Happy Birthday USA: el 4 de julio también habla español
Estados Unidos celebra 250 años de independencia. España ayudó a nacer a la república de la libertad. Es hora de reconocerlo sin complejos
250 aniversario de la independencia de Estados Unidos
Estados Unidos celebra 250 años de independencia. España debería celebrarlo también. Ayudó a derrotar a los británicos, financió la guerra con su plata, protegió el flanco sur y dejó en el oeste una civilización que la joven república heredó, no inventó de la nada.
El primer párrafo operativo de su Declaración de Independencia sigue siendo un faro para todos los que amamos la libertad: «Consideramos estas verdades como evidentes, que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».
Los americanos lo celebrarán con banderas, fuegos artificiales y discursos sobre Jefferson, Washington, Franklin y Hamilton… y Lafayette. Pero nadie hablará de Gardoqui, Saavedra ni de Gálvez. Ni del rol de La Habana o Pensacola. España, si tuviera más autoestima histórica y mejor marketing, también debería celebrarlo. Porque no fuimos figurantes. Fuimos banqueros, proveedores, soldados, aliados estratégicos y, antes incluso de que la joven república mirara al oeste, ya habíamos dejado allí una civilización.
España ayudó a que Estados Unidos naciera
España no entró en la guerra por amor abstracto a la libertad americana, sino por un interés estratégico: debilitar a Gran Bretaña, recuperar posiciones y mantener el control del Atlántico y del golfo. Francia tampoco apoyó a los rebeldes por amor al arte. La política exterior funciona así.
Diego de Gardoqui, desde Bilbao, canalizó el apoyo financiero y material a las colonias a través de sus redes de comerciantes. No fue solo el Estado español el que actuó: fueron empresarios españoles los que movieron armas, suministros y dinero a los rebeldes en los primeros años críticos. Vernon le describe como el hombre encargado por Carlos III de supervisar esa ayuda. Su labor fue discreta, eficaz y decisiva.
El papel español en la revolución americana fue tan real como el francés, y en algunos aspectos más relevante para el resultado final
Bernardo de Gálvez, desde Luisiana, abrió el Misisipi para los rebeldes, tomó posiciones británicas en Baton Rouge, Mobile y Pensacola, y protegió el flanco sur de los revolucionarios. Sus campañas, con fuerzas combinadas de españoles, criollos, negros libres e indígenas, limpiaron el Golfo de presencia británica. El papel español en la revolución americana fue tan real como el francés, y en algunos aspectos más relevante para el resultado final. El Congreso estadounidense corrigió tarde esa injusticia histórica concediéndole en 2014 la ciudadanía honoraria de Estados Unidos. (Por cierto, Juancho, eso te hace un «Son of the American revolution»).
Yorktown ocurrió gracias a la plata española
La independencia americana se ganó con pólvora, barcos, logística y dinero. Y mucha parte de ese dinero salió del imperio español. Como tantas veces en la historia, detrás de los grandes discursos hubo contabilidad. La libertad americana necesitó crédito, suministros y plata. Y ahí apareció España: desde Bilbao, desde Nueva Orleans, desde La Habana.
No se puede subestimar la importancia de la plata recaudada en La Habana. En 1781, con la moneda continental depreciada hasta la hiperinflación, los marineros franceses se negaban a embarcar si no les pagaban su salario. Francia no tenía guita. Francisco de Saavedra organizó, en cuestión de horas, una colecta extraordinaria de más de medio millón de pesos de plata entre comerciantes, terratenientes y funcionarios de La Habana. Ese dinero permitió que la flota de almirante de Grasse navegara hacia el norte y cerrara la trampa en Yorktown.
Sin esa intervención española, probablemente no habría ocurrido Yorktown. Sin España, los marineros franceses no habrían navegado, la Marina británica no se habría visto obligada a luchar en múltiples frentes, y el flanco sur americano habría sido mucho más vulnerable. La plata de Cuba financió la victoria decisiva.
El dólar también tiene genealogía española
El «Spanish milled dollar», el real de a ocho, circulaba ampliamente en las colonias. Era estable, reconocible y fiable. El propio símbolo del dólar ($) tiene origen en el peso español, según la historia oficial de la moneda estadounidense. La famosa S y las dos columnas no son otra cosa que una abstracción del escudo real español con las columnas de Hércules y el Plus Ultra. Luego los gringos, amigos de la brevedad, le quitaron una de las columnas.
El propio símbolo del dólar ($) tiene origen en el peso español, según la historia oficial de la moneda estadounidense
La ironía es maravillosa: el país que terminaría convirtiendo el dólar en la divisa imperial del mundo eligió como referencia monetaria una moneda española. El capitalismo americano, antes de hablar con acento de Wall Street, tintineaba en reales de a ocho. Es por este hecho que las acciones en Wall Street cotizaban hasta hace muy poco en dieciseisavos de dólar. Era la parte más pequeña en la que se podía dividir el Real o, Peso.
Antes de que existiera la Reserva Federal, antes de Bretton Woods y antes de que el dólar sustituyera al oro como lenguaje del poder mundial, hubo una moneda que los comerciantes aceptaban a nivel global porque era estable y generaba confianza: el real de a ocho. No hay civilización comercial sin confianza. Y en aquella América, durante mucho tiempo, esa confianza se acuñaba en español.
Cuando EE. UU. miró al oeste, no encontró un vacío
Cuando la joven república americana empezó a mirar hacia el oeste, no encontró un mapa vacío esperando la llegada de los pioneros anglosajones. Encontró pueblos indígenas, sí, pero también una huella hispana muy concreta: ciudades, misiones, presidios, caminos, ranchos, iglesias, acequias, ganado, derecho, toponimia y una forma de vida que ya llevaba siglos adaptándose al continente.
San Agustín, Florida, fue fundada en 1565 y es la ciudad de origen europeo y continuamente habitada más antigua de EE. UU.; precede a Jamestown y Plymouth. Santa Fe fue fundada en 1610 y es la capital estatal más antigua de EE. UU. El Camino Real de Tierra Adentro conectaba Ciudad de México con Texas y Nuevo México; una ruta de unos 2.600 km. Las misiones españolas se extendieron desde Florida hasta California.
Mucho antes de que Hollywood inventara el western, ya había caballos, ranchos, vaqueros, plazas, misiones y caminos reales. El «cowboy» no cayó del cielo protestante de Nueva Inglaterra: tiene abuelo andaluz, extremeño, canario y mexicano. Gerónimo hablaba español. La arquitectura de todo el sudoeste es española en su esencia. España no solo ayudó a ganar la independencia: dejó las bases materiales de lo que después sería el oeste americano.
España perdió el relato; Estados Unidos lo convirtió en épica nacional
EE. UU. hizo algo extraordinario: convirtió su historia en un relato nacional coherente y orgulloso (y un pelín falso). Francia, cuando se dio cuenta de que lado estaba cayendo el poder, magnificó su rol en la revolución hasta un punto casi obsceno. Pero efectivo. España, en cambio, permitió que otros contaran la suya.
La diferencia entre Estados Unidos y España es que Estados Unidos convirtió su historia en una epopeya nacional, mientras España permitió que la suya fuera narrada por sus enemigos, corregida por sus acomplejados y administrada por burócratas culturales con alergia a la palabra grandeza.
Los americanos celebran Plymouth aunque San Agustín sea anterior. Celebran el Far West aunque buena parte del oeste ya tuviera nombres españoles. Celebran el dólar sin recordar el real de a ocho. No lo hacen por maldad. Lo hacen porque las naciones sanas seleccionan símbolos, los repiten y los enseñan. España lleva demasiado tiempo disculpándose por haber existido.
La relación España-EE. UU. no es nostalgia; es futuro
En un mundo multipolar, con la IA, la reindustrialización, la energía, la defensa y la disputa civilizatoria como ejes, España debería dejar de actuar como un socio menor acomplejado. La relación con EE. UU. no debería reducirse a bases militares, turismo y antiamericanismo de sobremesa.
España debería entender que su relación con Estados Unidos no es una anomalía atlántica, sino una continuidad histórica. Compartimos más de lo que creemos: derecho, comercio, religión cristiana, desconfianza frente al poder central excesivo, expansión territorial, mezcla cultural, vocación oceánica y una relación compleja –a veces gloriosa, a veces trágica– con todo el continente americano. Pero sobre todo, tras la tragedia de la guerra civil y el Franquismo, somos una nación esencialmente joven.
Más de 65 millones de estadounidenses tienen orígenes hispanos y una renta media significativamente superior a la española. Son un puente natural y un activo estratégico, no un problema demográfico. Si España quiere pintar algo en el siglo XXI, tendrá que recuperar tres virtudes que también explican el éxito americano: confianza en la iniciativa privada, orgullo civilizatorio sin complejos y capacidad de proyectar poder sin pedir perdón por ello.
Una nación adulta reconoce su huella
Estados Unidos cumple 250 años. Que lo celebren, por supuesto. Pero que lo celebremos también nosotros. No por complejo de colonia cultural, ni por nostalgia imperial. Sino porque una nación adulta sabe reconocer dónde dejó una huella positiva.
España ayudó a nacer a los Estados Unidos. Les prestó moneda, les abrió caminos, les dejó ciudades, nombres, instituciones y una frontera occidental que no surgió de la nada. Les dio, sobre todo, margen para que el experimento de la libertad y el autogobierno limitado prosperara en el nuevo continente.
El 4 de julio no es una fiesta española. Pero tampoco nos debería ser ajena. Como está haciendo Francia, deberíamos celebrarlo. Detrás de los fuegos artificiales en las calles de San Agustín, en Santa Fe, en California, en Texas, en Florida o Colorado, del símbolo del dólar y del retrato de Gálvez en el Capitolio, hay una verdad que España debería repetir con más orgullo y menos complejos: antes de que Estados Unidos fuera una potencia continental, España ya había estado allí. Y ayudó a convertir a esa joven nación en lo que es hoy en día.