«Mi casa es mi castillo». Así lo estableció el jurista Edward Coke en el siglo XVI en el aventajado Reino Unido de la época. Y desde entonces nadie ha encontrado razonamiento alguno para derribar el argumento legal según el cual la policía no puede entrar en el domicilio particular de un ciudadano sin causa legalmente justificada y refrendada por un juez. Eso en una democracia parece saberlo todo el mundo, menos los agentes que el año pasado dieron la patada en la puerta en un domicilio particular en Madrid, demostrando su mala formación profesional y su ignorancia de la ley. Pero ese desconocimiento de la norma no les va a servir para ser exonerados de una falta grave. El juez ha visto delito en ese comportamiento. A lo peor, el policía lo hizo porque vivía en un contexto de creciente populismo izquierdista que alentaba ese tipo de proceder antidemocrático alentado desde el Gobierno central, que decretó un estado de alarma a todas luces ilegal. Pero eso no hace decaer ni un solo derecho al ciudadano medio. Tal vez Marlaska tenía que habérselo explicado con detalle a ese humilde agente que se sintió Sansón ante la puerta de un domicilio particular. Aquella puerta era la frontera que nunca debió haber sido traspasada, la intimidad del castillo un ciudadano: su casa.
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