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Río Almofrei

'Río oculto': saciar la sed del que busca

Una lectura que transforma las grietas de la vida en cauces de agua viva

En su primer discurso en España, el Papa León XIV hizo referencia a la mística española. Al destacar las figuras de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz recordó que «la suya es una mística con los ojos abiertos, no ajena a la historia, sino que lleva a la raíz de las cuestiones, al corazón de la realidad». Es decir, la mística no es una huida hacia un yo íntimo desconectado del mundo. Al contrario, es una apertura a la realidad; una mirada en comunión con Dios que revela el milagro de la vida, desde la existencia del otro hasta la belleza que nos interpela a cada instante.

Cubierta de 'Río oculto'

Ediciones Númenor (2026). 72 páginas

Río oculto

Sonia Losada

Esta es la mística que expresa la poeta y periodista Sonia Losada en su poemario Río oculto, finalista del Premio Internacional de Poesía Mística Fernando Rielo. Una mística accesible y cercana que observa lo invisible con una mirada atenta y asombrada; una mirada enamorada de la cotidianidad y de su historia, a pesar de los pesares: «Hoy, en el envés de la vida, / aquí, el lugar menos pensado, / he visto entreabrirse el cielo: / tu Luz buscándome en los charcos.»

Esta primavera, la editorial Númenor ha publicado un nuevo poemario en su colección Cuadernos de Poesía, a cargo de Fidel Villegas. Río oculto es una búsqueda espiritual y de sentido que sacia la sed de los que buscan. Como subraya Marcela Duque (Premio Adonáis) en el prólogo, es la búsqueda del homo viator: un camino de conversión que conjuga el simbolismo personificado del agua, del amor y de la luz para enjuagar sus heridas y redescubrir, como diría Bernanos, que todo es gracia.

El libro está tejido por treinta y cinco poemas que recorren su vida en tres afluentes conectados: «Tierra hostil», «Éxodo» y «Agua-cero». En primer lugar, el río nace en un anhelo apremiante de sentido, «en la seca agonía de los segundos», en la incertidumbre del vacío, en la censura de sus palabras y en la lucha contra la constante sequedad del cálculo que obsesiona a nuestra sociedad de la urgencia: «¿Si callo, viviré? / ‘Si callas vivirás’, repiten / los que cosen mis labios / al péndulo del ser o del no ser».

Sin embargo, en la oscuridad de la aridez que todos hemos experimentado alguna vez, Losada se encuentra con una Luz encarnada. Esta Luz ilumina las grietas que le duelen, transforma su corazón e invita a desaprender lo andado para descubrir el misterio de la vida: «Remiendas la carne abierta / con finos hilos de plata. / Abre en mis llagas ventanas, / si fue mi herida tu puerta. / ¡Entra! La llave está puesta. / ¿Qué es esto, Amor, que me abrasa?»

Esta es la salida o Éxodo, el deshielo, el temblor de quien intuye una respuesta: «Estoy empapada / y tus huellas están por todas partes». Esta apertura se convierte también en una invitación a dejarnos interpelar por esa «llama de amor viva» de San Juan de la Cruz, esa «agua viva» (Jn 7, 38) que ayuda a transformar cualquier tierra hostil en una tierra fecunda. Así lo apunta Losada en su poema «Tabor»: «Deja que prenda la luz, / que te atraviese, / sin herir, / incandescente, / que difumine tus límites, / que destile el color / hasta la pureza del origen, / hasta la calma del blanco más tierno».

Este camino concluye con una mirada renovada en la tercera parte «Agua-cero», que presenta una tierra fértil donde abundan el agua y la luz. Dios brota como un torrente, se descubre como ese río oculto que atraviesa sus «grietas sedientas» y transfigura su verbo en alegría: «Brotas a borbotones (…) / abres cauces hasta alcanzar mi vida / (…). Tu carta viva es mi biografía.»

Con un tono celebrativo y «con los ojos abiertos», la autora canta a lo largo de la lectura el don de la vida y la belleza del mundo que es obra del Creador. Lo cotidiano se convierte en extraordinario, en milagroso: los mirlos y los gorriones, por ejemplo, ya no son simples pájaros, sino corcheas «de una música que parece venir de lo alto», notas del «Pentagrama eléctrico».

La «Rosa de enero», por su parte, deja de ser una flor para convertirse en una presencia viva que anuncia la primavera y que susurra a la poeta la respuesta que anhela. De igual modo, los árboles, los charcos, un atardecer o una calle cualquiera se transforman en una oportunidad para tomar conciencia de este misterio. Esta es la mirada del verdadero místico, la del poeta de la luz a la que todos estamos llamados: una mirada asombrada, accesible y cercana a la realidad de la que Río oculto es testigo.

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