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LA EDUCACIÓN EN LA ENCRUCIJADALuis E. Íñigo

La nación a cualquier precio

Los nacionalistas anteponen la obsesiva construcción de su nación al bienestar efectivo de los individuos que, presuntamente, la integran, y sacrifican sin rubor sus intereses en al altar de sus prejuicios delirantes

Hace unos meses saltó la noticia: el Gobierno de Vitoria había adoptado la decisión de que los centros de la CAV dejaran de participar en las evaluaciones educativas internacionales. Muchos, como suele pasar, se sorprendieron. Para ellos, el País Vasco encarnaba aún la excelencia educativa, a años luz de las atrasadas regiones del sur de España, cuyos estudiantes, en su imaginario supremacista, heredado de aquel orate decimonónico de cuyos prejuicios nunca se habían desprendido del todo, preferían la jarana al esfuerzo, virtud característica del pueblo elegido. ¿Por qué no dejar que esa superioridad brillase en todo su esplendor midiéndola sin cesar?

Pues porque hacía mucho que los resultados no avalaban los prejuicios. Desde 2016, las marcas de los alumnos vascos en las pruebas internacionales no habían hecho más que empeorar, y, lo que es más elocuente, lo habían hecho más que en el conjunto de la OCDE y en España, incluso en comparación con las obtenidas por regiones tradicionalmente rezagadas en sus resultados educativos, como Andalucía y Extremadura.

No muy distinto es lo sucedido en Cataluña. Los resultados de las pruebas PISA 2022 fueron allí los peores de la historia en las tres competencias evaluadas (lectura, ciencias y matemáticas). Sus alumnos habían perdido el equivalente a un curso en matemáticas y casi dos en comprensión lectora en una década, un desempeño mucho peor que el de la mayoría de las Comunidades Autónomas. En el informe TIMSS 2023, que evalúa las competencias matemáticas de los alumnos de 4º de primaria en 59 países, Cataluña quedó también por debajo de la media española. Y PIRLS 2021, realizado en 57 países del mundo, revela una caída drástica en la comprensión lectora de los alumnos del Principado.

No hace falta ser muy listo para saber a qué se debe todo esto. Los nacionalistas anteponen la obsesiva construcción de su nación al bienestar efectivo de los individuos que, presuntamente, la integran, y sacrifican sin rubor sus intereses en al altar de sus prejuicios delirantes. En pocas palabras, prefieren que sus hijos sean más vascos o más catalanes que más sabios, más libres y más prósperos. Y por ello les obligan a seguir la educación básica en una lengua que no es la suya, aun a sabiendas de que, como machaconamente demuestran las estadísticas, el fracaso escolar se concentra en los alumnos castellanoparlantes. Como estos constituyen la inmensa mayoría, sus malos resultados lastran los del conjunto.

Según la última encuesta sobre usos lingüísticos de la Generalitat, publicada hace menos de un año, solo el 29 % de los mayores de 15 años tiene el catalán como lengua inicial, mientras el 49,2 % tiene el castellano. Sin embargo, no es posible estudiar en castellano en Cataluña, en cuyos centros solo el catalán funciona como lengua vehicular, y como el castellano es la lengua materna de la mayoría de los alumnos de extracción social más humilde, actúa como agravante de su peor situación de partida.

La situación es aún más discriminatoria en el País Vasco. El 71 % del alumnado sigue el Modelo D, en el que la enseñanza se realiza únicamente en euskera, con castellano como asignatura, frente a un 16,4 % que está escolarizado en el Modelo B, que usa ambas lenguas, y un porcentaje cada vez menor que sigue el Modelo A, con una enseñanza íntegramente en castellano y el euskera como asignatura. Sin embargo, menos del 20 % de los vascos tienen el euskera como lengua materna única, lo que quiere decir que la gran mayoría de la población se ve obligada a estudiar en una lengua que no es la suya, y una lengua de enorme dificultad, además. ¿Cómo no va a tener este hecho impacto alguno sobre los resultados educativos? Por supuesto, lo tiene. Un informe reciente del Instituto Vasco de Evaluación e Investigación así lo ratifica. El Modelo D no produce alumnos bilingües en euskera y castellano, sino que incrementa de forma alarmante el número de alumnos que no son competentes en ninguna de las dos lenguas. Y ello pese a que el gasto por alumno es en el País Vasco un 60 % más elevado que en el resto de España.

La razón subyacente es palmaria: la lengua no se contempla en las aulas vascas y catalanas desde una perspectiva pedagógica, sino política; no es una herramienta de progreso individual, sino un arma de manipulación social. No se usa para formar ciudadanos libres, los que necesita para sobrevivir una sociedad democrática, sino soldados disciplinados en la cruzada interminable contra el enemigo español en la que se encuentran embarcados los dirigentes nacionalistas vascos y catalanes. La ecuación es simple: si estudias en catalán, te sentirás catalán; si estudias español, te sentirás español. Y lo mismo cabe decir respecto al euskera.

Sin embargo, la realidad es testaruda. Una imposición tan artificial y asfixiante no puede, sino, producir efectos contraproducentes. Cada vez más catalanes entienden el catalán, pero cada vez menos lo usan de forma habitual, en especial los jóvenes. Solo el 25,1 % de los jóvenes de entre 15 y 34 años tiene el catalán como lengua habitual (en 2007, eran el 43,1 %) y un 14,1 % de jóvenes de lengua materna catalana han hecho del castellano su lengua de uso habitual. En cuanto al País Vasco, el uso del euskera en la calle se sitúa en torno al 12 %, un punto menos que hace 20 años, todo un éxito después de medio siglo de asfixiantes políticas de normalización.

En pocas palabras, si se me permite el vulgarismo, los nacionalistas están haciendo un pan como unas tortas: gastan dinero a espuertas; aumentan la probabilidad de fracaso escolar de los más humildes; ven deteriorarse el nivel educativo de su alumnado… y ni aun así consiguen que el uso social de las lenguas que consideran propias se incremente un ápice. Sinceramente, señores, creo que, por usar una expresión catalana, s'ho haurien de fer mirar. Eso sí, no olviden escoger un médico especialista en salud democrática.

Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación

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