Bambino era 'algo salvaje' y triunfó rompiendo moldes; convirtiéndose en «el rey de la rumba».
'Algo salvaje. La historia de Bambino', el documental biográfico del rey de la rumba y la bulería
Imprescindibles de RTVE estrena este domingo el documental biográfico del cantante de Utrera, que revolucionó el mambo, la ranchera y el bolero, metiéndolo por bulerías y rumbas en el corazón de toda España
Desde su Utrera natal, partió Miguel Vargas 'Bambino' a la noche madrileña y al tablao de las sombras y las luces de la farra donde él se descubrió artista único.
Pero no uno cualquiera, sino el más copiado por los fiesteros y rumberos que, después, no han querido reconocer ni su influencia ni su presencia en cada uno de sus éxitos. Sin embargo, la buena memoria y la humildad que adorna a los verdaderos y más sinceros «trabajadores» de lo jondo, no dejan de reconocer, siempre que pueden, la inconmensurable sombra de aquel junco moreno; de aquella brizna de trigo sevillano danzante entre los vientos del Flamenco.
Torero de la rumba y la bulería
Miguel Vargas Bambino era único en su plasticidad gestual; en su desplante de chaqueta caída; en su giro de andaluz fogoso y tremendista cual torero del compás frente al toro negro del aburrimiento. Suya fue la forma de mezclar el mambo vudú de Pérez Prado, el bolero, la ranchera y la balada, para transformarlas en la arrebatada coctelera de la bulería y la rumba que hoy se comerían crudo a cualquier Peret amaestrado por lo comercial.
Miguel Vargas Bambino tradujo el gutural gemido del cante de su tierra encarnado en Fernanda Y Bernarda de Utrera, con un punto más de velocidad y limpieza; y con una voz descomunal que se elevaba al galope de las palmas y las guitarras, como el desboque de un caballo sin freno.
Arte sin imposturas
Miguel Vargas Bambino nunca supo del playback ni de la impostura del «llevárselo crudo» en el escenario; porque él era salvaje, y esa condición no se podía interpretar bajo una metodología o con la repetición artificial y fría del sampler; de ahí las escasas apariciones televisivas, de las que, además, no era nada amigo.
Miguel Vargas Bambino no necesitó certificado de autenticidad para el triunfo en un mundo que preguntaba primero por la pertenencia y, después, «ya veremos»; porque su arte, que es la vida, ha trascendido más allá de la moda, del escándalo del vicio, de la reivindicación innecesaria o el victimismo de armario que, después, ha hecho tan mala literatura de la Movida madrileña y el malditismo, supuestamente transgresor, de cuatro o cinco «niños bien».
Miguel Vargas Bambino era la encarnación viva de las formas flamencas rasgando el aire con el verso de sus manos, como queriendo «exaltar la belleza que el buen Dios regalaba. Más cuando vio que la gente la belleza olvidaba, lloró. El poeta lloró. El poeta lloró, el poeta lloró...»