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José María Rotellar

El fallido plan fiscal de Donald Trump

Najar impuestos sin recortar gasto público no es política liberal, sino populismo presupuestario

Estados Unidos necesita una nueva política económica, tras el desastre de las distintas administraciones en los últimos años. La necesita para enderezar el rumbo de la misma y reducir sus desajustes fiscales y de endeudamiento, no para profundizar en ellos. Por eso, hay que ver la política económica en todo lo que abarca, no de manera parcial.

El nuevo plan fiscal impulsado por Donald Trump, aunque revestido de un envoltorio liberalizador, es en realidad una fórmula fallida para una economía que requiere responsabilidad fiscal y estabilidad institucional. Trump vuelve a plantear una bajada de impuestos agresiva, particularmente en el impuesto de sociedades y en los tramos altos del IRPF, cosa que está muy bien y es el camino correcto para dinamizar la economía, pero es un plan incompleto.

Lo primero que debe señalarse es que bajar impuestos sin recortar gasto público no es política liberal, sino populismo presupuestario. Trump no plantea ninguna reforma estructural de recorte del gasto. Más bien al contrario, insiste en mantener partidas deficitarias. Así, el supuesto liberalismo se transforma en una expansión keynesiana encubierta, que será un fracaso, como le pasó a Liz Truss en Reino Unido. Por eso, es esencial esa segunda parte, la que implica la reducción del gasto público.

Las promesas fiscales del expresidente se deben mirar con escepticismo: no se puede crecer ni atraer inversión a largo plazo cuando se siembra incertidumbre en la sostenibilidad de la deuda pública

Ese problema ya lo tuvo en su primer mandato, debido a que el recorte de impuestos no vino acompañado de una disciplina presupuestaria, lo que disparó el déficit estructural incluso antes de la pandemia. De ahí que ahora las promesas fiscales del expresidente se deban mirar con escepticismo: no se puede crecer ni atraer inversión a largo plazo cuando se siembra incertidumbre en la sostenibilidad de la deuda pública.

Por otra parte, su discurso proteccionista, con amenazas de nuevos aranceles y una guerra comercial con China como telón de fondo, contradice las bases del comercio libre que deberían acompañar a una reforma fiscal liberalizadora. Sin apertura comercial y competencia internacional, las rebajas fiscales pierden impacto y se convierten en privilegios sectoriales o prebendas.

Por último, el carácter personalista de la política económica de Trump no ayuda. En lugar de construir un marco jurídico claro, estable y previsible, improvisa medidas según el calendario electoral o la coyuntura mediática, desincentivando el ahorro y la inversión a largo plazo, y minando la confianza de los agentes económicos.

En resumen, el plan fiscal de Trump no es un programa liberal, porque le falta la parte esencial de reducción del gasto. La economía de Estados Unidos necesita centrarse en la generación del valor añadido, en la captación de talento, en reducir el importante peso del gasto público, en reducir impuestos y en abrirse más al mundo.

Desgraciadamente, poco conseguirá si se empeña en medidas proteccionistas para producir en Estados Unidos bienes en los que allí la producción es más cara, porque se producirán deslocalizaciones. Poco ayudará también gravar los bienes del exterior, porque entre la subida de precio de los mismos por dicho arancel y el mayor coste de la producción interior, puede generar un proceso inflacionista.

Debe, asimismo, captar talento, no expulsarlo, pues si Estados Unidos ha crecido ha sido gracias a su política en la que acogía a todo el que tuviese algo que aportar, como tierra de oportunidades que ha sido. Cerrarse a ello ahora, puede descapitalizarlo desde el punto de vista del factor trabajo. Debe bajar los impuestos –aquí si va en el buen camino– para aligerar las cargas a los contribuyentes y que esa mayor renta disponible se canalice hacia la economía productiva, que es la que genera valor. Y debe reducir el gasto para controlar el déficit fiscal y reducir su enorme deuda. Estados Unidos no puede seguir de esa manera, con ese desajuste presupuestario. Esa política económica es la que necesita Estados Unidos para seguir siendo el gran país que ha sido, no encerrarse en sí mismo que sólo le conduciría al empobrecimiento. Trump todavía tiene tiempo para rectificar. Si no lo hace, habrá dañado de manera importante a la economía de Estados Unidos.

José María Rotellar es profesor de Economía. Director del Observatorio Económico de la Universidad Francisco de Vitoria

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