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La Guardia Civil persigue a una narcolancha

La Guardia Civil persigue a una narcolanchaGuardia Civil

Viaje al corazón de la lucha contra el narcotráfico (IV)

La persecución imposible: el desafío de frenar unas narcolanchas que alcanzan 120 kilómetros por hora

Las mafias han convertido sus embarcaciones en auténticos proyectiles sobre el mar. Los agentes reconocen que el gran reto ya no es alcanzarlos, sino encontrar una forma de detenerlos

En el mar, la distancia entre perseguir y detener puede ser de apenas unos metros. Una narcolancha navega a toda velocidad frente a la costa andaluza; por detrás, una patrullera del Servicio Marítimo trata de alcanzarla. Ambas superan los 100 kilómetros por hora. La velocidad, el oleaje, la oscuridad y cualquier giro son los ingredientes perfectos para convertir la intervención en un accidente fatal.

Esa es la gran paradoja de la lucha contra el narcotráfico en Andalucía, pues si bien durante años los agentes reclamaron embarcaciones capaces de competir con las de los narcotraficantes, ahora, con nuevos medios que les permiten alcanzar velocidades cercanas a los 60 nudos –unos 120 kilómetros por hora–, el problema ha cambiado. Ya no es alcanzarlos, sino resolver la ecuación de cómo frenarlos.

Esta reflexión es de Agustín Domínguez, portavoz de Jucil (Asociación Profesional de Justicia para la Guardia Civil) y un profesional que lleva años y años denunciando las dificultades a las que se enfrentan los agentes en el litoral andaluz. Desde la playa de Chiclana, señala una embarcación de recreo fondeada en la costa y utiliza su tamaño para explicar el problema al que se enfrentan. Hoy en día, las narcolanchas pueden alcanzar los 14 metros de eslora, con varios motores de gran potencia y capacidad para transportar toneladas de droga o cientos de garrafas de combustible destinadas a abastecer otras embarcaciones.

«Esto es muy peligroso, tanto para los compañeros como para los propios narcos. Muchas de las actuaciones terminan en catástrofe por la velocidad y el riesgo que se asume», detalla Agustín, pocos días después de que dos guardias civiles, Germán y Jerónimo, murieran durante una persecución a una narcolancha. Dos años antes, en Barbate, otros dos agentes murieron, arrollados por una narcolancha.

Él, personalmente, también recuerda un episodio similar, ocurrido en la zona de Bonanza, en Sanlúcar de Barrameda. Durante una intervención, una de las embarcaciones de los narcotraficantes realizó una maniobra contraria a la que marca el reglamento marítimo para evitar una colisión y terminó introduciéndose bajo la patrullera, provocando la muerte de uno de sus ocupantes. «Era un chaval con poco más de veinte años. Sus propios compañeros lo dejaron en la embarcación y murió en manos de los agentes del Servicio Marítimo. Eso es lo que hay que evitar. No solo la muerte de los agentes, sino también la de jóvenes que terminan metidos en este mundo», afirma.

Uno de los argumentos que esgrimen los representantes de los agentes es que las narcolanchas operan completamente al margen de cualquier normativa marítima, sin matrícula, sin folio de identificación y sin bandera. «Suena muy peliculero decirlo, pero una embarcación sin folio y sin bandera es una embarcación pirata», explica Agustín. «No puedes permitir que una embarcación de estas características entre en tu país cargada para actividades ilícitas y no tener capacidad para detenerla».

Otro gran problema que denuncian los agentes es el destino de las embarcaciones intervenidas a las organizaciones criminales, ya que muchas de ellas cuentan con una potencia y unas características técnicas similares a las utilizadas por las propias mafias para escapar de las persecuciones. Sin embargo, los trámites judiciales, administrativos y los problemas de mantenimiento hacen que en numerosos casos estas embarcaciones permanezcan durante años inmovilizadas hasta quedar inservibles.

La paradoja es evidente, ya que el mismo medio que durante una noche sirvió para introducir droga en las costas españolas podría, tras su incautación, acabar persiguiendo a otras embarcaciones similares. Sin embargo, la burocracia y la falta de un procedimiento ágil impiden en muchas ocasiones esa reutilización. Y, mientras tanto, el narcotraficante sigue ganando.

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