al entrar a matar. Su entierro, en Sevilla, constituyó una auténtica manifestación popular: visitaron su capilla fúnebre cerca de veinte mil personas. Lo recuerda en un precioso poema Fernando Villalón, uno de los grandes poetas del 27:

Giralda, madre de artistas,
molde de fundir toreros,
dile al giraldillo nuevo
que se vista un traje negro.
Maldito sea Perdigón,
el torillo traicionero (…)
Ocho caballos llevaba
el coche del Espartero.

Su biografía, en el tratado de Cossío, ensalza su valor en unos términos morales que probablemente nacieron de la pluma de Miguel Hernández:

«Una valentía que nutría su raíz en un fondo de estoicismo, que era ya valor moral, muy distante de la majeza y los arrestos de otras valentías taurinas. De él es la frase, compendio de desprecio por los azares taurinos ante realidades vitales más urgentes: 'Más cornadas da el hambre'. En una ocasión, temeroso un banderillero suyo del riesgo de entrar a muerte en un terreno difícil, hubo de decir al Espartero: '¡Si el toro es muy malo y me va a coger!' A lo que, encogiéndose de hombros el espada, contestó: '¡Y eso, qué importa!' Como es frecuente en hombres de este temple, ni en el toreo ni en la vida supo más que de actitudes y de sendas ingenuas y rectilíneas. Ello le dio aquel carácter de niño grande y aquella sonrisa que no le abandonó ni en la muerte».

José Ulloa, Tragabuches

El estilo de Miguel Hernández se advierte con claridad, sobre todo, en la biografía del mítico José Ulloa, Tragabuches, un diestro de la segunda mitad del siglo XVIII. Al volver inesperadamente a casa, por haber sufrido un accidente con el caballo, sorprendió a su mujer con su amante, los mató a los dos y pasó a formar parte de la cuadrilla de Los siete niños de Écija.

Lo que leemos en Los toros constituye una verdadera estampa romántica, grabada en sepia:

«Advirtió a la luz de un candil la cara de su mujer, cubierta de temor. Se apoderó del torero una vaga sospecha, que fue tomando cuerpo ante la inquietud que observó desde aquel momento en las facciones y movimientos de su compañera. Subieron ambos las escaleras hasta el piso del dormitorio. José recorrió todas las habitaciones, celoso y olvidado de los dolores de su accidente. La Nena llanteaba (sic) en un rincón, hundida en una silla, perdido el rostro entre sus manos, y José la contempló en silencio (…) Sintió sed, entró en la cocina y, al destapar la tinaja para sacar agua con la caldereta, tropezaron sus ojos y su mano con una cabeza. Ulloa reconoció en seguida la de un acólito de la parroquia, conocido por Pepe el Listillo (…) El gitano sacó de la faca una navaja guadixeña, la abrió con los dientes de un tirón y se la hundió en el cuello al pobre muchacho (…) Un vecino vio salir a Tragabuches, montar a caballo y alejarse, reposado y sombrío, Ronda abajo».

Recuerda esto a los episodios que, a comienzos del siglo XIX, relata Agustín Pérez Zaragoza Godínez en su Galería fúnebre de historias trágicas, espectros y sombras ensangrentadas… No parece aventurado atribuir este relato a un poeta y no, a un erudito.

Un dato más. Al concluir la Guerra Civil, Miguel Hernández es detenido y conducido a la cárcel de Torrijos. Uno de sus compañeros de prisión lo recuerda así: «De todos los que éramos, a él es al único al que le gustaban los toros. Con eso, nos metíamos una barbaridad con él»…

Miguel Hernández fue, sin duda, un «gran poeta» (Urtasun dixit). Pero lo que no ha dicho el ministro de Cultura es que la Tauromaquia constituye una de las raíces fundamentales de su poesía. Estas tres biografías, incluidas en el tratado Los toros, añaden un eslabón más a la larga y valiosa cadena de su obra taurina.

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