27 de noviembre de 2021

El virrey Canning se reúne con el maharajá Ranbir Singh de Jammu y Cachemira, 9 de marzo de 1860, de William Simpson

El virrey Canning se reúne con el maharajá Ranbir Singh de Jammu y Cachemira, 9 de marzo de 1860, de William Simpson

Picotazos de historia

Cuando en la India vivían con ocho criados

Cada uno desempeñaba únicamente la labor para la que había sido contratado pues era considerado un gran insulto intervenir en el oficio de otros
La India de los siglos XVIII y XIX suponía la gran esperanza de alcanzar la fortuna para los ingleses. «El país del árbol de las pagodas» lo llamaban, y se referían a unas monedas de oro de gran tamaño acuñadas por los emperadores mogoles de esas tierras, no a la arquitectura, y estaban decididos a sacudir el árbol hasta que no quedara una sola. Desde el primer momento les llamó la atención la cantidad de gente que se reunía alrededor de un individuo para servirle, en la India era exagerado. Parte era debido a que muchas personas eran contratadas, con un sueldo ínfimo, para llevar acabo una y sólo una acción, por lo que se formaban enjambres alrededor del contratante. El rígido sistema de castas imponía que ciertas actividades estuvieran reservadas o prohibidas para según cual de ellas. Otro punto era que no podían tocar nada que hubiera pertenecido a ciertas castas, así las herramientas del jardinero –cocinero o lo que fuera– las ponía él o se compraban nuevas. De esta manera cualquier acción, por nimia que fuera, se complicaba enormemente. Se carecía en absoluto de cualquier intimidad, ya que siempre había alguien presente para lo que necesitases y nada se te permitía, ni siquiera recoger un pañuelo del suelo, pues hubiera sido privar de ejercer sus funciones a alguien que está allí para eso. Las mujeres, que no tenían la posibilidad de la actividad física y más circunscritas al ámbito domestico, caían en un estado de melancólica depresión, serena angustia frente a la vida, que se denominó «spleen».
El más joven y humilde de los tenientes podría encontrarse rodeado de una tribu de sirvientes, cuyas familias, además, vivían próximos a su bungaló. 
El doctor Gilbert Bethune Hadow fue un médico militar que estuvo en el sitio de Lucknow durante el Motín de los Cipayos y que dejó una interesante correspondencia y diarios. Nada más llegar y siendo un simple médico cirujano con sólo su sueldo, descubre «que no se puede vivir con menos de ocho criados». Tenía el barbero que le afeitaba en la cama todas las mañanas; los punkah-wallah que era como llamaban a los encargados de accionar el abano que colgaba de los techos para refrescar el aire. Un mayordomo para limpiar la cubertería y servir la mesa, un criado personal para vestirle y lavarle el pelo, un sastre para remendar y zurcir, un aguador, una lavandera, el jardinero...Cada uno hacía la labor especifica para la que había sido contratado, considerando un gran insulto intervenir en el campo de otros.
Hadow, cuando estaba de servicio en el hospital, se acompañaba de un criado que le abanicaba, un segundo transportaba el instrumental médico sobre una bandeja; un tercero portaba aguamanil y jofaina, amén de la correspondiente toalla, para que el sahib (honorífico árabe que equivale a «Señor» o «Don») se lavara las manos después de tratar a cada indigno enfermo. En cuarto lugar venía el encargado de portar una mesa plegable y el voluminoso libro donde se anotaban el historial y evolución de los pacientes. Y, por último, el quinto. El quinto es el mejor de todos. Él estaba para pasar las páginas del libro.
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