José Ortega y Gasset, en su despacho
Filosofía para todos
Lo que la filosofía nos enseña del amor
Ortega y Gasset comenzó sus ‘Meditaciones del Quijote’ con una bella reflexión sobre el sentido de amar
Que los poetas sean quienes mejor han definido el amor demuestra que estamos ante un concepto complejo. Aunque todos estamos llamados a ello, la idea de lo que es amar no parece evidente o, al menos, no resulta sencillo expresarlo con palabras.
Ahí donde se abre una grieta hacia lo más profundo del alma siempre aparece la filosofía. Su propio nombre, amor a la sabiduría, liga sobremanera este campo del conocimiento con el tema que estamos tratando. La condición de amante del filósofo ha provocado reflexiones sobre la cuestión que se remontan a los diálogos platónicos. Sin embargo, será el español José Ortega y Gasset quien nos sirva de cicerone en esta ocasión.
En sus Meditaciones del Quijote, el madrileño se propuso publicar una serie de ensayos que tratasen, directa o indirectamente, de las «circunstancias españolas». Como tantas otras veces a lo largo de su vida, Ortega no completó la tarea. Pese a ello, en las páginas que vieron la luz en 1914 ya se presentaron al mundo buena parte de los asuntos que abordaría después el filósofo, incluida su frase más célebre: «Yo soy yo y mi circunstancia».
Lamenta el pensador en su Meditación preliminar que «la morada íntima de los españoles fue tomada tiempo hace por el odio». Considera que ese afecto «conduce a la aniquilación de los valores» y levanta entre nosotros y lo odiado «un fiero resorte de acero que impide la fusión». La consecuencia es vivir ante una realidad que se nos presenta como «rígida, seca, sórdida y desierta».
Frente a esta actitud, el amor. Con bellas palabras responde Ortega y Gasset a la gran pregunta: «¿Qué es lo que sentimos cuando amamos una mujer, cuando amamos la ciencia, cuando amamos la patria? Aquello que decimos amar se nos presenta como algo imprescindible (…). Es decir, que no podemos vivir sin ello». En comparación con el odio, amar implica una unión y «tal compenetración nos hace internarnos profundamente en las propiedades de lo amado».
Es en este punto donde se ve más clara la relación con la filosofía. Mientras el odio aísla, el amor se nutre del afán de comprensión y acaba descubriendo ante los ojos del amante que estamos ante un «divino arquitecto» que liga cosa a cosa «y todo a nosotros, en firme estructura esencial».
Así, esta Meditación termina por definir a la filosofía como «la ciencia general del amor». Solo este sentimiento nos saca de nosotros mismos, nos abre a la realidad con ojos nuevos y nos espolea en ese camino de comprensión que va entrelazando las cosas del mundo. No consiste en acumular datos al modo del erudito, dirá Ortega, se trata de esforzarse por comprender. Supongo que, como diría Lope, «quien lo probó lo sabe».