Cubierta de 'Contento del mundo'
Los relatos de José Sánchez Pedrosa: entre la gamberrada y la trufa literaria
Ediciones del Viento rescata la obra más importante del escritor gallego: su antología de relatos breves y macabros
José Sánchez Pedrosa (1969-2021) murió con apenas cincuenta años y su producción literaria no logró traspasar el umbral de una minoría selecta. Vayamos con dos claves que ayudan a entender la obra que reseñamos. Una, la de la descarada ironía del título. «Me tienes contento, mundo», parece decirnos Sánchez Pedrosa, como apunta el prologuista Jesús G. Maestro.

Ediciones del Viento (2026). 120 páginas
Contento del mundo
La otra clave la encontramos en la cita introductoria. Una única y elegante cita. (Qué amateurismo reflejan esas ediciones con no tres o hasta siete citas introductorias o epígrafes. Ejemplo de ese deseo de epatar son las ¡doce! citas introductorias de la excesiva La península de las casas vacías, del excesivo David Uclés).
¿Y cuál es el epígrafe que abre Contento del mundo, la antología de relatos de José Sánchez Pedrosa que se publicó por vez primera en 2008 y cuya tercera edición data de enero de 2026? Una cita de Pessoa –que no era precisamente la alegría de la huerta, a juzgar por sus títulos desasosegantes– que dice: «Si me preguntarais si soy feliz, os diría que no lo soy».
Y no sabemos si el autor lo era o lo fue, como tampoco trascendió la causa de su temprana muerte. Lo que sí sabemos es que los personajes que pueblan su Contento del mundo no eran felices. Es más, abunda la figura del viudo o viuda, los suicidas, los enfermos, los inadaptados, los solitarios.
Cuentos breves, de apenas dos o tres páginas, que parecen cortados con parecido patrón: un desgraciado que ya estaba jodido acaba peor. Lo cual no deja de ser uno de los atractivos de esta gavilla de relatos, aunque pueden resultar repetitivos, al tiempo que rezuman un enfant-terriblismo que más que pesimista, lúcido o certero nos transmiten cierta inmadurez o visión juvenil del mundo y sus conflictos.
Porque uno que escribe se siente a ratos identificado no ya con los temas, sino, digamos, con ese modus scribendi, valga el latinajo, tan propio de las primeras etapas creativas, de concitar personajes estrafalarios y, como un Mengele con sus criaturas, ponerlos en situaciones límite. Uno, el lector, disfruta y hasta se relame, pero queda un poso como de entretenimiento macabro más que de otras cosas a las que se supone está llamada la literatura. Como iluminar, tocar con una tecla no antes dada, ofrecer algún tipo de revelación que va más allá del relato de unas vidas truculentas con ingenio, incluso talento, en esas breves narraciones que a ratos recuerdan los articuentos de Juan José Millás. O, salvando las distancias, a los relatos de Pedro Ugarte, con sus personajes también condenados a cierta medianía, a ciertos callejones sin salida, solo que tratados con un punto de ternura que los redime, que nos incluye a todos. Porque todos tenemos algo del omnipotente personaje –Jorge– ugartiano.
Jesús G. Maestro trata, en su prólogo, de encontrar ese elemento que, como dicen las contracubiertas, pedantes «retrataría los pliegues de la condición humana» y habla de salud mental, como si hubiera en el autor un deseo previo de retratar a esos desviados de la cordura. Discrepo amablemente; mi sensación es que ese «catálogo de enfermos mentales» puebla sus relatos por la sencilla razón de que son capaces de hacer cosas que las personas normales no harían, como clavarse unas tijeras en ambos oídos, como hace el protagonista de «Autovía», cansado de no poder dormir por el ruido de los motores que rondan su casa.
La división entre arte y ocurrencia es fina.
Esto lo vemos a menudo en la obra fotográfica del ¿sobrevalorado? Chema Madoz. Sin duda, resulta ingenioso introducir platos en las rejillas de una boca de alcantarilla, pero la poesía es algo más que un juego de palabras. La poesía –esto es, el arte– aspira a un vuelo más alto y apela a algo más universal, que no se agota en la mera anécdota. Felizmente, esto pasa en algunos de los relatos de José Sánchez Pedrosa, como el titulado «Esquizofrenia». Su protagonista quiere escapar de su olor a Galicia, un olor que le deprime y que, como irá descubriendo, parece ya adherido a su piel para siempre, por mucho que huya, por mucho que se instale en hoteles en Logroño.
Con ese recurso tan metafórico, tan de largo alcance, encontramos a un autor que recuerda más a Cortázar que al ingenioso, léase con retintín, Millás de los articuentos. Le toca al lector ahora la labor de convertirse en un lector-trufero para detectar esas joyas. El viaje no será amargo, porque esos otros cuentos, siempre gamberros, irreverentes y cáusticos, no dejan poso en el alma pero divierten lo suyo.