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16 de junio de 2024

Zoé Valdés
AnálisisZoé Valdés

El castrismo limosnero

Que no nos hagan pasar por tontos, en Cuba empezaron las escaseces y el caos alimentario desde los primeros años de aquel triunfo de unos apestosos barbudos que el mundo contempló admirado como una gran solución y que no fue más que el producto de marketing de un loco, de Fidel Castro

Actualizada 04:30

El dictador cubano Miguel Diaz-Canel

El dictador cubano Miguel Diaz-CanelAFP

De haber sido el país más rico de la región después de Argentina y Venezuela en 1957, a convertirse tras el triunfo de los comunistas en 1959, en el país más pobre de la región, encima de Haití entonces, ahora por debajo de Haití, con un régimen a la cabeza que sólo se le ocurre sobrevivir mediante la limosna.

Eso sí, una limosna consecuente, que enriquece a los de arriba y deja en evidente pobreza a los de abajo; porque Cuba, cuando mendiga, mendiga de verdad, por todo lo alto y para las altas esferas, y que los bajos estratos sigan «jamándose» (comiéndose) un cable.

Pues bien, al parecer es la enésima vez que los castristas declaran que han llegado al final de sus posibilidades, y que no pueden alimentar a la población.

¿Cuándo pudieron? Nunca. Esa población que lleva 65 años siendo aniquilada por hambre, de a poco, aunque eso, sí, aplaudiendo y exclamativa, siempre que un máximo dirigente les va a visitar a un pueblo recóndito: «¡Ay, mira, que me erizo!», como ocurrió hace poco mientras el títere efebo (ajado ya) de Raúl Castro, Miguel Díaz-Canel, hacía el paripé de ir a resolver problemas a una zona recóndita del campo cubano.

Que no nos hagan pasar por tontos, en Cuba empezaron las escaseces y el caos alimentario desde los primeros años de aquel triunfo de unos apestosos barbudos que el mundo contempló admirado como una gran solución y que no fue más que el producto de marketing de un loco, de Fidel Castro: una revolución –como él mismo dijo en uno de sus numerosos discursos– «de los humildes y para los humildes».

Ni fue de los humildes, y mucho menos para ellos. En Cuba, como en cualquier país en vías de desarrollo (es muy diferente que en obvio subdesarrollo) se produjo una revolución porque los que la hicieron eran todos hijos de latifundistas y acomodados burgueses, quienes llegaron al poder disfrazados de zarrapastrosos para dividir al país, empobrecerlo, triturarles el alma y la identidad y mutársela por una sinonimia basada, no en la igualdad, sino en el igualitarismo rastrero, en la mayor injusticia social que se ha cometido en contra de un pueblo y en su nombre, la que precisamente han definido como «justicia social», nada más lejano.

Ningún otro país de la región pudo hacer una revolución o «revueltica» como la que hicieron en Cuba los más acomodados, las condiciones de bienestar económico no se habían dado como sí se habían producido en la isla.

Desde que tengo uso de razón –nací en el año del error– no conocí más que el hambre y la necesidad que imponen los comunistas con su jerga de parásitos, con sus vergonzosas acciones de limosneros.

Cuando Estados Unidos se cansó de que los comunistas liderados por Fidel Castro y un puñado de aprovechados, que de economía sabían lo que yo de astronomía, les confiscaran sus prósperas empresas en la isla construidas con un enorme esfuerzo –tampoco eran tantas, porque ese país creció sobre todo gracias al ahínco de los cubanos–, y que para colmo les insultaran las veinticuatro horas del día, viendo que se violaban cada uno de los derechos humanos a los ciudadanos, decidieron largarse del país.

Fue entonces cuando los castristas pusieron el grito en el cielo, aunque no se acordaron del supuesto embargo hasta 1989.

Un embargo que no es que los norteamericanos le impusieran al pueblo cubano, lo que estos descarados han venido diciendo, sino que fue el gobierno estadounidense el que decidió no convertirse en el puching ball de un loco y, como mismo lo pusieron en el poder, creyeron que irían a tumbarlo mediante esas medidas románticas.

No sucedió así, y entonces el castrismo se entregó fervientemente a los soviéticos, tanto, que por nada provocan la 'tercera guerra mundial' con la Crisis de los Misiles.

Los americanos, pese a que Fidel Castro nunca se quitaba de la boca en cada alharaca pública aquello de que irían a invadirnos, nunca lo hicieron; sí lo hicieron los soviéticos, a los que por obra y gracia del comunismo convirtieron en «nuestros hermanos» con sangre y no de sangre.

Treinta años oprimidos, alimentados con las sobras de los rusos, aquellas latas vencidas que nos llegaban por barcos, y que no prueban más que una cosa: los cubanos poseemos estómagos de acero «inolvidable», el hambre era tanta que nos olvidamos del sabor, del paladar, con tal de tragar un bocado.

Treinta años sobreviviendo de las limosnas de la URSS y del CAME, invadidos hasta el tuétano por los comunistas, mientras el mundo repetía como un mantra lo que les inoculó Castro en las mentes, que los americanos se morían por invadirnos.

Hombre, no hay que exagerar, si lo hubieran anhelado tanto lo habrían hecho; lástima, no lo hicieron, y como en el poema de Constantino Cavafis, esa gente tal vez hubiera sido la solución, sin embargo, «los bárbaros» nunca llegaron.

Pero no, Castro lo que necesitaba era doblegar por hambre, como cualquier líder social-comunista desde la noche de los tiempos, pues a estas alturas de las más de 250 millones de víctimas nadie ignora que el sistema «más justo» de la tierra –según ellos– es el que sume en el hambre, la necesidad, la miseria, como método de dependencia ideológica y psicológica.

Cuando no se encuentra la vía de alimentar a las familias no se consigue pensar, ni dilucidar con cordura, no hay forma de entender lo que ocurre en nuestro alrededor, es entonces se provoca la dependencia absoluta de un sistema que sólo sobrevive mediante la necesidad a los ciudadanos y su sometimiento.

Fidel Castro recibió de manera desdeñosa la noticia de que los rusos le quitaban el sostén, pese a la inmensa deuda contraída con ellos; cambió de palo p’a rumba y se inventó el Foro de Sao Paulo, se agarró de la teta de Hugo Chávez, quien se la entregó consciente y satisfecho, en puro paroxismo del idiota que venera al malvado, y se dedicó a esquilmar Venezuela hasta dejarla exangüe y en franca decadencia. Todo lo que toca el castro-comunismo lo deja seco, lo vampiriza hasta el último estertor.

De modo que ahora, este «último» llamado del castrismo para que la ONU ponga su teta y les envíe leche y demás productos alimenticios para que los cubanos no se mueran de hambre, dicen, lo hemos visto otras veces con otros países.

Los cubanos, además de morirse de hambre, fenecen por falta de libertades. Leo que Canadá enviará leche en polvo, que México pondrá también manos a la obra, o sea, otros dos energúmenos comunistas, Justin Trudeau y AMLO, amamantarán a los cubanos hasta su propia ruina.

Pero, a ver, sólo hay que preguntarse una, dos, o tres cosas: ¿por qué los cubanos no pueden poseer ganado? ¿Por qué matar a una vaca, ya medio muerta de inanición, le puede costar a su dueño veinte años de cárcel? ¿Qué se hizo de las generaciones de ganado que pariría aquella vaca que iba a alimentar a todo un pueblo y a media humanidad, que Castro bautizó como ‘Ubre Blanca’, que no fue más que su caprichoso invento genético, el de él, que por creerse algo se creía hasta científico?

«En un final», que diría el bolero, si quisieran de verdad aliviar la hambruna, aniquilar la extrema pobreza, ¿por qué carajo no se acaban de largar del poder y dejan que los trabajadores cubanos tomen las riendas de su destino? Pues, hay que dejarlo claro, no ha habido ni hay mayor embargo que ellos mismos empobreciendo a Cuba y asesinando cubanos por más de 65 años.

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