06 de diciembre de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Yo te insulto, pero tú me tienes que aplaudir

Imbuido de una falsaria superioridad moral, nuestro «progresismo» lo quiere soplar y sorber a un tiempo

Aunque no soy admirador de su literatura, y menos de su pensamiento político maniqueo e intolerante, siento que se haya muerto Almudena Grandes, y más al haberse ido con solo 61 años. En paz descanse. Fue una escritora de notable éxito de público, un indudable brío narrativo y gran vocación. Los admiradores y allegados de Grandes han ensalzado además sus cualidades humanas, recordando que en su vida privada sabía cultivar la amistad y la adornaba un gran sentido del humor. Dudo mucho que dentro de quince años se la siga leyendo. Pero bueno, en este país amnésico, hoy casi no se lee ya a Cela, que sí fue un auténtico titán que volteó la narrativa española (ni siquiera a Valle-Inclán, que en mi modesta opinión es nuestro auténtico número uno).
Como todos los escritores y articulistas, Almudena Grandes ofrecía su trabajo en el libre mercado. A unos les encantaban sus novelas y artículos; a otros, no tanto, y algunos simplemente no podían con ella. Pero resulta indiscutible que gozó del seguimiento de su parroquia, lo que le permitió vivir bien de su pluma. No se puede negar su éxito: está ahí.
Sin embargo, del hecho de que una escritora tenga su público no se puede extrapolar de manera automática que deba ser enaltecida como hija predilecta de su ciudad, en este caso, Madrid. Para alcanzar tales honores hace falta algo más que vender muchas novelas o escribir en un periódico importante. Es imprescindible que la figura distinguida suscite un mínimo consenso aprobatorio entre la población de la ciudad en cuestión. Y aquí es donde llega el problema de Almudena Grandes. Su ideario político en la práctica venía a negar su derecho a existir a los partidos de derecha contrarios a su ideología socialista (y por ende, a los votantes de los mismos). Y no es algo que diga yo, lo exponía ella claramente en sus combativos artículos. Por ejemplo, en una columna en «El País» de junio de 2019, la literata imploraba a Sánchez que mantuviese un «cordón sanitario» (sic) para marginar por completo a los partidos de derechas: «[Sánchez] no puede rozarle la ropa con ninguno de los tres miembros de esa unidad de destino en lo universal que ha resucitado el fascismo en España».
Almudena Grandes se pasó décadas tachando de fascistas y ultras a partidos de derecha perfectamente legítimos, y a sus votantes. ¿Aplaudirán los insultados que se haga hija predilecta de su ciudad a la escritora, como va a ocurrir tras la envainada del alcalde Almeida para sacar adelante los presupuestos? ¿Por qué tiene que honrarse públicamente a una persona que con su sectarismo trazaba barreras de buenos y malos madrileños según fuesen de izquierdas y de derechas?
El viudo de la escritora, el poeta Luis García Montero, que desde su cargo al frente del Instituto Cervantes se ha erigido en un poderoso factótum cultural a favor de los autores «progresistas», ha llamado «mezquino» al alcalde Almeida, por desmarcarse un poco en una entrevista de la declaración de la novelista como hija predilecta. Llegamos así al meollo de toda esta historia: en España tenemos una izquierda que no solo te insulta, sino que por encima pretende que los agredidos la aplaudan. Es, una vez más, el cansino síndrome de superioridad moral que arrastra el progresismo, convencido de que es el único creado aceptable y que fuera de él solo queda la caverna de los obtusos.
Almudena Grandes tenía todo el derecho a escribir lo que le diese la gana. Pero nadie debería obligarnos a aplaudirla por ley, y eso es lo que se va hacer aquí.
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