Fundado en 1910
San Francisco de Asís recibiendo los estigmas

San Francisco de Asís recibiendo los estigmasMuseo Nacional del Prado

Chesterton dialoga con San Francisco de Asís: un inesperado biógrafo para un paradójico santo

La figura del Poverello resulta más cercana y apasionante que nunca desde la mirada de un autor que ha sabido comprenderlo como pocos

Es esperable que uno se detenga a leer por segunda vez autor y título de esta obra. Sí, ha visto bien, el gigante de las letras inglesas es biógrafo de un menudo fraile de la Italia medieval. G. K. Chesterton escribe la vida de San Francisco de Asís. ¿Impensable? La perplejidad inicial dará paso a ligeros asentimientos de cabeza a medida que avancemos en la lectura, démonos tiempo. Pronto, muy pronto, nos descubriremos reconociendo que, inesperada pero indudablemente, no hay mejor hagiógrafo para este humilde santo. Chesterton ha entendido como nadie a Francisco y, me atrevo a pensar que, de haberse conocido, el de Asís habría hecho buenas migas con el escritor británico.

Cubierta de 'San Francisco de Asís'

Traducción de Aurora Rice. Prólogo de Ángel Manuel Rodríguez Castillo. Espuela de Plata (2017). 192 páginas

San Francisco de Asís

G. K. Chesterton

Ahora bien, quizá es aventurado concederle de entrada el título de biógrafo o de autor de vidas de santos. Es más, tampoco el creador del padre Brown estaría de acuerdo. Él mismo reconoce, que «el presente libro no es más que una presentación de San Francisco o una introducción al estudio de San Francisco». Es decir, el lector ha de saberse satisfecho —Chesterton también lo estará— si al cerrar esta obra de 1923 tiene la sensación de no saber muchas cosas nuevas sobre el santo pero sí de tener muchos deseos de acercarse más para conocerlo mejor. Era esta, y no otra, la pretensión de este inusitado biógrafo y, me arriesgo a adelantar, lo logra con creces.

La novedad de esta biografía no está en la profusión con la que presenta datos cruciales, tampoco en la variedad de anécdotas con las que ilustra la vida del poverello. Es más, ni siquiera goza, estrictamente, de la estructura cronológica que esperamos del escrito de la vida de un personaje. El mérito de Chesterton está en haber comprendido el corazón de Francisco. Solo desde ahí tienen sentido lo que muchos han llamado rarezas: lo sobrenatural se vuelve absolutamente natural en el Caballero de la Dama Pobreza. Por chocante que resulte, esto no desviste al fraile de santidad, al contrario, nos devuelve un santo muy humano y, por humano, santo.

El fraile de Asís es un personaje antitético, pero solo en apariencia. Chesterton no lo niega, «todos sus actos fueron siempre inesperados y nunca inapropiados». Fue sin duda gracias a esa excentricidad que le hacía volver siempre al centro, por la que el santo vivió una vida absolutamente coherente. Tan coherente que, pese al impacto inicial, acabamos por reconocer que su vivir extraordinario es, en gran medida, el más apropiado de los víveres. Rompedor en su época, terminó convirtiéndose, precisamente, en una de las figuras que mejor ilustra el ser medieval. Pero su impacto no fue epocal, sino que sigue reclamando nuestra atención, como reclamó la del amigo Chesterton; el legado del poverello es tan largo como corta fue su estatura.

Son muchos los sobrenombres con los que el inglés va dibujando el carácter del que empezó siendo comerciante y batallador para convertirse, sin perder un ápice de su carácter, en constructor, pobrecillo, Juglar de Dios y espejo de Cristo. Dice el autor que su vida fue un poema al que no le faltaron continuas notas dramáticas pues «aun lo malo, en él, era bueno». Cualquier anécdota franciscana se queda corta ya que termina encajando a la perfección gracias a la disposición con la que el «biógrafo» nos presenta el hábito interno que fue vistiendo el corazón del fraile. De esta manera, la radicalidad con la que naturalmente vivió deja de escandalizar, pues se vuelve ordenada, incluso racional. Chirría, no obstante, en la actitud de los Fraticelli posteriores, precisamente porque se enfocaron en una pobreza radical desenraizada de los principios originalmente franciscanos.

En los escépticos de su tiempo, también en los del suyo (y en los del nuestro), acusa el autor el prejuicio a la hora de admitir la santidad de un loco. Con la acostumbrada ironía chestertoniana, les reconoce que no es fácil distinguir al santo del loco pero en el frailecillo es casi inevitable identificar a un santo locamente humano. Una locura semejante a la de Cristo y que, por ello, permite comprender un poco mejor, la vida de Aquel a quien el de Asís pretendió imitar durante toda su vida. ¿No es esta acaso la locura con la que reluce la vida de los santos?

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas