Retrato de Isaac M. Singer por Edward Harrison May
Picotazos de historia
Isaac Singer, el inventor de la máquina de coser que levantó un imperio huyendo de los trabajos que detestaba
Isaac Singer revolucionó la costura y levantó una fortuna, pero su vida privada fue casi tan agitada como su carrera de inventor
Le llamaron Isaac Merritt y nació en 1811 en la pequeña población neoyorquina de Johnsonville. Su padre fue un operario de molino de origen alemán y apellido Reisinger; debía de tener mal carácter, ya que su esposa se hartó de él y se divorció en 1821, después de abandonarle. Al pequeño Isaac, que era el menor de los ocho hijos que tuvo el matrimonio, no le afectó mucho la ruptura familiar.
El chaval, desde muy pequeño, mostró una mente inquisitiva, curiosa y vivaz, pero también un espíritu de rebeldía y una absoluta falta de disciplina. Con doce años huyó del hogar y se unió a una compañía de cómicos de la legua, con quienes viajó por los Estados Unidos.
Isaac amaba la vida y la libertad del artista ambulante, pero las realidades de la vida se imponían y la necesidad de comer le acabó empujando a desempeñar trabajos más convencionales, como la carpintería, la ebanistería y algunas chapuzas de herrería.
A los veintiocho años inventó su primera máquina exitosa. Se trataba de una taladradora para rocas. Su hermano mayor le había conseguido un trabajo en la construcción del canal de Illinois, en la ciudad de Lockport. Isaac, que para entonces estaba casado y era padre de familia, encontró el trabajo tan aborrecible que tuvo que buscar algún tipo de distracción para no saltar por la ventana. Centró su atención en la maquinaria de perforación y desarrolló un nuevo diseño que mejoraba el funcionamiento.
Patentó el modelo de máquina diseñada por él y la vendió por 2.000 dólares de 1839. Isaac, con el dinero en el bolsillo, abandonó a su familia y formó una compañía de artistas que llamó «Merritt Players», con los que recorrió diferentes estados.
En cuatro años se había pateado el dinero, encontrándose varado y sin un céntimo en una pequeña población de Ohio llamada Fredericksburg. Había que sobrevivir, por lo que se puso a trabajar en una serrería, pero le parecía algo tan horrible que consideraba el sueldo casi como una indemnización.
Dos años aguantó. Ese fue el tiempo que tardó en diseñar una máquina que tallara tipos móviles en madera para impresión, con una mejor definición que la que se producía hasta entonces.
Patentó su nuevo invento y viajó a Nueva York, donde se asoció con George Zieber, un empresario que le adelantó 3.000 dólares para la construcción del prototipo. Una explosión en el taller obligó a Isaac a cambiar de estrategia y, siempre financiado por Zieber, viajó a la ciudad de Boston buscando pedidos y para estudiar el mercado, ya que se consideraba a esta ciudad como el principal centro de impresión (libros, periódicos, etc.) de Estados Unidos.
Uno de los principales talleres mecánicos de la ciudad era el de Orson Phelps, donde Isaac se estableció para poder observar el mercado. Una cosa que impresionó mucho al inquieto inventor fue que la mayor parte del trabajo del taller nada tenía que ver con las imprentas, a pesar de ser tan importantes para la vida económica de Boston. Por el contrario, lo que más trabajo representaba era el arreglo y reparación de las máquinas de coser.
Estas eran variantes del modelo patentado en 1846 por Elías Howe y cuyas principales características eran que tenía una aguja con un ojo en la punta y lanzadera por debajo de la tela para formar el cierre de la puntada. Inmediatamente se puso a darle vueltas a la cabeza, buscando la manera de mejorar y hacer más eficientes las máquinas existentes.
Isaac patentó su nueva máquina de coser el 12 de agosto de 1851 con el número de patente 8294. Para entonces Isaac había decidido recortar su apellido para que sonara más anglosajón; ahora se llamaba Isaac Singer.
Modelo patentado de la máquina de coser Singer N° 8.294 (1851)
Sabedor de que el mundo de las patentes no era su campo —les recuerdo que este individuo apenas tenía instrucción básica—, Singer buscó el asesoramiento de un abogado llamado Edward Cabot Clark para todo lo referente a la patente de su nueva máquina. Al carecer de dinero, acordó entregarle tres octavos de la recién creada patente. Ahora formaban un triunvirato: Singer, Zieber y Clark.
Pero el triunvirato es la más inestable de las alianzas y los tres estaban de acuerdo en que uno de los socios sobraba. Al final se le dio la patada a Zieber, quien cambió su parte por 6.000 dólares en efectivo. ¡El peor negocio de su vida!
En 1851 se fundó la Singer Sewing Machine Company. La adición a la empresa de Edward Clark resultó ser valiosísima. No solo frenó y dirigió con habilidad los pleitos que interpuso el teórico padre de la máquina de coser moderna —el mencionado Elías Howe—, también desarrolló y puso en práctica un plan de compra a plazos que permitió que cualquier persona pudiera adquirirlas para poder trabajar en su propia casa.
Fue tal el éxito de la máquina de coser y de la revolucionaria forma de compra que, cuando falleció Clark, dejó un patrimonio que se elevaba a unos 75.000.000 de dólares de 1882.
Pero todo esto estuvo a punto de no realizarse, estuvo muy cerca de morir en embrión.
La señora Clark, de soltera Carolina Jordan y madre de cuatro hijos de los que solo uno sobreviviría a sus padres, era una persona amable, sencilla y bondadosa, pero no podía soportar a «ese individuo».
Una máquina de coser Singer 1851
Admitámoslo: Isaac Singer no era un caballero. Para empezar, apenas había recibido educación: leía y escribía con dificultad. Su carácter era expansivo, pero el éxito había exacerbado una vena ególatra y narcisista, muy propia de los actores y las divas del espectáculo. Básicamente, se había vuelto un tirano, con los agravantes de ser un maleducado, desconsiderado y bastante ofensivo en sus opiniones y comportamiento.
Todo eso, la buena señora Clark, estaba dispuesta a pasarlo por alto, pero la escandalosa vida personal del señor Singer no era aceptable.
Isaac se había casado cuando tenía diecinueve años, en 1830, con Catherine Haley, de quince años. Tuvieron dos hijos, pero Isaac, cuando tuvo dinero en el bolsillo, abandonó a su familia para vivir la libertad de los artistas y comediantes. Además, esa libertad le permitió liarse con una rubia estupenda llamada Mary Ann Sponsler.
La dulce y pecaminosa vida en común con Mary Ann produjo diez hijos y duró hasta el día en que la señora se encontró a Isaac paseando por la ciudad del brazo de una «íntima» empleada del inventor. Singer tuvo siete hijos con esta empleada, que se llamaba Mary McGonigal.
Las malas lenguas afirmaban que Isaac también estuvo liado con la hermana de la interfecta —Kate McGonigal—, con quien tuvo otro par de hijos, pero estos no fueron reconocidos.
Costura a principios del siglo XX en Detroit, Michigan
Para liar más el asunto, Mary Ann, que se hacía llamar señora Singer aunque no estaba casada con Isaac, denunció a su «marido» por bigamia, lo que era un delito grave e infamante en esa época. El escándalo obligó a Isaac a huir a Londres, circunstancia que destapó otra familia que mantenía oculta.
Isaac acabó harto de Mary McGonigal (y se supone que de la hermana de esta) y la sustituyó por una francesita de diecinueve años llamada Isabelle Boyer. Esta, embarazada de Isaac, abandonó a su marido y se casó con el inventor, quien era un crápula pero también un hacha con las señoras. Tuvieron seis hijos.
En definitiva: Isaac Singer fue un brillante inventor pero un completo cerdo en lo que a las mujeres se refiere. Eso sí, con un envidiable éxito tanto con sus inventos como con las señoras. Por su parte, Edward Clark revolucionó el método de adquisición de los electrodomésticos y complementos del hogar con el sistema de pago fraccionado, algo que sigue funcionando a día de hoy.