Madrid está en racha. El turismo en el mes de octubre se disparó hasta llegar a cifras anteriores a la pandemia. Se ha convertido así en el foco urbano con más atractivo de España, cuando antes ostentaba esa meritoria condición Barcelona. Ayer, por otra parte, la Fundación japonesa Mori Memorial, especializada en la evaluación de ciudades globales, ha calificado a la capital española como la número uno en bienestar y seguridad, mientras que en su clasificación global la coloca en noveno lugar, subiendo cuatro puestos. Nada de lo anterior es casualidad. Barcelona sigue quedando rezagada porque sus ciudadanos se han empeñado en priorizar determinadas cuestiones, bastante estériles todas ellas, sobre los motores que generan progreso y modernidad. Mientras, el poblachón manchego que era Madrid sigue actuando de imán de inversiones extranjeras, visitantes de todo el mundo y negocios de la más diversa extracción. Entre otras muchas razones por las que se ha convertido en la ciudad más libre de España, mientras otros gobernantes, de izquierdas y de derechas, no hacen otra cosa que inventarse acotaciones al ejercicio de los derechos y la vida cotidiana de los ciudadanos como, por ejemplo, en los horarios comerciales o apertura de la hostelería. Madrid se dispara. Es positivo para España y para sus ciudadanos. Es también una lección que tal vez otros muchos deberían aprender. Con su actual modelo, la capital ofrece más riqueza y más libertad; por tanto, mayor cohesión social y progreso.
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