Fundado en 1910
Los cantantes Lola Flores y Manolo Caracol

Lola Flores y Manolo Caracol©RADIALPRESS

Cinco actuaciones memorables de Manolo Caracol, el purasangre único del flamenco

La leyenda que dominaba todos los palos fue pareja artística y sentimental de Lola Flores en los años 40

Dice la Real Academia de la Historia que Manuel Ortega Juárez, Manolo Caracol, fue «tataranieto de El Planeta, por parte materna; biznieto de Enrique El Gordo Viejo y Curro Dulce; nieto de El Águila; sobrino nieto de Paquiro, Enrique El Gordo, Manuel Ortega Feria, Gabriela Ortega Feria, Rita Ortega Feria, Carlota Ortega Fernández, Rita Ortega Fernández y del torero El Cuco; tío de Gabriela Ortega Gómez, recitadora; primo de El Almendro, torero y cantaor, y de los artistas flamencos Carlota Ortega Monje, Rafael Ortega Monje y Rafael Ortega Morales; hijo de Manuel Ortega Fernández Caracol el del Bulto y de Dolores Juárez Soto y padre de Lola Ortega Gómez, Enrique Caracol, Manuela Ortega Gómez y Luisa Ortega Gómez, todos profesionales del arte flamenco».

Y que «por la calidad de su cante y su personal concepción del género, representa la culminación de la familia flamenca más importante de la historia del arte andaluz...». No es ni mucho menos poca cosa, sino todo lo contrario, lo que traía el niño Manolo, aunque no hubiera cantado nunca. Pero lo hizo desde niño con toda ese abolengo como munición: un purasangre del flamenco que con trece años ganó el Primer Premio del Concurso de Cante Jondo de Granada ex aequo con el veterano Diego Bermúdez Cala «El Tenazas».

Eran los primeros años 20, cuando acababa de terminar la Edad de Oro del toreo con la muerte de Joselito el Gallo y Manolo (Caracol le pusieron, «el niño Caracol», dicen, porque tiró de niño una olla de caracoles) empezó su leyenda como cantaor, un elegido al que le salía el talento original por la garganta sin esfuerzo, quizá como no le salió nunca a nadie hasta que apareció Camarón a los 8 años, y el genio le escuchó cantar en La venta de Vargas y le sentenció con el mohín del gigante celoso: «No está mal, pero un gitano rubio no va a llegar a mucho en el cante».

Se equivocó Caracol o no porque mentía en el despecho que confirmó muchos años después cuando volvieron a verse en el mismo lugar (hay una historia, con la venta cerrada, de un duelo de gallos y de alturas como el de Eddie Felson y El Gordo de Minnesota en El Buscavidas, que ganó un joven aún Camarón) y José Monge ya era la estrella que estaba destinado a ser, como medio siglo antes también lo empezó a ser aquel. Caracol formó pareja artística y algo más con Lola Flores en los años 40. Zambra fue el espectáculo que le convirtió en mito y comenzó a hacer el de Lola, que después volaría sola, lejos de su enorme sombra.

Giró por España. Hizo cine y tuvo su propio tablao en Madrid. Yendo a él desde su casa murió a consecuencia de un accidente de tráfico en la carretera de la Coruña a los 63 años. La misma Academia de la Historia remite a la obra de J. Blas Vega y M. Ríos Ruiz, Maestros del Flamenco, para explicar el motivo de su impronta: «Una sangre más destilada en lo flamenco no la hubo nunca y difícilmente será posible la repetición del fenómeno. Manolo Caracol, por lo tanto, llevaba el cante más en la sangre que en la cabeza (...) Nunca tuvo que pensar en el cante porque se creía, y quizá lo fuera, el cante mismo. Ésa era la impresión que transmitía».

«Se creía, y quizá lo fuera, el cante mismo...». Casi lo que puede escucharse y verse en cualquier vídeo del monstruo, cuya voz, esa que decía que había sacar contenida porque eso era la hondura, «la caricia honda, el pellizco chico», salía sin esfuerzo por la boca de piñón, apenas entreabierta como para modular, siguiendo su regla, el poderoso instrumento, o incluso como para contenerlo.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas