Mario Conde y su pareja María José Castellví
Quiénes son los amigos de Mario Conde y María José Castellví en Mallorca
Sonrientes y perfectamente integrados en el círculo social que los rodea, la pareja protagonizó una cita de verano entre amigos
Hay reuniones que, más allá de lo anecdótico, reflejan el espíritu de un tiempo y de un círculo. Ocurrió este fin de semana en Mallorca, en casa de la empresaria de moda Maite Arias y su marido Sergio San Juan, anfitriones tan refinados como generosos, cuya terraza abierta al mar fue escenario de uno de esos almuerzos que combinan la intimidad de la amistad duradera con el aire ceremonial de ciertos hitos sociales.
A la mesa —creada con mimo y gusto exquisito— se sentaron nombres habituales de la vida cultural y aristocrática de nuestro país: Mayte Spínola, mecenas incansable y pintora prolífica; su hermana Mamen; la condesa del Asalto, Teresa Morenés, separada del ganadero fallecido Juan Pedro Domecq, y figura clave en la historia reciente de la nobleza española; Coqui Font, Sonia Valenzuela, Angels Mercer, entre otras mujeres de biografía vibrante. También estaban Edu, Sergio, y por supuesto, Mario Conde, cuya presencia nunca pasa inadvertida.
Pero esta vez no era solo el exbanquero quien acaparaba las miradas, sino el hecho de que llegaba acompañado de María José Castellví, su actual pareja, en lo que muchos interpretaron como una presentación en sociedad ante su círculo más cercano. Un almuerzo entre amigos, sí, pero también un gesto elocuente: dejar claro que la relación va en serio.
Conde y un grupo de amigos
Ella, empresaria del sector inmobiliario y turístico, viuda y madre de dos hijos, pertenece a una de las familias más antiguas de Cataluña, con un apellido ligado a históricos señoríos catalanes y valencianos. A sus 53 años, irradia ese equilibrio tan poco frecuente entre la elegancia natural y la firmeza discreta, cualidades que no pasan desapercibidas en ningún entorno.
Conde, por su parte, atraviesa una etapa vital distinta, más reposada pero no menos interesante. Tras su anterior relación con la pintora Adriana Torres Silva, que hoy permanece como amistad sólida, y temporadas en Edimburgo entregado a la contemplación de la historia y la cultura, vuelve a estar en el centro de la escena, esta vez de la mano de Castellví.
Cita con amigos de Mario Conde en Mallorca
Las imágenes del encuentro captan con nitidez esa armonía: él viste un pantalón claro y camisa azul marino, impecable como siempre, mientras que ella deslumbra con un vestido azul cielo troquelado, entallado con un cinturón que acentúa su silueta. En las fotos, aparece radiante, sonriente, y en una de ellas él la rodea con un brazo, en un gesto cálido y natural, que sugiere cercanía y afecto. No es solo una aparición social: es una pareja feliz, integrada, sin estridencias ni necesidad de demostrar nada.
Esteban Mercer, cronista invitado, lo dijo con precisión: «Aparecieron juntos como si el mundo fuese solo suyo, y por unas horas, lo fue». La impresión fue unánime: forman una pareja bien avenida, que se mueve con soltura en los códigos del poder, la discreción y la inteligencia social. Ambos comparten no solo una afinidad evidente, sino también la experiencia de haber transitado situaciones complejas con entereza. Como señaló Mercer, «han llegado juntos a un punto de felicidad que no se puede disimular. Felicidad que cruje». El almuerzo fue breve en número, pero amplio en calidez. Asistieron amigos procedentes de Mallorca, Madrid y Andalucía, unidos por el afecto y el respeto mutuo. No se trató de un gran acto social, sino de algo mucho más significativo: un reconocimiento tácito, casi ceremonial, del lugar que esta nueva relación ocupa ya en el tejido de afectos compartidos.
Un flechazo en Sevilla
Fue el pasado febrero, en Cantillana, muy cerca de Los Carrizos, la finca sevillana de la familia Conde. Allí, con motivo de un evento taurino en honor a Juanillo Bohórquez, se reunió buena parte del círculo social más estrecho de Mario. Entre ellos, Enrique Coca y el duque de Terranova, quien —como quien no quiere la cosa— pidió al exbanquero alojar a tres invitadas. Una de ellas era María José de Castellví, en Sevilla por asuntos profesionales, aunque —como suele pasar— el destino tenía otros planes. Tras la cena, entre guitarras y palmas, empezaron los gestos de complicidad que no pasaron desapercibidos. Y al día siguiente, en pleno 14 de febrero, ya nadie dudaba: el flechazo había sido certero. No hace falta llevar décadas para saber que algo funciona. A veces, basta una buena conversación, una noche con duende... y una mirada que lo confirma todo.