29 de septiembre de 2022

Portada de «El liberalismo y sus desencantados» de Francis Fukuyama

Portada de «El liberalismo y sus desencantados» de Francis FukuyamaDeusto

'El liberalismo y sus desencantados'. Abrazo a la socialdemocracia y ataque al populismo de derechas

En una época de «recesión democrática», el profesor Fukuyama proclama la superioridad de la autonomía del individuo y recela de las posturas conservadoras

«Liberal» y «liberalismo» son quizá los términos más polisémicos que se emplean en ámbito sociológico y político. El adjetivo «liberal» puede significar tanto «magnánimo, comprensivo, generoso», como «laxo, permisivo». De hecho, «liberalidad» y «liberalismo» no son, desde luego, sinónimos. Asimismo, hay quien entiende el liberalismo como una doctrina filosófica y moral enfrentada a la religión, en tanto que este liberalismo y la religión postulan visiones contrapuestas sobre la autonomía moral.
Por otra parte, hay quienes prefieren acotar el liberalismo —ora económico, ora político— a una actitud difusa, y no tanto adscribirla a una escuela de pensamiento estructurada: el liberalismo, simplemente, como limitación de los poderes del Estado. Además, y como explica en este libro su autor, hay una visión general del liberalismo en Estados Unidos —de corte progresista— que difiere de la comúnmente asumida en Europa —mercantilista y recelosa del tamaño de las Administraciones Públicas. Fukuyama se sitúa en una zona intermedia.
Esta notable ambivalencia es palpable en El liberalismo y sus desencantados. Y, para complicar más la cuestión, debe sumarse que a Fukuyama se le objeta haber marrado en su tesis de El fin de la historia y el último hombre (1992). Según ha explicado en Madrid, hubo quienes interpretaron que él se refería a que la historia, tras la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, llegaba a un punto final. Y que esa estación término era el manso liberalismo y la Arcadia feliz. Sin embargo, Fukuyama arguye que el concepto de «fin de la historia no suponía que no fuese a suceder nada más», sino que mostraba la legitimidad del liberalismo como «la forma política definitiva en la historia».
A lo largo de El liberalismo y sus desencantados, el profesor Fukuyama va mostrando, para todo tipo de públicos, su convicción en que, aunque imperfecto, no hay forma de configurar el Estado y la sociedad preferible al liberalismo. Lo más interesante de este libro es que constituye una exposición de ideas y axiomas que estructuran gran parte del consenso en América del Norte y Europa dentro de las elites políticas, mediáticas y académicas. Leerlo permite entender en qué parámetros nos movemos. Sus críticas al progresismo resultan bastante acolchadas, y contrastan con el insistente ataque contra políticos como Trump, Orbán, Kaczyński, Bolsonaro o Erdogan, como si estos cinco formaran un grupo compacto.

Lo más interesante de este libro es que constituye una exposición de ideas y axiomas que estructuran gran parte del consenso en América del Norte y Europa dentro de las elites políticas, mediáticas y académicas. Leerlo permite entender en qué parámetros nos movemos.

Fukuyama cree que hoy el conservadurismo y la derecha resultan más peligrosos y alejados del liberalismo que la izquierda. Por ejemplo, en la única referencia a Venezuela, sólo anota que, al igual que Cuba y la Unión Soviética, «se había embarcado en nacionalizaciones indiscriminadas de la propiedad privada», lo cual redundaba en «enormes problemas en la innovación y el crecimiento». En el libro no se menciona, en ningún momento, la represión de Nicolás Maduro y Hugo Chávez.
Para Fukuyama, ¿en qué consiste el liberalismo? Según este investigador y docente en Stanford, hay rasgos definitorios inequívocos, entre los que destaca el énfasis en el individuo —se prefiere la palabra «individuo» a «persona»— y su autonomía. La definición clásica a la que se adscribe Fukuyama incluye otras dos características: el igualitarismo universalista —algo que, en cierto modo y con matices, comparte con más doctrinas, empezando por el cristianismo, y, de manera previa al liberalismo, la Escuela de Salamanca, que no aparece citada en el libro—, así como lo que llama «meliorismo», que es la confianza en la mejora de las instituciones.

En el libro no se menciona, en ningún momento, la represión de Nicolás Maduro y Hugo Chávez

Para comprender este modelo antropológico, hay que añadir que, según se deduce de la lectura de estas páginas, los derechos humanos no proceden tanto de un concepto de derecho natural, como de un consenso social. Lo que encaja difícilmente con su anhelo de igualdad de derechos para todas las personas, sin importar sexo, nación o etnia. Dice: «Las sociedades liberales otorgan derechos a los individuos … Las sociedades liberales incorporan derechos en el derecho formal (la reglamentación) y, por tanto, tienden a ser notablemente procedimentales».
En el libro se aprecia cómo Fukuyama se aproxima a la socialdemocracia y denuncia los excesos del denominado neoliberalismo, así como de la amenaza que suponen las grandes compañías tecnológicas. Apela a valores como la moderación, la inherente dimensión social de las personas, la necesidad de intervención del Estado en la justicia social, así como demanda una mayor neutralidad de las instituciones públicas.
Sin embargo, a lo largo del libro parece adjudicar al liberalismo progresos que tienen otros factores, e incluso de mayor peso: desde la abolición de la esclavitud en Estados Unidos —en este punto Fukuyama escatima los elogios que merece el Partido Republicano y las críticas que merece el Partido Demócrata— hasta la consolidación de las clases medias y el desarrollo económico en la Europa de la segunda mitad del siglo XX —que fue obra, entre otros, de partidos conservadores, socialdemócratas, empresas estatales, e incluso de gobiernos autoritarios, como el de Franco.
El libro es claramente anglocéntrico, y, de hecho, España está ausente, excepto en una cita a Adam Smith —el cual critica en el siglo XVIII el sistema comercial español, época en la que, en realidad, se generó un gran crecimiento en España, sobre todo, demográfico. Alusión curiosa a Cataluña, de la cual dice Fukuyama que, caso de independizarse, seguiría siendo «una sociedad liberal que respetaría los derechos individuales». Sus menciones a la Iglesia católica resultan, en general, positivas, y reconoce que como «bastante justificada» la «crítica esencial al liberalismo por parte de los conservadores»; a saber, «que las sociedades liberales no proporcionan un horizonte moral común en torno al cual puede construirse una comunidad». Pero Fukuyama se defiende: «se trata de una característica del liberalismo, no de un defecto».
Portada de «El liberalismo y sus desencantados» de Francis Fukuyama

deusto / 176 págs.

El liberalismo y sus desencantados

Francis Fukuyama

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