Fundado en 1910

El instante decisivo
Fernando Quintela

El coche de Zulueta

La historia tiene estas ironías: lo que ayer era considerado una amenaza aparece ahora como una necesidad. Y es aquí donde la fotografía de la calle Zulueta deja de ser una simple escena callejera para convertirse en una metáfora nacional

El coche de ZuluetaFernando Quintela

Fidel Castro hablaba. Sin parar, improvisando y aleccionando. «La historia me absolverá» fue una de sus frases más altivas. Hoy podemos decir que no, que la historia no solo no lo absolvió, sino que lo condenó. Su revolución fracasó y se llevó por delante generaciones enteras y la ilusión de casi todos por crecer.

Fidel hablaba, pero, mientras tanto, otros hacíamos fotografías que explicaban un país dentro del mutismo del instante congelado. Hay imágenes que explican un sistema mejor que cualquier discurso político; es aquello de «una imagen vale más que mil palabras».

Esta fue tomada por mí en marzo de 1996 en la calle Zulueta, una histórica de La Habana, una de esas calles que sirvieron a Alejo Carpentier para bautizar a la capital como «la ciudad de las columnas». Un niño sentado sobre el guardabarros de un automóvil ya viejo y averiado. El capó permanece abierto como una herida. A la izquierda, un ciclista se aleja. Detrás, la ciudad continúa su rutina. Nada parece extraordinario y, sin embargo, la imagen resume de forma simbólica el momento que vive Cuba.

El coche en la calle ZuluetaFernando Quintela

Justo ahora, junio de 2026, cuando las autoridades cubanas han anunciado la mayor apertura económica desde el triunfo de la revolución de 1959, la fotografía adquiere una dimensión inesperada. La autorización de nuevas formas de iniciativa privada, la flexibilización de sectores económicos y la ampliación de espacios para la inversión representan algo más que una reforma técnica.

Constituyen el reconocimiento de una realidad que lleva años imponiéndose por sí sola: el modelo económico construido por la revolución ya no es capaz de garantizar un nivel de vida aceptable para nadie… que no esté mamando del poder. Los ciudadanos, incluido el niño que hoy ya es un adulto, han reaccionado con escepticismo; ya les cuesta creer en nada que venga de un gobierno indecente y ladrón, cuando menos, de libertades y derechos fundamentales.

El coche de la fotografía parece simbolizar esa constatación. Durante décadas, los visitantes extranjeros contemplaron fascinados los automóviles estadounidenses de los años cuarenta y cincuenta que todavía circulaban por las calles cubanas. Eran parte del decorado romántico de la isla. Una postal exótica. Una singularidad histórica. Pero para los cubanos aquellos coches nunca fueron una atracción turística. Fueron una necesidad. Hoy son los famosos «almendrones».

Cada pieza remendada, cada reparación improvisada, cada motor reconstruido con ingenio y escasez hablaba de una sociedad obligada a sobrevivir con recursos limitados. Eso sí era una «tremenda inventada» –Pedro Sánchez sobre la corrupción–. «Inventar», en Cuba, es sinónimo de solucionar. Con el tiempo, el país entero terminó pareciéndose a esos vehículos: admirable por su capacidad de resistencia, pero cada vez más agotado por el esfuerzo de seguir funcionando.

La Cuba de hoy vive la crisis más profunda de su historia contemporánea. La isla vive apagada, enterrada en basura, en casas que se caen, sin comida y sin sonrisa. Los apagones son eternos. Los medicamentos desaparecen. Conseguir los alimentos básicos exige largas colas y un dinero que casi nadie tiene.

El transporte público funciona un rato sí y otro no. Miles de jóvenes han abandonado la isla en los últimos años. La emigración se ha convertido en una válvula de escape para una generación que ya no espera encontrar oportunidades dentro de las fronteras nacionales. No son desertores, como se les quiso llamar, sino valientes que veían su futuro cada vez más complicado. Solo se vive una vez, como dice una canción.

Por eso el anuncio de apertura económica tiene una importancia que va mucho más allá de las medidas concretas que finalmente se apliquen. Lo relevante es que representa el reconocimiento oficial de un fracaso.

Durante décadas, el capitalismo fue presentado como el origen de los problemas que la revolución pretendía resolver. Hoy, muchas de las herramientas que se invocan para superar la crisis proceden de aquello que durante años se denunció como incompatible con el proyecto revolucionario.

La historia tiene estas ironías: lo que ayer era considerado una amenaza aparece ahora como una necesidad. Y es aquí donde la fotografía de la calle Zulueta deja de ser una simple escena callejera para convertirse en una metáfora nacional.

Hay instantes decisivos que tardan en llegar, y este es uno de ellos. La imagen ya hablaba, pero la reacción tardó aún 30 años en llegar. Recordemos, de nuevo, que Henri Cartier-Bresson sostenía que la esencia de la fotografía consiste en captar el instante en que la forma y el significado coinciden, y a eso lo llamó «el instante decisivo».

No se trataba únicamente de registrar un acontecimiento, sino de encontrar el momento exacto en que la realidad revela algo más profundo sobre sí misma.

La imagen tomada en la calle Zulueta presagiaba ese principio. La composición es sencilla y poderosa. El automóvil ocupa el centro del encuadre. El capó abierto forma una figura triangular que atrae inmediatamente la mirada. El niño aparece sentado sobre el frontal del vehículo como si vigilara un futuro incierto. A la izquierda, la bicicleta introduce movimiento. El coche, en cambio, permanece inmóvil.

Todo parece hablar de una tensión entre avance y estancamiento. La famosa economía de dos velocidades que siempre acusó Cuba. Entre lo que sigue adelante y lo que permanece detenido. Entre la esperanza y la resignación.

La propia localización refuerza esa lectura. La calle Zulueta no es un escenario cualquiera. Por ella han transitado las distintas Cubas del último siglo: la ciudad colonial, la república, la revolución y la nación que ahora busca una salida a su agotamiento económico. El vehículo averiado aparece detenido precisamente en uno de los lugares donde la historia cubana ha pasado una y otra vez.

Y luego está el niño, que quizá sea él el verdadero protagonista de la fotografía. No parece angustiado. Tampoco feliz. No repara el coche ni juega con él. Espera y mira con desconfianza.

Su actitud recuerda una de las experiencias más comunes en la vida cotidiana cubana de las últimas décadas: esperar. Esperar una mejora económica. Esperar una reforma. Esperar electricidad. Esperar alimentos. Esperar transporte. Esperar una oportunidad para emigrar. Esperar que algo cambie.

La fuerza de la imagen reside en que nadie sabe qué ocurrirá después. Ignoramos si el coche volverá a arrancar. Ignoramos adónde se dirige el ciclista. Ignoramos qué sería del niño cuando se hiciera adulto.

Por eso la fotografía resulta tan poderosa hoy. Porque Cuba parece encontrarse en esa situación.

El motor continúa abierto. Los mecánicos discutirán cómo repararlo. Los pasajeros observan con incertidumbre. Y mientras tanto, la vida sigue circulando alrededor.

Durante más de seis décadas, el gran lema de la revolución fue «Patria o muerte. Venceremos». La consigna condensaba una promesa de resistencia, sacrificio y permanencia. Definió a varias generaciones de cubanos y acompañó los grandes discursos de Fidel Castro.

Sin embargo, el tiempo tiene la costumbre de poner a prueba incluso las certezas más sólidas. La muerte llegó antes que la victoria definitiva prometida. Murieron los líderes históricos, desapareció la Unión Soviética, se agotaron las ayudas externas y millones de cubanos comenzaron a buscar fuera de la isla el futuro que no encontraban dentro.

Las antiguas monarquías europeas resumían los cambios de época con una fórmula célebre: «El Rey ha muerto, viva el Rey». La expresión significaba que el poder sobrevivía al soberano. El pueblo español la simplificó aún más: «A rey muerto, rey puesto». En Cuba, sin embargo, la sucesión que parece anunciarse no es la de un hombre por otro. No existe un nuevo Fidel Castro. Lo que está cambiando es algo más profundo: el relevo de una idea económica por otra.

Vista de coches aparcados en la calle Zulueta con el Capitolio al fondo, La Habana, Cuba, 1935

El viejo rey no era una persona. Era la convicción de que el Estado podía dirigir casi toda la actividad económica y social de la nación. Ese rey lleva años agonizando entre apagones, escasez y emigración. Y cuando un rey muere, otro ocupa su lugar.

No habrá coronación ni multitudes gritando «¡Viva el Rey!», pero el nuevo soberano ya ha sido invitado a entrar en palacio. Se llama mercado. Se llama inversión. Se llama iniciativa privada. Se llama, sencillamente, capitalismo.

La fotografía de Zulueta parece haber capturado exactamente ese instante. El coche todavía no ha arrancado. El niño continúa esperando. Pero algo ha cambiado. Por primera vez en mucho tiempo, quienes intentan reparar el motor han reconocido que las herramientas utilizadas hasta ahora ya no bastan.

La incógnita no es si Cuba está cambiando. La incógnita es si el nuevo rey llegará a tiempo para poner de nuevo el vehículo en marcha.