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alfonso basallo

Jaque al vino, jaque a la civilización

El alcohol está empezando a ser tratado como el tabaco, con la diferencia de que éste es un hábito de cuatro siglos, mientras que el vino es tan antiguo como la civilización y atesora un inestimable patrimonio cultural

Platón escribió que «la verdad se revela con el vino y los niños»; y los romanos proclamaban in vino veritas. Pero esos asertos chirrían ante el clima healthy del siglo XXI. El vino y la cultura del vino están ahora bajo sospecha. Solo el 54 % de los adultos estadounidenses afirmó consumir alcohol en 2025, según una encuesta de Gallup, el porcentaje más bajo en 90 años. Y el consumo por persona cayó un 3 % en 2024, el mayor desplome desde la era de la Prohibición. Hasta en España cae el consumo del vino, como constata el último informe de Infovi. La generación Z sale, pero apenas bebe. ¿Hábitos culturales, inflación, aranceles, vida sana? Todo influye. La OMS afirma ahora que no existe un nivel seguro de consumo de alcohol.

De todo se lamenta el escritor británico Henry Jeffreys, autor del libro Empire of Booze (El imperio de la bebida: el impacto del alcohol en la cultura inglesa). De todo eso y de la rápida expansión de fármacos para perder peso, como Ozempic, anunciados por «celebridades repentinamente e inverosímilmente delgadas» que prefieren el agua mineral de autor.

La generación Z sale, pero apenas bebe

Esta nueva ley seca representa además una amenaza para el negocio: se ha desplomado el precio de las acciones de Diageo, la mayor empresa de bebidas de Europa por volumen de ventas (propietaria entre otras marcas de Smirnoff y Johnnie Walker); e Irlanda, nada menos, planea poner en las botellas advertencias sanitarias al estilo de las de los cigarrillos.

Como toda ley antivicio, esta cruzada tiene algo de farisea. Ya pasó con el tabaco: las autoridades pretextaban el peligro para la salud de los ciudadanos como si eso les importara —véase la corrupción de las mascarillas, durante la pandemia —. Fumar perjudica la salud, advierten, pero para compensar la caída del consumo, suben los impuestos. No se puede ser más falso. El alcohol ahora empieza a ser tratado como el tabaco, con la diferencia de que éste es un hábito de cuatro siglos, mientras que el vino es tan antiguo como la civilización, e incluso, en palabras del filósofo Roger Scruton «es la civilización». En su libro Drunk: How We Sipped, Danced, and Stumbled Our Way to Civilization (Borrachos: Cómo bebimos, bailamos y tropezamos en nuestro camino hacia la civilización), Edward Slingerland sostiene que la agricultura y las ciudades surgieron para que el hombre pudiera asegurar un suministro regular de bebida, ya fuera vino, cerveza o sidra. Y apunta, no sin ironía, «la llamativa ausencia de super culturas basadas en, por ejemplo, el kimchi (coreano) o el yogur (búlgaro)».

Baco y Velázquez.

Baco y Velázquez.

El propósito del alcohol era conseguir que «un primate egoísta y desconfiado se relajara y conectara con extraños», indica Jeffreys. Las raíces de la civilización occidental son comunes a la vid. Grecia y Roma veneraban como sagrada la uva, con libaciones donde se experimentaba entusiasmo, que etimológicamente significa estar lleno de dios; lo cual provocaba éxtasis, salir de uno mismo. Y el cristianismo hizo del vino «no una medicina sino un sacramento» afirma Chesterton en Herejes. El Antiguo Testamento subraya que beber es bueno, aunque la embriaguez sea mala. Aunque no siempre: durante las celebraciones del Purim, se insta a los judíos a beber tanto que no puedan distinguir entre «maldito sea Amán» y «bendito sea Mardoqueo». Y el primer milagro de Jesucristo fue convertir el agua en vino, y no un vino cualquiera sino el caldo más rico jamás catado.

El cristianismo hizo del vino «no una medicina, sino un sacramento», afirma Chesterton en Herejes

El fruto de la vid (o de la cebada) ha empapado buena parte de la literatura occidental, estimulando la creatividad y, sí, causando estragos en grandes bebedores como Scott Fitzgerald, Chandler o Rimbaud. Pero eso está cambiando. Como dijo el escritor Roger Lewis: «Desde que el agua con gas apareció y fueron eliminadas las comidas de editores regadas con alcohol, no ha habido ninguna mejora real en la literatura inglesa».

Y en la vida cotidiana, la visita a la taberna tras la jornada de trabajo era un ritual que servía de «eterno rompehielos». Algo que los zoomers vendidos al colaboracionismo de Vichy nunca podrán comprender. Aquellos ruidosos rituales —beber reunidos— «mantenían el aburrimiento a raya y hacían la realidad soportable». Ahora, el smartphone te mantiene hipnotizado desde que te levantas hasta que te acuestas. Sobre esto, Jeffreys lanza una pulla contra el sistema: «Da la sensación de que los gobiernos preferirían tener a sus ciudadanos como consumidores pasivos en vez de que se quejen en bares y pubs, focos de sedición desde los cafés de la Restauración hasta el movimiento sindical. Existe una sospecha hacia los pubs como lugares con retórica antisistema» Y constata la pandemia de soledad: «Cada vez más, la gente bebe sola, la forma más peligrosa de hacerlo».

Más soledad, menos lazos, menos hijos. «Las tasas de natalidad en todo el mundo occidental han caído en picado», y algo habrá tenido que ver el abstencionismo, sospecha Jeffreys. El alcohol siempre ha sido, entre otras cosas, un estímulo para las relaciones entre hombres y mujeres, como sabemos desde Sansón y Dalila o desde el Cantar de los Cantares, cuando la Esposa dice: «Rodeadme de vasos de vino; cercadme de manzanas, que enferma estoy de amor». O expuesto, con menos lirismo, por Jeffreys, «un lubricante social para la reproducción, reduciendo inhibiciones, haciendo que el aterrador asunto de la intimidad, al menos para los ingleses, sea más manejable». Es significativo que «a medida que el consumo de alcohol disminuye, el consumo de pornografía se dispara».

Taberna Teniers.

Escena de taberna, de David Teniers.

¿Qué va a pasar si el vino se declara anatema y se cancelan las espirituosas? «Tendremos un mundo más seguro, pero más aburrido: las copas después del trabajo, sustituidas por reuniones en Google», teme Jeffreys. Necesitamos salir de casa e ir a los pubs y los bares para cantar, conspirar e incluso ligar. Y para salvar a nuestra civilización, que no sería la misma sin el descorchar de botellas y al entrechocar de las copas.

Alfonso Basallo es doctor en Comunicación, periodista y escritor.

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