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La ilusión que no engaña: el hombre de espíritu en la economía del siglo XXI

No es necesariamente el más brillante ni el más exitoso, pero es el que no necesita que el mercado le diga quién es ni qué debe desear

La economía moderna, obsesionada con la eficiencia, ha terminado por asumir que el ser humano es esencialmente reactivo

La economía moderna, obsesionada con la eficiencia, ha terminado por asumir que el ser humano es esencialmente reactivoEl Debate / Asistido mediante IA

En economía suele hablarse de incentivos, de expectativas y de racionalidad limitada. Pero hay un elemento que rara vez aparece en los manuales y que, sin embargo, determina más que cualquier variable macroeconómica: la estructura interior del ser humano. No me refiero a la psicología conductual que tanto gusta a los reguladores, es decir, a esa tendencia tecnocrática a tratar al ciudadano como un conjunto de sesgos explotables en lugar de como una persona con libertad interior, criterio propio y dimensión espiritual. Me refiero a algo más profundo: la diferencia entre el individuo que vive movido por impulsos externos y aquel que actúa desde una convicción interior sólida. Dicho de otro modo, entre el hombre masa y el hombre de espíritu.

La economía moderna, obsesionada con la eficiencia, ha terminado por asumir que el ser humano es esencialmente reactivo. Reacciona a precios, a estímulos, a shocks, a señales. Es un consumidor que responde, un votante que responde, un trabajador que responde. Todo se modeliza como respuesta. Y, sin embargo, cualquiera que observe la vida real sabe que las sociedades no se sostienen solo con reacciones: necesitan personas capaces de actuar desde dentro, no desde fuera.

El hombre masa –esa figura tan bien descrita por los clásicos– es perfectamente funcional para el mercado: compra lo que se le ofrece, desea lo que se le sugiere y teme lo que se le advierte. Es dócil, previsible y estadísticamente impecable. Pero es también, y esto ya no se dice tanto, profundamente inestable. Porque quien vive sin un fin interior acaba siendo arrastrado por cualquier fin exterior. Y una sociedad compuesta por individuos sin norte es una sociedad vulnerable a cualquier moda, a cualquier burbuja y a cualquier poder que sepa manejar sus impresiones. Al fin y al cabo, no hay vientos favorables para el que no sabe a dónde va. Y el que no sabe a dónde va es, curiosamente, el que va más lejos… pero solo porque se pasa.

En cambio, existe otro tipo de persona que no encaja tan bien en los modelos, pero que sostiene silenciosamente el edificio económico: el hombre de espíritu. No es necesariamente el más brillante ni el más exitoso, pero es el que no necesita que el mercado le diga quién es ni qué debe desear. Es el que trabaja no solo por un salario, sino por un sentido. El que ahorra no por miedo, sino por responsabilidad. El que emprende no por vanidad, sino por vocación. El que consume con criterio, no con ansiedad. Y, sobre todo, el que entiende que la libertad no consiste en multiplicar opciones, menos aún si son sobre lo mismo; sino en orientar la vida hacia un fin que no se compra ni se vende.

Este hombre de espíritu es, paradójicamente, el más racional de todos. Porque sabe que la economía no es un fin, sino un medio. Que la técnica no es salvación, sino herramienta. Que el progreso no consiste en acumular medios, sino en saber para qué sirven. Y que ninguna sociedad puede sostenerse si reduce la vida humana a una sucesión de estímulos y respuestas.

La tradición espiritual lo ha dicho siempre: el hombre que vive solo de ideales humanos corre el riesgo de absolutizarlos. El que vive de un ideal económico absolutiza el crecimiento; el que vive de un ideal político absolutiza el poder; el que vive de un ideal técnico absolutiza la eficiencia. Pero el hombre de espíritu –el que reconoce un fin superior al que ordena su vida– es el único que puede poner límites a los excesos. Es el único que puede decir «no» cuando todo empuja al «sí». Y en economía, como en la vida, los límites son más importantes que los impulsos.

No es casualidad que las grandes crisis económicas hayan tenido siempre un componente moral. La especulación desmedida, la codicia disfrazada de innovación, la irresponsabilidad colectiva de estructuras que reducen al ser humano a objeto medible, procesable y sustituible, donde nadie se siente responsable de la injustica que produce el conjunto y cada individuo se justifica con que solo cumplía su función. Todo eso no nace de los mercados, sino de las personas. Y solo puede corregirse desde las personas. No desde la regulación, que llega tarde; ni desde la política, que llega torcida; sino desde la interioridad de quienes participan en la vida económica.

Por eso, aunque suene extraño en una sección de economía, conviene recordar que la verdadera estabilidad no la proporcionan los bancos centrales, sino los hombres centrados en la atención a lo Real. Que la verdadera confianza no la generan los mercados, sino las personas confiables. Y que la verdadera riqueza no es la acumulación de bienes, sino la posesión de un fin que dé sentido a los bienes.

El hombre de espíritu sobrenatural -llámese como se quiera en lenguaje laico si es que es posible- es, en definitiva, el único agente económico verdaderamente libre. Libre frente a la publicidad, libre frente a la presión social, libre frente a la volatilidad del deseo. Libre porque no depende del mercado para saber quién es. Y esa libertad interior, que no cotiza en bolsa, es la que permite que todo lo demás funcione.

Quizá la economía del siglo XXI no necesite más algoritmos, sino más hombres de espíritu. Más personas capaces de actuar desde dentro, no desde fuera. Más ciudadanos que sepan que la felicidad no es un producto, que el sentido de la vida no se compra ni se vende y que la dignidad no es un bien transable. Porque, al final, la economía no es otra cosa que la expresión externa de lo que somos por dentro. Y si por dentro estamos vacíos, por fuera no habrá sistema que nos sostenga.

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