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Sánchez se vale de la guerra para anestesiar la legislatura hasta después del verano

El presidente se ha convertido en un maestro en hacer a España perder tiempo para ganarlo él. De oca a oca y tirará hasta septiembre a base de unos cuantos decretos anticrisis y parches

Madrid

Pedro Sánchez, durante su comparecencia del viernes en la Moncloa

Pedro Sánchez, durante su comparecencia del viernes en la MoncloaFernando Calvo/ Moncloa

Resulta irónico que el Gobierno de Pedro Sánchez sea el primero en contar con una Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia, dedicada a proyectar con las luces largas —se supone—, cuando, en realidad, el presidente no tiene un plan más allá de resistir. O si lo tiene, lo disimula muy bien. Y resulta no menos irónico que el primer director de aquella oficina creada en 2020 fuera el hoy jefe de Gabinete de Sánchez, Diego Rubio.

El presidente se ha convertido en un maestro en hacer a España perder tiempo para ganarlo él. Para estirar una legislatura que ni ha tenido, ni tiene, ni tendrá nunca Presupuestos (aunque siga intentando mantener en pie la gran farsa). Como tampoco mayoría parlamentaria. Y que tiene un Gobierno que gobierna a salto de mata, con decretos ómnibus, dinero europeo, chantajes a sus socios y abominando del principal partido de la oposición, que es también el partido mayoritario del Parlamento.

En junio, cuando estalló el caso Cerdán, el presidente se dedicó a apretar los dientes, aguantar y dejar pasar el verano, a la espera de un otoño mejor. Llegó el otoño, Junts anunció el bloqueo de la legislatura, José Luis Ábalos ingresó en prisión provisional (allí seguirá hasta el inicio del juicio de las mascarillas, en abril), el Congreso tumbó dos veces la senda de estabilidad del Gobierno… y, de nuevo, el presidente se dedicó a apretar los dientes, aguantar y dejar correr las semanas del calendario hasta febrero. La actividad parlamentaria quedó reducida al mínimo, y el Ejecutivo funcionando al ralentí. Incluso así, la Cámara Baja le tumbó tres reales decretos leyes en un mes (el escudo social dos veces, y un tercero para topar el precio de los servicios básicos en situaciones de emergencia como la de Adamuz), en un inicio de año catastrófico.

Pero hete aquí que se ha cruzado la crisis derivada de la guerra de Irán. O, como les gusta decir a los socialistas: la guerra de Trump y Netanyahu. Si alguien se mueve bien en el terreno de la incertidumbre, la zozobra y los imprevistos, es Sánchez. Es, de hecho, su especialidad, porque siempre encuentra alguna ventana de oportunidad que pueda abrir para escapar. «Nadie preveía esta guerra en Irán. Nadie la preveía. Yo, desde luego, no la preveía. ¿Usted la preveía? Seguro que no», le respondió el jueves a un periodista que le preguntó en Bruselas por el nuevo retraso en la aprobación de los Presupuestos, utilizando como pretexto la guerra. Cuando él mismo había prometido que de marzo no pasaba. De hecho, el presidente vino a decir que cómo podía la prensa estar pensando en esa frivolidad de los Presupuestos cuando ahora el Gobierno está «en lo importante y en lo urgente, que es proteger desde una posición de cumplimiento estricto de la legalidad internacional frente a una guerra que no avalamos, proteger a nuestros ciudadanos», añadió. Un día después lo reiteró en su rueda de prensa en la Moncloa.

Pedro Sánchez, el viernes en la Moncloa

Pedro Sánchez, el viernes en la MoncloaEFE

Olvídense también del segundo trimestre de 2026. Denlo por perdido. De nuevo, el plan de Sánchez, valiéndose de la guerra, pasa por anestesiar la legislatura durante unos meses más: dejará pasar el tiempo para plantarse en verano a base de unos cuantos decretos anticrisis, parches y más parches. De oca a oca, tirará hasta septiembre. El presidente sabe muy bien, y así lo ha venido contando El Debate, que no habrá legislatura hasta que Carlos Puigdemont pueda volver a España sin ser detenido. Porque Puigdemont está ya que se sube por las paredes. Y porque en Junts interpretan que están perdiendo votos debido a que su líder no está en Cataluña de cuerpo presente. Todo lo demás es un enorme decorado.

El Tribunal Constitucional tiene que pronunciarse sobre los siete recursos de amparo presentados, entre otros, por Puigdemont y Oriol Junqueras en contra de la decisión del Tribunal Supremo de no aplicar la ley de amnistía al delito de malversación. Ése será el billete de vuelta a España de Puigdemont, cortesía de Cándido Conde-Pumpido. Sin embargo, el TC no lo hará hasta que el Tribunal de Justicia de la UE resuelva las cuestiones prejudiciales, y la última previsión es hacia junio. Si no hay más retrasos.

Todo queda para el segundo semestre de 2026, aunque sería más correcto decir que directamente para el próximo curso: el regreso de Puigdemont, Sánchez comprometiéndose a aprobar unos Presupuestos de 2027 que nunca llegarán, el acuerdo de Salvador Illa con ERC para aprobar sus primeras cuentas… pero entonces no habrá legislatura que desbloquear. Porque la legislatura habrá entrado en su tiempo de descuento, en los meses previos a las elecciones municipales, autonómicas y generales, y cada partido estará ensimismado en sus estrategias: Sumar, en no desaparecer engullido por Moby Dick; Bildu y el PNV, en la pelea por ser primera fuerza en el País Vasco; Podemos, en que no parezca lo que es, que su única preocupación es colocar a Irene Montero como candidata y vengarse; Junts, en seguir rompiendo platos, pero que sea otro el que rompa la vajilla; ERC, en no ser reducida a la izquierda catalana inútil; y el BNG, en afianzar su condición de alternativa al PP gallego, por delante de los socialistas.

El informe España 2050: fundamentos y propuestas para una estrategia nacional de largo plazo que publicó la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia en mayo de 2021 empezaba con una cita de Séneca: «Ningún viento será bueno para quien no sabe a qué puerto se encamina». Pues eso.

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