Cubierta de 'Demarquía'
‘Demarquía’: cuando el azar entra en el Congreso
Una novela de política ficción tan verosímil como inquietante: una España donde los diputados son elegidos por sorteo
Agustín Alonso G. (Madrid, 1980) es filólogo, periodista y escritor, y ese orden no es casual ni inocente: su formación humanística precede y alimenta una larga trayectoria en los medios de comunicación que, a su vez, desemboca en la literatura. Licenciado en Filología Hispánica por la Complutense, ha desarrollado buena parte de su carrera profesional en RTVE, donde ha pasado por la redacción digital de noticias, la información cultural, el entretenimiento y los nuevos formatos. Tres Premios Ondas avalan una trayectoria profesional que, lejos de agotarse en la pantalla, se prolonga en la crítica literaria –su pódcast El libro del año es uno de los espacios más lúcidos y honestos del panorama– y, sobre todo, en la ficción. Su primera novela publicada con ambición, La edad imperfecta (Sílex, 2021), era una reconstrucción histórica de la vida de Garcilaso de la Vega que revelaba a un narrador con instinto para la investigación documental, el retrato de época y la creación de personajes complejos. Con Demarquía, su segunda novela en la misma editorial, Alonso G. da un salto hacia un territorio radicalmente distinto –la política ficción en la España contemporánea– y confirma algo que ya se intuía: que estamos ante un escritor capaz de transitar con solvencia por géneros muy diferentes sin perder en el camino ni la fluidez ni la ambición narrativa.

Sílex (2025). 370 páginas
Demarquía
La premisa es audaz y, en los tiempos que corren, perturbadoramente verosímil: el hartazgo ciudadano con los partidos políticos desencadena una reforma constitucional que instaura la demarquía, un sistema por el cual los diputados del Congreso son elegidos por sorteo, como en una lotería. Sobre ese tablero, Alonso G. despliega un elenco coral de personajes –un joven precario de extrarradio, una manchega colombiana en plena crisis de los cuarenta, una veinteañera que va para monja, un científico gallego de origen etíope, una joven liberal de ascendencia marroquí, un ganadero catalán recién jubilado, una chinoespañola no binaria– que de pronto se ven investidos con la responsabilidad de legislar. Lo que podría haberse quedado en un mero experimento intelectual se convierte, gracias a la destreza del autor, en una novela profundamente humana, donde la mecánica parlamentaria y las maniobras del poder se entrelazan con las vidas corrientes de los protagonistas: sus crisis domésticas, sus inseguridades, sus ambiciones pequeñas y legítimas, sus afectos.
Lo más notable de Demarquía es su estructura, que podríamos calificar sin exageración de posmoderna. Alonso G. no se limita a narrar: introduce en el cuerpo de la novela fragmentos de crónicas parlamentarias, artículos de prensa firmados por periodistas ficticios, transcripciones de entrevistas televisivas, conversaciones de grupo de mensajería, columnas de opinión, extractos de debates en pleno, tertulias transcritas con su jerga de plató. La narración pasa de lo noticioso a lo íntimo, de la descripción técnica de un sistema parlamentario a la fragilidad emocional de un personaje que no sabe si su novia le ha dejado, de la maniobra política de Moncloa a la escena doméstica en un piso compartido, y lo hace con una naturalidad que solo puede provenir de quien conoce todos esos registros desde dentro. El periodista que hay en Alonso G. no compite con el novelista: lo alimenta, le presta oído para los diálogos, olfato para la intriga y una capacidad casi instintiva para alternar ritmos y tonos sin que la lectura se resienta.
Los personajes están fantásticamente engarzados en la historia. No son peones al servicio de una tesis política, sino criaturas con voz propia, contradicciones, biografías que pesan. Alonso G. los retrata con una empatía que no excluye la ironía ni la dureza: la ambición disfrazada de idealismo, el idealismo herido por el pragmatismo, la soledad del ciudadano corriente enfrentado a un poder que no comprende del todo pero que ahora, por capricho del azar, le pertenece. Hay en la novela una comprensión profunda de cómo funciona realmente la política –no la de los manuales, sino la de los pasillos, las llamadas a deshora, los favores y las traiciones– que solo puede provenir de alguien que ha vivido de cerca ese mundo sin pertenecer a él, la posición privilegiada del periodista.
La prosa es fluida, rápida cuando la trama lo exige, morosa cuando un personaje necesita espacio para respirar. Alonso G. domina el diálogo con la soltura de quien lleva años escuchando cómo habla la gente de verdad, y hay escenas –la celebración del cumpleaños en Gredos, las negociaciones de pasillo, las escenas de tanatorio– que poseen una vivacidad casi cinematográfica. La novela se lee con el placer adictivo de un thriller parlamentario, pero deja un poso más hondo: la pregunta, nada retórica, de si la democracia puede reinventarse y de si ciudadanos normales, con sus limitaciones y sus grandezas, serían capaces de gobernar mejor que los profesionales del poder.
Demarquía es, en definitiva, una novela sumamente original. No hay muchos precedentes en la narrativa española reciente de una ficción política que combine con esta naturalidad la inventiva especulativa, la crónica periodística y el retrato coral de personajes memorables. Alonso G. ha sabido aprovechar todo lo aprendido en su doble vida como periodista y como novelista histórico para construir algo nuevo, una novela que mira al presente –y quizá al futuro inmediato– con la misma ambición con la que La edad imperfecta miraba al Renacimiento. De Garcilaso a la demarquía hay un salto de cinco siglos, pero el impulso es el mismo: contar cómo los seres humanos se enfrentan al poder, a la historia y a sí mismos. Publicada por Sílex Ediciones en su colección Cuentahilos, es una apuesta decidida por la ficción ambiciosa e inteligente, y la confirmación de una voz narrativa que conviene seguir de cerca.