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Norman Foster en una de sus publicaciones en redes sociales

Norman Foster en una de sus publicaciones en redes sociales

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Así fue el hogar en el que creció Norman Foster: «No había ni libros ni arte»

«Vivíamos en una casa pequeña, nunca tuvimos coche; crecí en un vacío»

La historia de Hollywood nos ha enseñado que las grandes trayectorias no siempre siguen una línea recta. Hay vidas que, lejos de acomodarse en una situación predecible, se convierten en auténticos relatos de superación capaces de romper cualquier molde establecido. Entre estos encontramos sin duda, el caso del prestigioso arquitecto Sir Norman Foster.

Lo cierto es que hoy en día cualquiera que contemple sus imponentes e icónicos diseños, desde el viaducto de Millau hasta los rascacielos más vanguardistas del planeta, podría caer en el error de pensar que el británico creció rodeado de estímulos artísticos y comodidades. Nada más lejos de la realidad. El propio Foster recordaba hace poco sus orígenes con una confesión tan directa como demoledora sobre su infancia y sus padres: «Vivíamos en una casa pequeña, nunca tuvimos coche; crecí en un vacío, no había libros ni arte».

Palacete de Norman Foster

Palacete de Norman Foster

Ese 'vacío' del que habla, lejos de convertirse en un lastre o en un motivo de lamento, terminó siendo el motor de una curiosidad insaciable. A falta de una biblioteca en casa o de visitas a grandes museos, el joven Foster aprendió a mirar hacia fuera. El entorno urbano de Mánchester, el ir y venir de los trenes y la propia necesidad de desplazarse a pie ante la falta de un vehículo familiar se convirtieron en su verdadera escuela de ingeniería.

Lo que es innegable es que resulta fascinante ver cómo la falta de recursos se tradujo, con los años, en una de sus mayores virtudes profesionales: la economía de medios y la obsesión por la eficiencia. Quien se cría entendiendo el valor real de cada metro cuadrado desarrolla una sensibilidad especial para optimizar el espacio. Su minimalismo y el rigor técnico de sus obras de arte modernas no nacieron de una escuela de élite, sino de la pura necesidad de hacer mucho con muy poco durante sus primeros años de vida.

La trayectoria de Norman Foster nos sirve de ilustración y recuerdo de que la realidad, en manos de la constancia y el talento, siempre es el guion más apasionante de todos. Al final, su historia no es solo la de un hombre que aprendió a construir rascacielos, sino la de un niño que superó todos los obstáculos para lograr forjarse un nombre tan personal como indiscutible.

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