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Prendas en una tienda de ropa.

Prendas en una tienda de ropa.Getty Images

El millonario negocio de la moda urbana, en alerta por una nueva obligación de Bruselas

Ya en 2019, el 10 % de todas las ventas de prendas de vestir y calzado a escala global provenían de este mercado

En un contexto donde los anglicismos ganan protagonismo en las conversaciones –y no porque la lengua española sea pobre–, el streetwear se entiende como una tendencia de vestimenta desenfadada hacia las sudaderas oversize y zapatillas de edición limitada que convirtió la calle en pasarela y la identidad en producto.

La consultora PwC reveló que, ya en 2019, el 10 % de todas las ventas de prendas de vestir y calzado a escala global provenían de este mercado. Las estimaciones, por su parte, valoraron el negocio en 185.000 millones de dólares para ese mismo ejercicio. Fortune Business Insights, firma líder en investigación de mercados, sitúa en 371.090 millones de dólares el tamaño alcanzado en 2025 y, en paralelo, apuntan a unas previsiones que superan los 734.000 millones para 2034.

Eme Studios o Scuffers son algunas de las marcas protagonistas de la moda urbana a nivel nacional que han rentabilizado la escasez. Estas han sabido leer y dominar la dinámica de la disponibilidad limitada y transmitir una percepción de exclusividad en base a pequeñas cápsulas de producto; los famosos drops. Bajo su lógica, vestir no es solo cubrirse, sino una forma de expresar quién eres y a qué grupo perteneces. Es en este punto donde se acepta pagar 300 euros por una sudadera de 80 euros porque el valor no se encuentra en la prenda en sí, sino en lo que proyecta. Así, la moda urbana se ha consolidado en una industria millonaria.

Sin embargo, el éxito de hoy no les asegura la cuenta de resultados de mañana –y aún menos si hablamos de una industria que ha crecido más rápido que su capacidad para entenderse a sí misma–. BCome, la startup catalana que busca transformar la industria textil, alerta que el contexto normativo actual tiene muchas papeletas para bloquear el negocio. «El nuevo reglamento europeo (ESPR) es una barrera física que bloqueará stock en aduanas si no hay un Pasaporte Digital de Producto para el que hoy ninguna de estas marcas está preparada», explican sus fundadoras, Alba García y Anna Cañadel.

El Índice de Transparencia de la moda urbana (Streetwear Transparency Index 2026) evidencia que los líderes nacionales suspenden de forma unánime en transparencia. Ninguno de los reyes de la cultura del hype, como Cold Culture o MilfShakes, analizados por la propia plataforma ofrece datos sobre el origen de sus fibras o el impacto real de su producción. Mientras marcas estadounidenses utilizan la transparencia para justificar tickets altos y blindar su margen, el streetwear español está ciego ante su propia cadena de suministro. García advierte de que gran parte del sector sigue operando por intuición, sin integrar datos de sostenibilidad ni de trazabilidad en sus decisiones de diseño y producción.

La sostenibilidad mal entendida y no ejecutada o ignorada es una forma de perder dinero. «Es un error considerar que la transparencia implica un coste adicional, porque precisamente es la herramienta que te permite justificar tu precio. El mercado de la moda está saturado y el consumidor ya no compra solo un logo, busca una inversión», comenta Cañadel. Ante la deriva regulatoria de Bruselas, si una marca quiere sostenerse en el tiempo, la transparencia será cada vez más base de su autoridad y su escalabilidad. «Marcas como Aimé Leon Dore demuestran que se puede subir el ticket medio sin perder clientes ofreciendo trazabilidad en calidad y origen porque la confianza ya está construida», añade la fundadora.

Algunos les consideran jóvenes jugando a ser empresarios al abrigo de una cierta comodidad económica familiar. No obstante, la realidad dibuja un perfil bastante menos frívolo: veinteañeros que han vestido a Madonna, que han capturado la atención de la Gen Z, dominando la conversación en redes y las búsquedas en Google, y que han levantado estructuras empresariales de las que dependen cerca de 200 familias, como en el caso de Nude Project.

Ahora bien, el éxito no está escrito en piedra. Porque operar con cadenas opacas no solo resta eficiencia, sino que introduce riesgos financieros y abre la puerta a crisis reputacionales que, en marcas altamente personalistas, pueden arrastrar tanto al negocio como a quien lo lidera. Porque donde antes bastaba con generar deseo, empieza a exigirse algo bastante menos aspiracional: control.

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