Fundado en 1910
Eduardo Zalovich
CrónicaEduardo ZalovichTel Aviv (Israel)

La silenciosa colaboración entre el Mosad y la oposición iraní

El Estado judío defiende su existencia y su derecho a vivir en paz, mientras apoya, aunque sea de manera discreta, a quienes dentro de de la República Islámica sueñan con un país normal

Pancartas con los colores de la bandera iraní adornan una rotonda mientras un hombre pasa por la capital iraní, Teherán

Pancartas con los colores de la bandera iraní adornan una rotonda mientras un hombre pasa por la capital iraní, TeheránAFP

La relación entre Israel y la oposición iraní actual se caracteriza por ser un vínculo silencioso, pero cargado de significado político. No es una alianza formal ni declarada con bombos y platillos, pero existe una convergencia clara: ambos ven al régimen islámico de Teherán como el principal obstáculo para la estabilidad regional y, en el caso iraní, para la democracia. Para Jerusalén, la oposición iraní no es el «enemigo persa» que la propaganda dictatorial intenta vender, sino la prueba viviente de que Irán no es Alí Jamenei, ni los ayatolás ni la criminal Guardia Revolucionaria, verdaderas SS del régimen. Los modelos de este grupo son Himmler y Beria. Un país secuestrado por una tiranía.

El terrorismo islámico que Israel combate desde hace décadas tiene una firma clara, aunque Teherán intente «usar guantes». Hezbolá, en el Líbano, Hamás y la Yihad Islámica, en la franja de Gaza, las milicias chiíes en Irak y los hutíes en Yemen: todos reciben dinero, armas, entrenamiento e ideología desde Irán. Son los famosos «proxis», una palabra elegante para describir una estrategia brutal: otros ponen los muertos, Irán pone el mando.

Israel, con una mezcla de inteligencia quirúrgica y fuerza militar directa, ha ido golpeando esa red durante años, debilitándola sin caer en una guerra total que el régimen iraní en realidad teme. Y su temor aumentó tras la Guerra de los 12 días. En ese momento se vio la enorme infiltración del Mosad –agencia de Inteligencia de Israel– en la estructura de seguridad enemiga, su alianza practica con opositores activos y el entrenamiento recibido por cientos de ellos. Irán resultó transparente y su defensa aérea de papel.

Si miramos a los líderes iraníes de antes y de ahora, el contraste es brutal. Bajo el sah, Irán era autoritario, sin duda, pero estaba orientado a Occidente, tenía relaciones con Israel y aspiraba a ser una potencia moderna. Desde la revolución islámica de 1979, el país cayó en manos de un sistema teocrático obsesionado con el control social, la represión interna y la exportación de su revolución. Jamenei no es sólo un líder político, es el símbolo de una estructura que tortura, ejecuta, encarcela y silencia. Las matanzas de manifestantes, las mujeres golpeadas o asesinadas por no cubrirse «correctamente», las cárceles llenas de opositores y periodistas no son excesos aislados, son el sistema funcionando como fue diseñado.

En este contexto aparece la oposición iraní, fragmentada pero cada vez más visible. Desde activistas internos hasta exiliados en Europa y Estados Unidos, pasando por figuras como Reza Pahlaví, el hijo del sah, que se presenta no como un rey en espera, sino como un referente simbólico de un Irán laico, libre y reconciliado con el mundo. Para Israel, esta oposición es una esperanza estratégica: un Irán distinto cambiaría todo el mapa de Oriente Medio. Y para muchos iraníes, Israel ya no es el «demonio sionista» del discurso oficial, sino un ejemplo incómodo de un país pequeño que prospera mientras ellos viven bajo sanciones, miedo y censura.

Los ataques israelíes contra objetivos iraníes, directos o indirectos, responden a una lógica clara: impedir que Irán llegue al umbral nuclear y frenar su expansión militar en la región. En la comparación de fuerzas, Israel es tecnológicamente superior, con una Inteligencia de primer nivel, fuerza aérea dominante y respaldo estadounidense. Irán, en cambio, juega a largo plazo, apostando al desgaste, a la saturación y a la negación plausible. Mucho ruido, muchas amenazas, pero cuidado a la hora de enfrentarse cara a cara. Europa se ha sumado ahora a la definición como terrorista de la Guardia Revolucionaria.

Locura ideológica y brutalidad

Las intenciones de Irán son transparentes para quien quiera verlas: convertirse en una potencia nuclear, liderar el eje islamista radical y borrar a Israel –y los cristianos libaneses– del mapa, al menos en el plano retórico. Esa retórica, sin embargo, es también una trampa interna. Jamenei necesita un enemigo externo para justificar la represión interna y el fracaso económico. Israel cumple ese papel a la perfección. De ahí las amenazas grandilocuentes, los discursos incendiarios y esa sensación de locura ideológica, que no es improvisación, sino fanatismo real.

miembros del parlamento de Irán vestidos con uniformes del CGRI, corean "Muerte a Estados Unidos" durante una sesión en Teherán

Miembros del Parlamento de Irán vestidos con uniformes del la Guardia RevolucionariaAFP

Estados Unidos juega un rol central. La política de Washington frente a Teherán es clara, directa y sin ambigüedades: máxima presión sobre Irán, apoyo total a Israel y cero paciencia con el teatro diplomático del régimen. Las amenazas estadounidenses no son poesía diplomática, sino mensajes diseñados para ser entendidos por los ayatolás. El secretario de Estado, Marco Rubio, ha sido una de las voces más firmes en esta línea, denunciando tanto el terrorismo iraní como las violaciones masivas de derechos humanos. Para ellos, Irán no es un socio potencial malentendido, sino un régimen peligroso que solo responde a la fuerza y la presión permanente.

En cuanto a la influencia mundial, Israel e Irán representan dos modelos opuestos. Israel, con ciertas alianzas sólidas en Occidente, vínculos crecientes con países árabes y una economía basada en innovación, ciencia y tecnología. Irán, con aliados por necesidad más que por afinidad: Rusia, China y una constelación de grupos terroristas que dependen de su dinero. Uno construye acuerdos, el otro exporta caos. Uno busca reconocimiento, el otro impone miedo.

Al final, el conflicto no es solo entre dos Estados, sino entre dos visiones del futuro. Israel defiende su existencia y su derecho a vivir en paz, mientras apoya, aunque sea de manera discreta, a quienes dentro de Irán sueñan con un país normal. Jamenei y su círculo defienden un régimen que solo sobrevive mediante la violencia y la mentira. La historia suele ser implacable con sistemas así. Y cuando caen, no lo hacen por culpa de enemigos externos, sino porque el pueblo ya no puede soportar el peso de su propia brutalidad.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas