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Juan Carlos Aguilera
AnálisisJuan Carlos AguileraEl Debate en América

Los cimientos olvidados: cuando el mapa de Estados Unidos se escribía en español

Mucho antes de que el primer ciudadano británico pisara con intenciones permanentes el norte del continente, en el suelo que hoy compone los Estados Unidos ya se hablaba, se legislaba, se cultivaba, se defendía y se cartografiaba en castellano

Decoración en la Galería Nacional de Arte cerca de la Gran Feria Estatal Americana en el National Mall.

Decoración en la Galería Nacional de Arte cerca de la Gran Feria Estatal Americana en el National MallGetty Images via AFP

La narrativa histórica de los Estados Unidos suele arrancar con una postal idílica: el barco Mayflower tocando tierra en las gélidas costas de Plymouth en 1620, o los atribulados peregrinos ingleses fundando el modesto asentamiento de Jamestown, Virginia, en 1607. A través de la educación formal y la cultura popular, se nos ha enseñado de manera casi universal a contemplar el nacimiento de la Unión Americana como un proceso lineal, puramente anglosajón, que avanzó con épica implacable desde los bosques del este hacia las planicies del oeste.

Esta visión, arraigada en los textos, asume que todo lo que ocurrió en el continente antes de la llegada de las casacas rojas y los puritanos era un vacío histórico o, en el mejor de los casos, un preludio salvaje. Sin embargo, los archivos estatales, los mapas de navegación y los registros jurídicos de la época revelan una realidad física e intelectual que desarticula este relato. Mucho antes de que el primer ciudadano británico pisara con intenciones permanentes el norte del continente, el suelo que hoy compone los Estados Unidos ya se hablaba, se legislaba, se cultivaba, se defendía y se cartografiaba en castellano.

La ventaja temporal del mundo hispánico en América del Norte no se mide en años sueltos, sino en generaciones completas. Cuando los primeros asentamientos ingleses en Virginia luchaban por no desaparecer debido a las hambrunas y las enfermedades, el imperio español ya gobernaba un entramado de ciudades, rutas comerciales y estructuras administrativas que se extendían desde el Caribe hasta los desiertos del suroeste y las selvas de la península de la Florida. Negar esta presencia no borra los hechos, pero sí predispone a quien analiza el presente a no entender la toponimia de sus estados, la influencia religiosa, lingüística, arquitectónica y cultural, el origen de sus leyes agrarias y las raíces profundas de su herencia económica.

Para dimensionar la profundidad de este legado, es necesario recurrir a las fechas. En 1513, un siglo y siete años antes de que los peregrinos redactaran el Pacto del Mayflower, el explorador Juan Ponce de León desembarcó en las costas de la península sur del continente. Al encontrarse con una vasta llanura verdeante en plena época primaveral, la bautizó formalmente como la «Tierra de la Pascua Florida», registrándola de inmediato en los anales de la cartografía global. A partir de ese momento, la Corona de Castilla no consideró a Norteamérica como un territorio de paso, sino como una extensión de sus fronteras virreinales.

El hito urbano definitivo ocurriría en 1565. Por orden del Rey Felipe II, el marino Pedro Menéndez de Avilés fundó San Agustín de la Florida. Cuando los ingleses levantaron sus primeros cobertizos de madera en Jamestown en 1607, San Agustín de la Florida ya celebraba su cuadragésimo segundo aniversario como una urbe consolidada. No se trataba de un simple fuerte militar provisional o un puesto de comercio de pieles; era una ciudad formalmente establecida bajo las estrictas directrices de las Ordenanzas de Descubrimiento y Población de las Leyes de Indias.

Contaba con un trazado de calles en damero articulado en torno a una plaza mayor, una iglesia parroquial, un convento franciscano, un hospital civil y un castillo defensivo de piedra de coquina –el Castillo de San Marcos– capaz de resistir los embates de la artillería naval europea. Fue precisamente en San Agustín donde, el 8 de septiembre de 1565, quedó documentado el verdadero primer Día de Acción de Gracias en el territorio continental de los Estados Unidos. Tras celebrar una misa solemne de agradecimiento en las costas floridanas, las tropas españolas y los nativos compartieron una comida comunitaria en señal de alianza y paz.

Mientras el relato fundacional estadounidense invita a mirar con exclusividad hacia el frío noreste de Massachusetts para conmemorar el origen de sus tradiciones, los hechos demuestran que la primera piedra angular de la civilización europea y el mestizaje en este país ya estaba firmemente colocada en las cálidas tierras del sur de la Florida.

La presencia hispana no se limitó a enclaves defensivos en el litoral atlántico. Mientras las trece colonias inglesas permanecieron durante casi un siglo y medio confinadas a una estrecha franja de terreno entre el océano y la cordillera de los Apalaches, las expediciones españolas ya se adentraban miles de kilómetros en el corazón de Norteamérica, abriendo rutas que siglos más tarde utilizarían los colonos estadounidenses en su expansión hacia el Pacífico.

El paisaje humano y geográfico del interior profundo comenzó a revelarse gracias a epopeyas humanas casi inverosímiles, como la de Álvar Núñez Cabeza de Vaca entre 1528 y 1536. Tras sobrevivir al catastrófico naufragio de la expedición de Pánfilo de Narváez en las costas de Florida, Cabeza de Vaca, junto al esclavo norteafricano Estebanico y otros dos compañeros, cruzó a pie todo el actual estado de Texas, los desiertos de Nuevo México y las llanuras de Arizona. En su periplo de ocho años, Cabeza de Vaca vivió como esclavo, comerciante y chamán entre diversas tribus indígenas, convirtiéndose en el primer hombre del Viejo Mundo en describir la inmensidad de las grandes praderas americanas y las gigantescas manadas de bisontes, a los que llamó «vacas jorobadas».

Casi de forma simultánea, en 1539, Hernando de Soto lideró una expedición militar y de exploración que se internó en lo que hoy es el sur profundo de los Estados Unidos. A lo largo de cuatro años, de Soto y sus hombres recorrieron los actuales estados de Georgia, las Carolinas, Tennessee, Alabama y Misisipi. Aunque la campaña fue brutal y costó la vida del propio adelantado, la expedición supuso el avistamiento y cruce por primera vez del majestuoso río Misisipi por parte de ojos europeos, mapeando las complejas jefaturas indígenas del Periodo Misisipiano mucho antes de su colapso definitivo.

Paralelamente, en 1540, Francisco Vázquez de Coronado partió desde la Nueva España hacia el norte con el objetivo de hallar las míticas e inexistentes «Siete Ciudades de Cíbola». Aunque no encontró el oro que buscaba, la vanguardia de su expedición, comandada por García López de Cárdenas, se topó con un abismo de proporciones colosales en el norte de Arizona: eran los primeros europeos en contemplar la sobrecogedora inmensidad del Gran Cañón del Colorado. Coronado continuó su avance a través de las llanuras de Texas y Oklahoma, llegando incluso hasta las fértiles tierras del actual estado de Kansas. Para finales del siglo XVI, en 1598, Juan de Oñate consolidó este esfuerzo exploratorio al fundar la provincia de Nuevo México y trazar el tramo septentrional del Camino Real de Tierra Adentro.

Esta impresionante arteria comercial y cultural, que unía la Ciudad de México con San Juan de los Caballeros (y posteriormente con la ciudad de Santa Fe, fundada en 1610), funcionó durante siglos como el eje vertebrador del suroeste americano. Por esta ruta fluían no solo mercancías, herramientas y ganado, sino también las ideas, la arquitectura y las Leyes de Castilla, estableciendo un orden civil continuo en el interior del continente cuando la costa de Nueva Inglaterra aún era un bosque inexplorado por los británicos.

La punta de lanza de esta vasta expansión no fue únicamente militar o económica, sino profundamente espiritual, articulada a través de un sistema de misiones. La evangelización católica no operó como un elemento secundario, sino como el motor mismo que justificaba y estructuraba la presencia hispana en el territorio. Órdenes religiosas como los franciscanos, jesuitas y dominicos levantaron complejos arquitectónicos, agrícolas y sociales que transformaron por completo la demografía y la geografía norteamericana. En el suroeste, el jesuita Eusebio Francisco Kino fundó a finales del siglo XVII más de veinte misiones en Arizona, transformando la región mediante la introducción de la ganadería y técnicas agrícolas avanzadas.

En Texas, los franciscanos erigieron una red de misiones en San Antonio cuya joya arquitectónica, la Misión de San Antonio de Valero, pasaría a la posteridad bajo el nombre de El Álamo. Décadas más tarde, a partir de 1769, fray Junípero Serra acometería la fundación de una cadena de veintiuna misiones a lo largo de El Camino Real de California. Estos centros no eran templos aislados, sino los núcleos urbanos primitivos que dieron origen a metrópolis actuales como San Francisco, Los Ángeles, San José, Sacramento, Santa Fe o Corpus Christi. A través de la catequesis, la arquitectura barroca, el bautismo y la implantación del santoral católico, España sembró una cosmovisión religiosa y bautizó la geografía con una herencia sagrada que sigue definiendo la identidad espiritual del sur y suroeste de los Estados Unidos hoy en día.

De forma paralela a la fe, la lengua castellana se consolidó como el primer idioma europeo de comunicación interétnica y de alta cultura en el norte de América. No llegó como un dialecto provisional, sino como una lengua jurídica, escrita y respaldada por la primera gramática moderna de Europa. El castellano se convirtió en la herramienta indispensable para la cartografía científica, el registro legal de tierras y la redacción de crónicas que describieron por primera vez la flora, la fauna y la antropología del continente.

Lejos de extinguirse tras el avance anglosajón, la lengua española permaneció incrustada en las raíces jurídicas de los nuevos estados e inauguró una rica tradición literaria nativa mucho antes de que nacieran los grandes autores del canon estadounidense. El castellano no es un invitado reciente en la mesa de los Estados Unidos; es una lengua matriz que otorgó nombre y voz original al territorio. De hecho, según consta en una carta de George Washington a Joseph Reed, el gobernador Luis de Unzaga fue pionero en usar el nombre de «Estados Unidos». En dicha misiva, Washington destaca que Unzaga le envió una carta «muy halagadora» en la que, según sus palabras: «Me otorga el título de general de los Estados Unidos Americanos, un paso tolerable para declararse nuestro aliado en términos positivos»

Esta intensa y prolongada relación dio pie a una transformación social de tal magnitud que alteró de forma irreversible el estilo de vida de las propias naciones originarias de Norteamérica. Contrario a la simplificación histórica que sitúa al español como un idioma recluido en los cuarteles, el castellano se transformó rápidamente en la lengua franca indiscutible del oeste americano, empleada de forma habitual por grupos indígenas que ni siquiera compartían la misma familia lingüística entre sí.

Naciones soberanas, guerreras y sumamente celosas de su autonomía como los comanches, los apaches, los navajos y los utis utilizaban el idioma español como la lengua oficial para la alta diplomacia, la delimitación de territorios de caza, la negociación de rescates de cautivos y el intercambio en las ferias comerciales de Taos y Pecos. El bilingüismo era una cualidad valorada y común entre los jefes y chamanes nativos. De hecho, las lenguas nativas del suroeste terminaron por absorber una inmensa cantidad de préstamos lingüísticos del español para designar realidades, animales y objetos tecnológicos que no existían en el continente antes del contacto europeo. Un ejemplo notable se encuentra en el idioma navajo contemporáneo, donde la palabra para denominar al dinero es béeso (derivado directo del peso de plata español) y el término para referirse a la vaca es bégashii (derivado de la palabra castellana vaca).

Naciones soberanas, guerreras y sumamente celosas de su autonomía como los comanches, los apaches, los navajos y los utis utilizaban el idioma español como la lengua oficial para la alta diplomacia

El impacto más radical e icónico de esta era fue la introducción de la cultura ecuestre y del ganado vacuno. Los caballos andaluces y las vacas de cuernos largos (Longhorns), abandonados o comerciados en las misiones españolas de Texas y Nuevo México, se reprodujeron con asombrosa rapidez en las grandes llanuras. Este fenómeno biológico alteró drásticamente la estructura socioeconómica de los pueblos nativos. Tribus como los comanches abandonaron la agricultura de subsistencia para convertirse en una de las fuerzas de caballería más formidables del continente, creando un verdadero imperio comercial basado en el manejo del caballo español.

Toda la mística del cowboy norteamericano –que la industria del entretenimiento de Hollywood ha exportado al mundo como el símbolo supremo de la identidad estadounidense– no es más que una traducción y adopción tardía del modo de vida del vaquero hispano del siglo XVII. El vocabulario técnico del campo estadounidense delata este origen: palabras como lariat (de la reata), chaps (de chaparreras), lasso (de lazo), stampede (de estampida), rodeo, rancho y mustang (de mesteño, el ganado sin dueño que pastaba en los campos) demuestran que las técnicas de arreo, las sillas de montar, el uso del lazo y las espuelas ya se dominaban a la perfección en el suroeste mucho antes de que los colonos de habla inglesa cruzaran el río Misisipi.

Dada la inmensidad territorial y el peso geopolítico del Imperio Español en el continente, es natural que los hombres que diseñaron el andamiaje institucional de los Estados Unidos observaran con enorme respeto, interés y, en ocasiones, recelo del idioma y el pensamiento del mundo hispánico. Lejos de la indiferencia que hoy impera en los programas educativos, los Padres Fundadores eran plenamente conscientes de que el destino de su joven república estaba indisolublemente ligado al pasado y al presente de España.

Thomas Jefferson, el refinado polímata virginiano y principal redactor de la Declaración de Independencia de 1776, poseía un profundo dominio de la literatura y la historia española. En sus cartas personales, Jefferson insistía de manera vehemente en que el español debía ser la asignatura obligatoria y prioritaria para cualquier joven estadounidense que aspirara a dedicarse a la política, el comercio o las leyes. En una célebre misiva dirigida a su sobrino Peter Carr en 1787, Jefferson le aconsejaba: «Dedícate al estudio del idioma español con toda la asiduidad que puedas. Al cubrir este y el inglés casi toda la faz de América, deberían ser bien conocidos por todo habitante que pretenda mirar más allá de los límites de su granja».

Y, en otra carta, del mismo 1787, dirigida a su futuro yerno Thomas Mann Randolph, Jefferson escribía: «Presta gran atención a esto y esfuérzate por adquirir un conocimiento preciso del mismo. Nuestras futuras conexiones con España e Hispanoamérica harán de ese idioma una valiosa adquisición. La historia antigua de una gran parte de América también está escrita en esa lengua». El propio Jefferson ponía en práctica lo que predicaba: confesó en sus memorias haber aprendido los fundamentos del idioma castellano en apenas diecinueve días durante su travesía atlántica rumbo a Francia en 1784, utilizando únicamente una gramática elemental y una edición del Don Quijote de Miguel de Cervantes, obra que consideraba una de las cumbres del pensamiento humano y que aconsejaba leer diariamente a sus hijas en su idioma original.

Por su parte, John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos y uno de los teóricos constitucionales más influyentes de la revolución, experimentó un contacto directo con las instituciones hispanas en el invierno de 1780. Tras sufrir una avería el barco en el que viajaba hacia París, Adams se vio obligado a desembarcar en el puerto gallego de Ferrol y cruzar a caballo todo el norte de España.

Durante su trayecto por tierras vizcaínas, Adams quedó fascinado por el sistema de fueros y las libertades históricas que gozaba el pueblo vasco bajo su propio ordenamiento jurídico tradicional. Esta experiencia causó tal impacto en su pensamiento que, años más tarde, al redactar su monumental obra Defensa de las Constituciones de Gobierno de los Estados Unidos, Adams utilizó explícitamente el ejemplo histórico del Gobierno foral de Vizcaya como un argumento empírico fundamental para justificar la necesidad de la separación de poderes y la autonomía de los gobiernos locales frente al centralismo.

Cuando las tensiones entre las trece colonias y la Corona Británica estallaron finalmente en un conflicto armado abierto, el vínculo entre la naciente Unión y el Imperio Español transitó rápidamente del plano de la especulación intelectual al terreno de la alianza militar y financiera estratégica. El triunfo definitivo de George Washington sobre el poderoso Ejército de Jorge III habría sido, desde el punto de vista logístico y material, un absoluto imposible sin la intervención directa, decidida y costosa de España.

El Rey Carlos III, asesorado por su hábil ministro el Conde de Floridablanca, vio en la Revolución Americana la oportunidad perfecta para debilitar la hegemonía global de Gran Bretaña. Para evitar represalias diplomáticas tempranas, España articuló una masiva red de contrabando y ayuda económica encubierta a través de la casa comercial Gardoqui e Hijos, dirigida en Bilbao por Diego de Gardoqui, quien años más tarde se convertiría en el primer embajador oficial de España ante el Gobierno de los Estados Unidos. Las cifras de este suministro secreto, sepultadas durante siglos en los archivos oficiales, son contundentes y determinantes.

La Corona española inyectó millones de reales en plata de alta pureza –procedentes de las cecas de México y Potosí– directamente en las arcas del Congreso Continental, permitiendo estabilizar una economía rebelde que se encontraba al borde del colapso inflacionario. Además de los fondos monetarios, los barcos españoles descargaron en los puertos rebeldes un inventario bélico monumental: más de treinta mil mosquetes con sus respectivas bayonetas, miles de uniformes militares, mantas para el crudo invierno de Valley Forge, medicinas esenciales como la quinina y toneladas de pólvora de alta calidad, indispensables para sostener las operaciones del precario Ejército Continental.

Sin embargo, el compromiso español no se limitó al envío de recursos materiales desde la retaguardia. Tras la declaración formal de guerra de España a Inglaterra en 1779, la participación de las fuerzas hispanas en el frente de batalla fue directa, estratégica y sangrienta. Bernardo de Gálvez, el joven y brillante gobernador de la Luisiana española, lideró una campaña militar impecable que desarticuló por completo los planes británicos en el sur del continente. Al mando de un ejército multinacional compuesto por soldados regulares españoles, milicianos criollos, voluntarios mexicanos, negros libres, acadianos y guerreros indígenas, Gálvez avanzó a lo largo del río Misisipi capturando los fuertes británicos de Manchac, Baton Rouge y Natchez.

El punto culminante de la intervención de Gálvez se produjo en mayo de 1781 con la Batalla de Pensacola. Tras un prolongado y feroz asedio naval y terrestre contra una de las plazas fuertes mejor defendidas por los británicos en la Florida Occidental, Gálvez rompió las líneas enemigas al adentrarse en la bahía a bordo de su navío Galveztown, al grito de «Yo solo», ante la vacilación del resto de la flota. La caída de Pensacola tuvo consecuencias geopolíticas devastadoras para Londres: privó por completo a la Armada Británica de sus bases de operaciones en el Golfo de México y abrió un segundo frente militar de tales dimensiones que impidió que el general Cornwallis recibiera refuerzos o evacuara a sus tropas por el sur, pavimentando de manera directa el camino hacia la capitulación británica en Yorktown.

Paralelamente, el esfuerzo bélico se libró también en el mar a través de figuras como el marino menorquín Jorge Farragut, quien se unió voluntariamente a la causa revolucionaria combatiendo con distinción tanto en la caballería de Carolina del Sur como en las operaciones navales contra los barcos ingleses. La tradición náutica y el compromiso patriótico de Farragut echaron raíces profundas en el suelo de la nueva nación: su hijo, David Farragut, heredaría el legado militar familiar para convertirse, durante la Guerra de Secesión, en el primer hombre en ostentar el rango de Almirante en la historia de la Marina de los Estados Unidos.

El propio George Washington reconoció la magnitud de la deuda contraída con el mundo hispano. Durante el desfile triunfal de la victoria y en los actos posteriores de toma de posesión presidencial, Diego de Gardoqui desfiló a la izquierda del propio Washington, un gesto de protocolo que expresaba el agradecimiento de la nueva república hacia la nación española que tanto había ayudado, militar y financieramente, para hacer posible el nacimiento de los Estados Unidos.

El desenlace de la Guerra de Independencia y la posterior expansión territorial de los Estados Unidos durante el siglo XIX –mediante la compra de la Luisiana en 1803, la adquisición de la Florida a través del Tratado de Adams–Onís en 1819, la anexión de Texas en 1845 y la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, –que incorporó el 55 % del territorio de México— suelen presentarse como la sustitución total de un orden antiguo por un sistema jurídico anglosajón moderno.

No obstante, el análisis del derecho civil y de las leyes estatales vigentes en la actualidad demuestra que el espíritu legal de Castilla y de las ordenanzas españolas sobrevivió a la conquista política y sigue rigiendo los aspectos más cotidianos de la vida de millones de ciudadanos estadounidenses. Uno de los ejemplos más contundentes de esta persistencia institucional se encuentra en el régimen legal de la propiedad comunitaria de bienes matrimoniales (community property). Bajo los principios tradicionales del Common Law británico —el sistema jurídico que las trece colonias heredaron de Inglaterra—, la mujer casada carecía por completo de personalidad jurídica independiente; al contraer matrimonio, todos sus bienes, herencias y derechos de propiedad pasaban de manera automática a ser controlados y usufructuados de forma exclusiva por el marido.

En caso de divorcio o viudez, la mujer quedaba desprotegida y a expensas de las decisiones del cónyuge o de los herederos varones. En contraste, el derecho civil de raigambre castellana e hispanoamericana, fundamentado en las Leyes de Toro y las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio, contemplaba el matrimonio como una sociedad de gananciales compartidas al cincuenta por ciento de manera simétrica. Bajo este marco legal, las mujeres españolas y mestizas mantenían la propiedad absoluta de los bienes que aportaban al matrimonio, conservaban su apellido y tenían derecho legal inalienable a la mitad de todo lo acumulado por la sociedad conyugal.

Cuando estados con un profundo pasado hispánico como California, Texas, Arizona, Nuevo México, Nevada, Idaho, Washington y Luisiana redactaron sus constituciones estatales formales tras unirse a la Unión, conservaron el sistema de propiedad comunitaria heredado de las leyes españolas. Hoy en día, la protección económica de millones de matrimonios en el oeste de los Estados Unidos se rige bajo un concepto de justicia que se redactó originalmente en español.

Un fenómeno idéntico ocurre con la ordenación jurídica de los recursos naturales en las regiones más áridas del continente. El derecho anglosajón original del este de los Estados Unidos contemplaba los «derechos ribereños», un sistema diseñado para climas lluviosos donde el propietario de una tierra colindante a un río tenía el derecho exclusivo de usar el agua de manera ilimitada, impidiendo su desvío hacia zonas del interior. En los desiertos de Arizona, Nuevo México y California, este sistema habría hecho inviable la agricultura y el desarrollo urbano. En su lugar, los estados del suroeste adoptaron la doctrina de la apropiación previa (prior appropriation doctrine) y el sistema de gestión comunal del agua a través de acequias.

Este marco institucional deriva de manera directa de las Leyes de Indias y los reglamentos de aguas de la época colonial española, los cuales establecían que el agua era un bien común de propiedad pública, cuya distribución se asignaba en función de la necesidad social, el uso productivo prioritario y el mantenimiento colectivo de la infraestructura de riego por parte de la comunidad. El intrincado sistema de canales que hoy permite la existencia de la agricultura a gran escala en el Valle Central de California o el abastecimiento de metrópolis en medio del desierto como Phoenix o Las Vegas opera bajo principios jurídicos que los alcaldes y gobernadores hispanos legislaban tres siglos atrás.

Escribir sobre la influencia hispana en la formación de los Estados Unidos desde sus orígenes remotos no es, bajo ninguna circunstancia, un ejercicio de nostalgia, una reclamación de carácter político ni una demanda contemporánea de reconocimiento cultural para una minoría. Es, en su dimensión más elemental, un acto de estricta honestidad intelectual y restitución histórica.

El pasado hispánico de la nación norteamericana no requiere ser inventado ni exagerado; se encuentra grabado de forma permanente en la superficie y en las entrañas del propio país. Está presente en la toponimia que otorga identidad a estados como Florida (la tierra de las flores), Colorado (por el tono rojizo de las arcillas de su río), Nevada (por las cumbres cubiertas de nieve de su sierra) o Montana (herencia directa de la palabra montaña). Se manifiesta en los nombres de grandes metrópolis globales como Los Ángeles, San Francisco, San Antonio, San Diego, El Paso o Sacramento.

Incluso el símbolo más universal del capitalismo estadounidense y global, el signo del dólar, es un recordatorio gráfico de este origen. La grafía del signo se inspira directamente en las Columnas de Hércules entrelazadas por una banda con la inscripción Plus Ultra que aparecían grabadas en los reales de a ocho españoles, la divisa de plata más fuerte del planeta que el propio Congreso de los Estados Unidos declaró como su primera moneda de curso legal oficial, utilizándose de forma cotidiana en sus mercados hasta el año 1857.

Omitir, postergar o reducir la historia previa a las trece colonias a un simple párrafo marginal en los manuales escolares no borra el pasado; simplemente predispone a las generaciones actuales a habitar un presente que les resulta históricamente incomprensible. La historia de los Estados Unidos de América no comenzó con un sermón en inglés en las costas de Nueva Inglaterra. Comenzó mucho antes, con un plano urbano trazado en damero, una victoria militar estratégica y un mapa continental dibujado detalladamente en español.

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