Trump se encuentra en La Haya
Trump se prepara para una nueva reunión con Zelenski mientras sigue aislando a Europa de cualquier negociación
«Todos para uno, y uno para todos». El lema de Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas encierra el principio fundacional de la OTAN desde 1949: la defensa colectiva como piedra angular de la seguridad euroatlántica. Un pacto entre iguales, solidario, donde la seguridad de uno es la seguridad de todos. Pero la cumbre que se desarrolla estos días en La Haya pone a prueba ese pacto más que nunca. La reaparición de Donald Trump en la escena internacional abre un nuevo ciclo para la Alianza. Uno donde las reglas tradicionales pueden quedar desplazadas por una visión más aislacionista, centrada en los intereses de Washington y con el riesgo de que Europa quede al margen de decisiones cruciales.
Todos los focos están puestos en la probable reunión entre Trump y el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski. Aunque no está confirmada oficialmente, su encaje en la agenda es objeto de especulación en las delegaciones europeas desde hace días. Para varios socios, lo preocupante no es tanto el encuentro en sí, sino lo que puede anticipar. Es decir, un intento del presidente estadounidense de apropiarse del dosier ucraniano y reabrir la vía de una negociación directa con Rusia, sin mediación ni coordinación con Bruselas.
Trump regresó a la Casa Blanca defendiendo que la guerra podría terminar en «24 horas», una intención que se ha dado de bruces con la realidad. El mandatario estadounidense ha sugerido en repetidas ocasiones que el camino para la ansiada paz pasa por sentar a Kiev y Moscú a negociar —como ya han hecho en dos sesiones bastante infructuosas en Estambul—, incluso si eso implica concesiones territoriales. Esa narrativa preocupa profundamente en las cancillerías europeas, que temen una presión directa de Washington sobre Zelenski para aceptar términos que Europa no comparte, y que serían vistos por muchos como una claudicación frente al Kremlin.
Además del eje ucraniano, la cumbre abordará las exigencias estadounidenses para aumentar el gasto militar. En 2014, los países de la Alianza se comprometieron a destinar al menos un 2 % de su PIB a defensa. Hoy, una década después, sólo dos tercios de los aliados cumplen o están cerca de cumplir ese objetivo, y ahora Trump quiere ir más allá. Ha planteado que ese porcentaje suba hasta el 5 %. Al fondo de la clasificación de lo que destina cada país, tal como ha informado Trump, se encuentra España, lo que ya ha provocado las acusaciones desde Washington hacia Moncloa.
Aunque la declaración final sobre el gasto no establecerá obligaciones inmediatas, sí podría fijar un horizonte de diez años para acercarse a ese umbral, incluyendo mecanismos flexibles y gasto indirecto (como infraestructuras, apoyo logístico o programas de ciberdefensa). Sin embargo, el presidente estadounidense ha dejado claro que espera compromisos mucho más firmes, e incluso ha sugerido en el pasado que el respaldo de Washington a los países aliados podría depender de cuánto gasten.
Trump y Zelenski mantienen una reunión en Roma antes del funeral del Papa
Mientras tanto, el escenario internacional añade tensión al encuentro. La ofensiva israelí sobre Gaza sigue desbordando las fronteras del conflicto inicial con Hamás, con ataques e incursiones que han alcanzado a Líbano, Siria, Yemen y, en los últimos días, Irán, en un conflicto que amenazó con volar por los aires Oriente Medio pero que en las últimas horas se ha relajado. Paralelamente, Rusia continúa su ofensiva en Ucrania, con nuevas amenazas sobre regiones del noreste como Sumy, mientras refuerza su discurso de que el país entero le pertenece. China, por su parte, endurece su retórica y sus maniobras militares en torno a Taiwán, mientras las relaciones con Washington siguen marcadas por aranceles y fricciones tecnológicas.
En este entorno, la OTAN busca reforzar su postura colectiva. El nuevo secretario general, Mark Rutte, ha planteado un incremento masivo de capacidades: quintuplicar los sistemas de defensa aérea, sumar miles de tanques y vehículos blindados, y asegurar millones de proyectiles de artillería. «La Alianza necesita una base industrial robusta, y un esfuerzo concertado para garantizar la seguridad de sus mil millones de ciudadanos», afirmó recientemente. Pero ese discurso técnico y estratégico choca con una realidad política más cruda y es que el regreso de Trump ha devuelto a la Alianza a un estado de nerviosismo permanente.
En La Haya no habrá grandes anuncios ni decisiones disruptivas. Pero sí se esperan señales. Gestos que indiquen si la OTAN puede mantener su unidad y su utilidad como plataforma política y militar, o si se encamina a una reconfiguración más desequilibrada, centrada en las prioridades estadounidenses y con menor protagonismo europeo.
Y ahí, de nuevo, entra el contraste cultural. Frente al ideal de Dumas —«Todos para uno, y uno para todos»— que Europa ha convertido en principio operativo, hay otra frase, surgida de la literatura política estadounidense y popularizada por Robert A. Heinlein en La luna es un cruel amante: «There ain’t no such thing as a free lunch» (No existe tal cosa como un almuerzo gratis). Trump llega a esta cumbre con esa lógica como bandera. Y sus socios se preparan para gestionar las consecuencias.