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Antonio Ledezma
AnálisisAntonio LedezmaEl Debate en América

Venezuela: diferencias abismales entre transiciones

Calificar de «transición» la rotación de piezas como Delcy Rodríguez, corresponsable del descalabro institucional, económico y financiero que acusa nuestro país, además, fiadora del terrorismo de Estado ejecutado por Nicolás Maduro, es una falacia histórica y académica

Delcy Rodríguez (centro), hablando junto al ministro del Interior, Diosdado Cabello (izq.), el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez (segundo por la izq.), y el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López (der.) durante un acto de lealtad, reconocimiento y juramento de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas en la Academia Militar del Ejército Bolivariano

Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez, y el ministro de Defensa, Vladimir Padrino LópezAFP

El análisis de la historia política venezolana nos permite distinguir, con rigor académico, entre lo que constituye una auténtica transición hacia la democracia y lo que son meras maniobras de continuidad dinástica o «gatopardismo» institucional. Resulta imperativo desmitificar el intento actual de calificar como «transición» la entronización de figuras, genéticamente relacionadas con el régimen, como Delcy Rodríguez, frente a procesos históricos donde la ruptura con el autoritarismo, aunque progresiva, fue real y tangible. Las diferencias no son solo de forma, sino de esencia, origen y propósito. A continuación, contrastamos esta pretensión actual con cuatro hitos de nuestra historia:

A la muerte de Juan Vicente Gómez, el general Eleazar López Contreras, aun proviniendo del entorno inmediato del dictador, no optó por el inmovilismo. Su transición se validó mediante la decisión inmediata de marcar un rumbo diferente. A diferencia de la actual estructura de poder, López Contreras promulgó el Programa de Febrero de 1936, legalizó gremios, permitió el retorno de exiliados y redujo el periodo presidencial. Su gestión no fue una máscara para el gomecismo, sino la liquidación institucional del mismo. Eleazar López Contreras asumió la Presidencia y marcó un quiebre con el régimen previo mediante una política de conciliación y apertura.

Sus acciones más significativas en este sentido incluyeron la liberación de presos políticos detenidos en cárceles gomecistas como La Rotunda y el Castillo de Puerto Cabello, muchas de las cuales fueron clausuradas simbólica y físicamente. También dio lugar al diálogo, siendo el primer mandatario en décadas en recibir en el Palacio de Miraflores a delegaciones de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV) y otros sectores civiles, rompiendo con el aislamiento presidencial del gomecismo.

Una gran diferencia con lo ocurrido el pasado martes 27 de enero (2026), día en que se produjo un tenso encuentro en la Universidad Central de Venezuela (UCV) entre Delcy Rodríguez (quien actúa como dictadora interina encargada tras la captura de Nicolás Maduro a inicios de mes) y un grupo de estudiantes liderados por Miguel Ángel Suárez, presidente de la Federación de Centros Universitarios (FCU-UCV). El valiente joven Suárez y otros estudiantes abordaron directamente a Delcy Rodríguez durante un recorrido por las instalaciones de la UCV.

Le exigieron la liberación inmediata de más de 800 presos políticos, mencionando específicamente a los jóvenes detenidos. La reacción de Rodríguez, al ser confrontada, fue calificar los reclamos de los estudiantes como una «manipulación» y un «show». Los estudiantes exigían «una transición política real y el cese de la persecución», mientras que Delcy Rodríguez los instaba a sumarse a su «Programa para la Convivencia y la Paz», pidiéndoles hacer política «lejos del show y la politiquería».

La legitimidad de una transición reside en el respeto al pluralismo, no en la imposición de herederos

El general Isaías Medina Angarita representa el contraste más agudo en cuanto a personalidad y medidas implementadas. Bajo su mando, Venezuela experimentó una legalización plena de partidos políticos (incluyendo a Acción Democrática y el Partido Comunista) y una libertad de expresión sin precedentes. Mientras hoy se persigue la disidencia, tanto que el día de su «juramentación», funcionarios del régimen reciclado de Delcy detuvieron a varios periodistas. En contraste Medina Angarita permitió que la oposición lo criticara abiertamente, entendiendo que la legitimidad de una transición reside en el respeto al pluralismo, no en la imposición de herederos.

Tras la caída de Marcos Pérez Jiménez, el almirante Wolfgang Larrazábal demostró que el origen militar no impide una formación civilista. Su gestión se caracterizó por un talante democrático incuestionable: convocó a elecciones libres en el plazo más breve posible y entregó el poder al ganador, Rómulo Betancourt, sin ambages. La diferencia con el escenario actual es abismal: Larrazábal facilitó el camino para la soberanía popular, mientras que las figuras del presente buscan blindar la permanencia de una hegemonía en crisis, incluso, amenazando con cárcel a los líderes de la oposición que pretendan retornar al país.

Finalmente, la transición más reciente en nuestra era democrática fue protagonizada por el historiador Ramón J. Velásquez. Ante una crisis institucional de gran magnitud, Velásquez asumió el cargo por consenso del Congreso Nacional (integrado con parlamentarios legítimamente elegidos) con la misión de garantizar la estabilidad y la transparencia del proceso electoral subsiguiente. Su figura representa el intelecto y la ética puestos al servicio de la paz pública, una antítesis del actual esquema de poder que prioriza la supervivencia de la mafia que ha venido destruyendo las instituciones y saqueado las riquezas del país sobre la salud de la República.

Calificar de «transición» la rotación de piezas como Delcy Rodríguez, corresponsable del descalabro institucional, económico y financiero que acusa nuestro país, además, fiadora del terrorismo de Estado ejecutado por Maduro, es una falacia histórica y académica. Una transición verdadera requiere de un quiebre con el modelo fallido, el restablecimiento de las libertades públicas y una voluntad real de someterse al veredicto de las urnas. Los ejemplos de López Contreras, Medina Angarita, Larrazábal y Velásquez nos enseñan que el liderazgo de transición no se impone para preservar el trauma, sino para sanar a la nación y devolverle su destino democrático.

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