03 de octubre de 2022

HorizonteRamón Pérez-Maura

Cuando Colau te está esperando

Hoy más que nunca y por mucho que les duela a los independentistas catalanes, Barcelona es un fiel reflejo de la realidad de buena parte de España

Una de las cosas más apasionantes de seguir el acontecer político de España es cómo, tantos días, surge una oportunidad de escribir sobre algo totalmente inesperado. Llevamos bastantes meses escuchando cómo Barcelona está hecha un desastre de suciedad, tráfico y problemas de seguridad ciudadana, entre otros, fruto de la brillante gestión de esa mujer que pasó de vivir como activista okupa a ser alcaldesa de Barcelona. Como bien ha dicho en estas páginas Antonio Jiménez, cada uno es responsable de lo que vota y las encuestas le apuntan maneras a Ada Colau para la cita de 2023. Podría incluso volver a ganar.
El maltrato al ciudadano en Barcelona empieza a ser de una dimensión épica. He leído con delectación la columna de opinión publicada por Joaquín Luna (La Vanguardia 04-01-2022), autor con el que no estoy familiarizado y que titula su escrito «Barcelona gana en algo a Madrid». Me anticipo a dar la enhorabuena a los ciudadanos de la Ciudad Condal –me consta que a los independentistas no les gusta que les llamen así y por eso lo hago– porque se han convertido en la ciudad de España con más radares de tráfico. Hay que invertir mucho dinero para alcanzar ese objetivo, pero sin duda Barcelona está sobrada de fondos. Siempre ha sido una ciudad muy rica.
En 2019 Barcelona impuso 347.173 multas. Pero eso no parecía ayudar lo suficiente a que el tráfico estuviera ordenado. La represión no ayudaba tanto como debiera a que se guardara el orden, así que se endureció la mano y en 2020 –ya está disponible la estadística, en la represión es fácil conocer los números con presteza– la cifra de sanciones ha alcanzado las 604.104. No llegan a doblar el número anterior, pero le falta muy poco. Tampoco hay constancia de que se hayan reducido las infracciones. Perdón, corrijo la tontería que acabo de decir: se demuestra que contra más sanciones se producen, más infracciones hay al año siguiente. Pero claro, ya sabemos que esto no se hace con afán recaudatorio. Sólo se ponen más multas, para que haya más multas. Es decir: para el bien del común.
Sucede que por ese centralismo opresor que padece Barcelona, que es víctima de Madrid, había una estadística intolerable: mientras que la capital de España tiene 28 radares –eso según el artículo publicado en La Vanguardia, a mí me parece que tiene muchos más– Barcelona, hasta ahora tenía sólo 20 con los que ha logrado esas más de 6000.000 sanciones. Esto sólo puede ir a mejor –para Colau–. Durante 2022 Barcelona pasará de 20 a 54 radares. Eso es liderar. Y Ada Colau puede conseguir llegar así, sin problemas al millón de multas. Un dinerillo que se puede despilfarrar en muchas cosas. Y esto de multar el exceso de velocidad en las calles en que el máximo estuviera en 40 kilómetros por hora, por ejemplo, es muy igualitario. 40 kilómetros por hora es una velocidad buena para un Seat 600 desvencijado, pero es una velocidad humillante para esos millonarios barceloneses que circulan en sus descapotables provocadores. Pues que les den: Colau ha ideado otra forma de igualar a todos metiéndoles la mano en el bolsillo.
Y lo más increíble es que no acusa el golpe en las encuestas. Hoy más que nunca y por mucho que les duela a los independentistas catalanes, Barcelona es un fiel reflejo de la realidad de buena parte de España.
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