Dos cubanos escuchan el mensaje de crisis transmitido por televisión del dictador Migue Díaz-Canel
En Cuba se sueña con comida
Cuando un Estado no es capaz de garantizar la alimentación básica de su población, nos encontramos ante algo más grave que una coyuntura económica
Hubo un tiempo en que Cuba fue una de las islas más fértiles y productivas del Atlántico. Integrada en la Monarquía Hispánica tras su paso por el Virreinato de Nueva España y constituida como Capitanía General en el siglo XVIII, fue provincia de ultramar hasta 1898. Y no fue una colonia en el sentido moderno del término: España consideró siempre sus territorios americanos como parte integrante de su estructura política y jurídica. Aquella isla fue, durante siglos, un espacio agrícola próspero y estratégico.
Hoy, en pleno siglo XXI, Cuba atraviesa una de las crisis más profundas de su historia. Cuando un Estado no es capaz de garantizar la alimentación básica de su población, nos encontramos ante algo más grave que una coyuntura económica: estamos ante el colapso de un sistema.
Sin combustible, los cubanos se ven obligados a quemar muebles y equipamiento doméstico para elaborar los pocos alimentos disponibles
La falta de electricidad durante parte del día no solo priva de luz a los hogares; impide cocinar, paraliza hospitales, bloquea cirugías y convierte la vida cotidiana en una lucha por la supervivencia. Sin combustible, los cubanos se ven obligados a quemar muebles y equipamiento doméstico para elaborar los pocos alimentos disponibles. La inflación, por su parte, ha convertido el acceso a la comida en un privilegio.
¿Qué fue de aquella isla exuberante que describió Cristóbal Colón en sus diarios? «Que nunca tan hermosa cosa vido… la tierra muy llana, llena de árboles verdes y diversos, con flores y frutos cada uno de su manera…»
La historia ha visto fracasar el proyecto político instaurado tras la revolución de 1959. Con una economía agrícola progresivamente reducida al monocultivo, Cuba perdió su diversidad productiva. Las reformas agrarias que se produjeron entre 1959 y 1965, la nacionalización del campo y una gestión centralizada ineficiente condujeron a una dependencia estructural del exterior. El deterioro se agravó con el paso del tiempo y hoy la isla se enfrenta no solo a una crisis alimentaria, sino a una crisis de supervivencia.
La escasez de alimentos es siempre el primer síntoma de la pobreza más profunda. El hambre debilita, reduce las defensas, enferma y mata. Dormir sin comer impide recuperar fuerzas; la desnutrición deja secuelas perdurables, especialmente en niños y en ancianos. En un contexto de apagones constantes, los hospitales apenas pueden sostener su actividad básica, y se difunden enfermedades allí donde la energía, el agua limpia y la alimentación fallan.
Desgraciadamente, una gran parte de la población no puede realizar tres comidas diarias, sencillamente por la escasez de alimentos y su inaccesibilidad. La precariedad no es futura, es un doloroso presente, consecuencia directa de décadas de gestión política que la han conducido a una situación límite. No se trata de «tiempos difíciles», como afirma el discurso oficial; son tiempos imposibles.
La historia política lleva siglos advirtiendo sobre las consecuencias de una mala elección de gobernantes. Ya en el siglo V a. C., Platón advertía que las sociedades no alcanzarían la justicia ni la prosperidad mientras quienes gobiernan carecieran de conocimiento verdadero sobre el bien común. Y, en este momento histórico, la historia demuestra algo elemental: cuando el poder se aleja de las necesidades de su población, el colapso es inevitable.
Es especialmente doloroso que una isla dotada de riqueza en recursos naturales, de larga tradición agrícola dependa hoy de la producción ajena
Es especialmente doloroso que una isla dotada de riqueza en recursos naturales, de larga tradición agrícola dependa hoy de la producción ajena. La pérdida de soberanía alimentaria no es solo un problema cubano. Europa haría bien en observar esta experiencia cuando se debaten acuerdos que ponen en riesgo la producción local, la biodiversidad, el empleo rural y la calidad de los alimentos. La dependencia extrema conduce siempre a la vulnerabilidad.
Hoy, en Cuba, se sueña con platos sencillos: ropa vieja, tostones, arroz con frijoles. El ajíaco, la yuca con mojo o el lechón asado pertenecen al terreno del deseo. Cuando falta todo, lo elemental se vuelve inalcanzable. No hay gastronomía donde no hay alimento suficiente; solo hay angustia, enfermedad y deterioro humano.
La naturaleza exuberante no basta si la gestión política quiebra las posibilidades humanas. Cuba ofrece una lección histórica severa: sin producción alimentaria propia no hay dignidad o independencia, ni hay futuro. La pregunta ya no es qué ocurrió, sino qué aprenderemos de ello.
La historia no se repite, pero apremia. Y casi siempre lo hace por el mismo lugar: el alimento.