10 de agosto de 2022

Casado cierra la campaña convencido de que Mañueco gobernará frente a las 'fake news'

Alfonso Fernández Mañueco, con Pablo Casado en el mitin de cierre de campañaEFE

La crónica política

El PP no contempla repetir las elecciones: asume que deberá negociar con Vox

Este domingo, los electores de Castilla y León dictarán sentencia sobre un adelanto electoral que ha puesto a la comunidad en el foco nacional por primera vez. Es mucho lo que se juegan todos

Nunca Castilla y León se ha visto en otra. Nunca una comunidad que habitualmente solo sale en la prensa nacional en Semana Santa con sus procesiones, o cuando ocurre una desgracia –a poder ser suceso truculento–, había concitado tanto interés como en estas semanas. Sobre todo, de la clase política. Desde Pablo Casado a Pedro Sánchez, pasando por Santiago Abascal, Inés Arrimadas y Podemos –que no Yolanda Díaz–.
En Castilla y León saben mucho de carreteras nacionales. Ahí están la N-122 y la N-601. Generaciones enteras han crecido –hemos crecido– escuchando reivindicar su desdoblamiento completo. Y las promesas incumplidas de los distintos gobiernos, siempre con otras prioridades. Siempre con otras bocas que alimentar.
En el resto de España se preguntan cómo es posible que Soria ¡YA! esté peleando por convertirse en la primera fuerza política de la provincia. Valga un poco de historia para ayudar a entenderlo: Soria ¡YA! lleva dos décadas clamando en el desierto por la conversión íntegra en autovía de la N-122. Hace 17 años organizó la primera caravana lenta hacia Valladolid. Son esa y otras demandas desatendidas durante lustros las que han hinchado las expectativas electorales de esa España vaciada que habrá que ver en cuántos escaños se traducen.

Una comunidad que no se siente tal

Lo que no imaginaban los castellanos y leoneses es que un 13 de febrero la carretera nacional de la política iba a pasar por mitad de su extenso territorio. El de una región con una enfermedad de difícil cura que, de hecho, va camino de cronificarse: no hay un gran sentimiento de pertenencia a la comunidad, no hay una identidad regional sino más bien provincial. O comarcal en algunos casos.
Y eso también se ha notado en esta campaña. Santiago Abascal llegó a León y se metió a la gente en el bolsillo cuando afirmó que León no es Valladolid, ni tampoco Castilla. Lo cual es una obviedad. La pugna entre ambas capitales es un clásico de la política regional. Como lo es la reivindicación de la «Región Leonesa», que probablemente lo será más en la legislatura venidera, puesto que Unión del Pueblo Leonés está en disposición de pasar de un procurador a dos o incluso tres.
Santiago Abascal con la bandera de León

Santiago Abascal con la bandera de LeónEFE

La última mecha prendió en diciembre de 2019, cuando el pleno del Ayuntamiento de León, gobernado por el PSOE, aprobó una moción para pedir la autonomía para la «Región Leonesa» (León, Zamora y Salamanca, según los firmantes). Otros ayuntamientos de la provincia siguieron su estela, ante la inacción del PSOE de Castilla y León y del PSOE nacional.
La ambigüedad del PSOE respecto al problema leonés alcanzó su punto álgido, no obstante, cuando José Luis Rodríguez Zapatero era su secretario general. Siendo vallisoletano de nacimiento, pero leonés de sentimiento, gestionar eso le costó más de un disgusto en su partido.
Y llegamos al hoy y al ahora después de 35 años de gobiernos del PP. Aunque los populares perdieron las elecciones de 2019 ante el PSOE de Luis Tudanca porque el voto de centro derecha se fragmentó entre el PP y Ciudadanos, la sangre para ellos no llegó al río y pudieron retener la Junta. Sin el dominio con el que gobernaron Juan Vicente Herrera y Juan José Lucas, pero al menos no se fueron a la oposición.
¿Puede repetir gesta Tudanca? Imposible no es, pero sí improbable. Salvo que la participación se hunda porque el PP no haya conseguido movilizar a esos en torno a 84.000 de sus votantes que dudan. Después de unos días de miedo escénico y no pocas dudas, los populares siguen confiando en que sumarán mayoría absoluta con Vox.
Lo contrario sería quedar por debajo de los 30 escaños, y no contemplan tan hecatombe. Otra cosa es que Fernández Mañueco por sí solo supere en escaños a la izquierda como hizo Isabel Díaz Ayuso. Eso está menos claro.
Así pues, el escenario más probable –en función de todas las encuestas menos el CIS– es que el PP sea el partido más votado y necesite a Vox de una o otra forma. Muy obvio, y aún así algunos en el PPCyL se llevaron las manos a la cabeza cuando el martes Isabel Díaz Ayuso afirmó en Valladolid que prefiere pactar con el partido de José Antonio Ortega Lara, en alusión a Vox, que con quienes pactan con sus secuestradores.
Fernández Mañueco y Ayuso este martes en Valladolid

Fernández Mañueco y Ayuso este martes en ValladolidEfe

Los planes de Alfonso Fernández Mañueco pasan por gobernar en solitario si los resultados confirman su victoria más o menos desahogada. Lo ha reiterado hasta la saciedad. La prioridad de Vox tampoco es entrar en la Junta de Castilla y León, como ha venido contando El Debate. «Tenemos las mismas ganas de gobernar con ellos que las que tienen ellos de gobernar con nosotros», resumen desde la dirección. También pesa la proximidad de las elecciones en Andalucía, que todavía no están convocadas.
Ahora bien. Las negociaciones para la investidura –siempre que el PP y Vox sumen– se prevén duras. Los de Abascal se plantean, incluso, hacer firmar a Fernández Mañueco los acuerdos ante notario, o una fórmula similar, dicen. No se fían.

El «farol»

Durante la campaña, los populares empezaron a difundir por algunos canales que, llegado el caso, están dispuestos a repetir las elecciones si Vox se pone gallo. Sin embargo, es un farol, mera estrategia.
Tanto desde la dirección nacional del PP como desde la del PPCyL señalan a El Debate que no tienen la más mínima intención de repetir las elecciones. Ya van a jugar a la ruleta una vez rompiendo su coalición con Cs y adelantando 15 meses los comicios; dos sería probablemente suicida.
El Estatuto de Autonomía de Castilla y León, del año 2007, establece que las Cortes elegirán al presidente por mayoría absoluta en primera votación o por mayoría simple en la segunda. Ahora bien, añade que: «Si transcurrido el plazo de dos meses a partir de la primera votación de investidura ningún candidato hubiera obtenido la confianza de las Cortes de Castilla y León, éstas quedarán automáticamente disueltas y se procederá a la convocatoria de nuevas elecciones». Y es ahí donde no quiere llegar nadie.
Algunas incógnitas quedarán resultas este domingo, al final del recuento. Otras tardarán más. Y el interés por Castilla y León irá disipándose.
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