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Grabado de la proclamación de la República por la Asamblea Nacional, en La Ilustración Española y Americana, 16 de febrero de 1873.

Grabado de la proclamación de la República por la Asamblea Nacional, en La Ilustración Española y Americana, 16 de febrero de 1873.

Dinastías y poder

Las «primeras damas» olvidadas de la Primera República: quiénes fueron y qué sabemos de ellas

Proclamada la República y ya con la jefatura del Estado y del Poder Ejecutivo a cargo de una presidencia, fueron sus esposas quienes técnicamente pasaban a convertirse en objeto de la atención de la época, aunque sin ninguna oficialidad reconocida

La Primera República llegó a España en febrero de 1873. Nadie la esperaba. Fue proclamada en unas Cortes de mayoría monárquica que acababan de recibir la abdicación de Amadeo de Saboya. El ya ex soberano partió al exilio junto a su esposa, Victoria del Pozzo. ¿Qué quedaba entonces en España? Fue una República indefinida. Que se debatía entre un modelo de Estado unitario o federalista; entre un sistema presidencialista y descentralizado que nunca terminó de aclararse.

Ni siquiera en esos meses, fueron capaces de sacar adelante una Constitución que definiese el nuevo orden político. Nacía lastrada por una guerra carlista, otra en Cuba y un conflicto cantonal además de incuestionables conflictos internos. Pero en esa Primera República española hubo aspiración de mando y poder.

Figueras, Pi y Margal, Salmerón y Castelar fueron presidentes. De variada identidad y todos efímeros. Sus esposas pasaron por la historia con un perfil tan diluido que apenas se las recuerda. ¿Quiénes fueron las consortes presidenciales en ese tiempo convulso? Proclamada la República y ya con la jefatura del Estado y del poder Ejecutivo a cargo de una presidencia, fueron sus esposas quienes técnicamente pasaban a convertirse en objeto de la atención de la época, aunque sin ninguna oficialidad reconocida. El cargo, no existía como tal y tenía escasa visibilidad institucional.

Los nombres de las esposas de los presidentes de esos meses tan volátiles son los de Josefa Serrano de Magriñá, mujer de Estanislao Figueras; Petra Arsuaga Goicoechea, esposa del federalista Francisco Pi y Margall y Catalina García Pérez, de Nicolás Salmerón. Se especuló con un matrimonio de Emilio Castelar con Benita Guijarro y Gonzalo del Río, quién había sido camarista de la infanta Isabel de Borbón, la popular Chata, aunque éste nunca llegó a efectuarse pese a los intentos de cierto tipo de prensa por incidir en esta cuestionada unión.

Las mujeres de los presidentes quedaron al margen de la esfera de gobierno y relegadas a un espacio de escaso reconocimiento público y social. Se da la circunstancia de que la señora de Estanislao Figueras, doña Josefa Serrano, falleció durante el ejercicio del cargo de su esposo, a los 33 años. «Modelo de virtud y caridad –leemos– ha consagrado toda su vida a apagar las lágrimas de la desgracia, con solícito cuidado ha llegado siempre a tiempo a casa de los pobres», decía La Correspondencia de España, por entonces el diario de mayor tirada.

«En su casa se disfrutaba esa tranquilidad y apacible calma que solo a las personas justas es dado gozar. Nunca en aquel hogar se turbó la paz del matrimonio, que endulza todos los caracteres», advertía La Época el 21 abril 1873. La casa mortuoria se vio invadida de personas, de las más humildes a las más altas clases de la sociedad, que quisieron rendir un justo tributo a tan digna y virtuosa señora. El léxico en si empleado, ya denota la sensibilidad respecto a los roles femeninos en su tiempo.

Figueras, esposo ejemplar y cariñoso, se quejaba ante sus amistades de tener abandonada su casa por las exigencias del gobierno y según dice la prensa, sentía cierto remordimiento por no haber acompañado más a su esposa durante la enfermedad. La esquela de la difunta se publicó en el diario liberal La Iberia, el 22 de abril, dando cuenta del funeral cristiano y la conducción del cuerpo al cementerio de la sacramental de San Isidro.

De las tres «primeras damas» republicanas solo Catalina García Pérez, llegó a tener cierto peso político al fundar ya viuda, en 1916, la asociación «Fraternidad Cívica» creada en defensa al derecho al duelo laico en los cementerios madrileños.

Cuando se proclamó en España la Primera República, España tenía una población global cercana a 18 millones de habitantes sin contar las provincias de Ultramar. De estos, un 52 % eran mujeres. En ese momento, la Constitución democrática de 1869 reconocía en su artículo 16 el «sufragio universal» pero éste no era aplicable a las mujeres: pese a la ampliación del cuerpo electoral, las mujeres quedaron durante el llamado «Sexenio Democrático» fuera de la medida de mayor trascendencia política que un gobierno podía aplicar en esta materia.

Pero la situación de las mujeres apenas ocupó unas pocas líneas en los discursos recogidos en el Diario de Sesiones. La obra constitucional y legislativa durante el llamado Sexenio Revolucionario (1868-1874), incluido el periodo republicano, dedicó pocas novedades al panorama legal español de la mujer. Sus derechos políticos en España eran muy reducidos, situación similar a la que vivía la población femenina en los demás países de la Europa occidental.

En la Europa de Victoria de Inglaterra y de la III República Francesa, cuando se abría la era de los nuevos imperialismos, las mujeres seguían fuera del juego político. Incluso la propia reina-emperatriz, se había mostrado contraria a las primeras reivindicaciones sufragistas, al considerar los derechos de la mujer una «loca y perversa tontería».

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