Una madre con su bebé en brazos
«No lo cojas tanto que se acostumbra»: ¿mito o realidad?
Los estudios lo avalan y la comunidad pediátrica y de expertos en crianza está de acuerdo en que el piel con piel tiene más beneficios que perjuicios
Los bebés lloran. Lo hacen cuando tienen hambre, cuando les duele algo, cuando quieren que les cambien el pañal. Ante esas lágrimas la respuesta natural de sus padres es cogerle en brazos. Quién no ha escuchado alguna vez la clásica frase: «No lo cojas tanto que se acostumbra»; basada en el argumento de que al final el niño llorará exclusivamente con la intención de que les abracen, sin que le pase nada en realidad.
Esta teoría tan difundida ha sido desmentida por varios estudios. En los años 60, el psicólogo Harry Harlow experimentó con monos en el que separaba a las crías de sus madres con el fin de observar cómo manifestaban la necesidad de apego. Se les ofreció a las crías un sustituto: un peluche (un objeto más relacionado con el afecto) o comida (una estructura de hierro con un biberón). Las crías prefirieron la primera opción antes que la comida.
En el marco de la teoría del apego, y después de observar los resultados de otras investigaciones parecidas y compararlas con los suyos, llevó al equipo de Harlow a demostrar la importancia del apego en bebés, no solo por lo que pueda aportar al desarrollo, sino también porque los efectos de la privación materna se notan durante la vida adulta.
En un estudio bastante posterior, este de 2017, científicos canadienses analizaron el ADN de niños que habían recibido mucho y poco contacto piel con piel tras su nacimiento. Una de sus conclusiones más destacadas fue que aquellos que no habían pasado tanto tiempo con sus progenitores tenían un peor sistema inmune y metabólico que los que sí.
Los estudios lo avalan y la comunidad pediátrica y de expertos en crianza está de acuerdo en que el apego tiene más beneficios que perjuicios. «No hace falta acostumbrarlos a vivir sin cogerlos en brazos», afirman desde la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria.
Los brazos (y los abrazos) son un lugar seguro para los bebés. Aportan calma e incluso algunos estudios han demostrado que en los más pequeños ayuda a reducir el dolor físico. El contacto piel con piel retrasa la liberación de cortisol y favorece la producción de oxitocina, razón por la que un bebé deja de llorar cuando sus padres lo acurrucan sobre su pecho.
«Al crecer no querrá estar en brazos», apuntan los pediatras. Al mismo tiempo, ahondan en que los niños con apegos seguros son más activos y exploradores. Este vínculo con sus cuidadores primarios, sus padres, se va afianzando cada vez que responden a las necesidades del bebé.