07 de octubre de 2022

Retrato del militar y religioso español Tiburcio de Redín y Cruzat por fray Juan Andrés Ricci

Retrato del militar y religioso español Tiburcio de Redín y Cruzat por fray Juan Andrés Ricci

Picotazos de historia

Tiburcio Redín, de capitán de mar y guerra a fraile capuchino

Fue un militar y marino de comportamiento ejemplar, pero de vida agitada y conflictiva. Al llegar a la madurez, su vida cambió al descubrir su vocación misionera tomando el hábito de capuchino

Es el año de gracia de 1639, dos frailes capuchinos han sido destacados de su comunidad de Tudela a la villa de Cortes, en el extremo sureste de la merindad. Tenían la misión de solicitar limosnas para el mantenimiento y obras pías. Uno de ellos era de buena estatura y anchos hombros más de actitud humilde y contenida. Era hombre maduro ya que aparenta pasar la cuarentena y su rostro esta curtido por muchos soles y el viento. Al llegar a la casa donde tenían asignado el hospedaje les refrenó el oír gritos y voces airadas que de él salían. Indecisos, se quedaron en la puerta cuando esta se abrió de golpe provocando que casi se diera de bruces con ellos una señora, ya de edad, que salía a la carrera. Era la dueña de la casa, una honrada viuda que, a borbotones, les explica que tenía alojados en la casa a cuatro soldados. Estos habían bebido en exceso y perdiendo la cordura estaban intentando abusar de las criadas de la casa.
-«Miren sus reverencias si, viendo esos hábitos, pueden poner cordura en sus mentes nubladas».
El más alto de los frailes se quitó el manto, apartó a la angustiada mujer con delicadeza y, empuñando el báculo entró en la casa. Al poco, las voces se callaron, mas fue breve el lapso ya que se reanudaron más altas y amenazantes. Salieron de la casa tres doncellas como exhalaciones mientras las voces se transformaban en gritos, en alaridos, y a su vez otros ruidos dieron a entender que alguna pieza del mobiliario estaba sufriendo alguna dura prueba. Al poco salieron, igual de rápido que las doncellas pero en mucho peor estado, cuatro jóvenes que, por sus vestimentas, dieron la impresión de pertenecer al ejército.
Esta pequeña anécdota, un incidente muy menor, nos muestra la paradójica personalidad de quien se conoció en el siglo como Don Tiburcio de Redin y Cruzat, capitán de mar y guerra, pesadilla de alguaciles y corchetes, del hábito de la orden de Santiago y que en religión tomó el nombre de Fray Francisco de Pamplona, el más humilde y manso de los capuchinos. Mártir en las misiones.
Pasen vuestras mercedes, cuando más les convenga o sea de su placer, por el que llaman Museo del Prado, en la villa de Madrid. En una de sus muchas paredes cuelga un hermoso lienzo, que dicen, fue de mano de fray Juan Andrés Ricci. Nos muestra como era antes de ser fraile y ¡voto al cielo! que no tendrán ganas de enfadar al tal Tiburcio.
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