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21 de febrero de 2024

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El sultán de Tetuán visita Dubái

Rajoy se movía con media docena de escoltas, Sánchez se rodea de catorce (más ocho personas de prensa y cuatro de protocolo)

Actualizada 12:20

Los mandatarios escandinavos, el canciller alemán, el primer ministro británico… Todos tienen algo en común: sus dispositivos de seguridad son sólidos, pero discretos. En general intentan evitar grandes séquitos a su alrededor, porque no son propios de los gustos de las tranquilas democracias de solera. Saben que a sus ciudadanos les agrada más un comportamiento llano, poder contemplarlos como lo que en puridad son: representantes electos que están a su servicio eventualmente. Así que los mandatarios intentan mantener una cierta ilusión de proximidad y accesibilidad, aunque en realidad no exista.
Boris Johnson acusó su sobrepeso y las pasó canutas cuando se contagió de covid. Tras el susto, al salir del hospital decidió ponerse a dieta (excepto para sus alegres vinillos en el Número 10). También empezó a hacer deporte. Cada mañana, muy temprano, los paseantes que recorren la hermosura umbría de St. James’s Park pueden ver pasar a su primer ministro a trote cochinero, que diría el viejo Butanito, ataviado con un premeditado porte estrafalario (la pantaloneta de deporte de Boris es un bañador de flores). Por supuesto hay escoltas velando por su seguridad. Pero todo es relajado y casi invisible, ofreciendo al público una apariencia de cercanía y naturalidad. Los grandes circos con séquitos llamativos y fornidas guardias de corps son propios de los sátrapas. Por supuesto tiranuelos tipo Erdogan o Maduro llevan a su vera una enorme colección de guardaespaldas, berlinas oficiales suntuosas, militares, prensa, cámaras oficialistas…
¿Y en cuál de las dos escuelas se ubica nuestro presidente del Gobierno? En efecto, han acertado: a Sánchez le va la gran corte, la ostentación de poder. Algo esperable en un político que tiene el narcisismo como uno de sus rasgos psicológicos más acentuados (los otros son una elástica relación con la verdad y una efigie de acero inoxidable para decir hoy A y mañana B).
¿Cuánta gente del círculo monclovita acompañó a Sánchez en su viaje de 28 horas a Emiratos Árabes del pasado 2 de febrero? Calculen, digan una cifra… Seguro que han perdido la apuesta: se llevó ¡a 45 personas!, incluida su mujer, Begoña Gómez (con aire de primera dama, como si Sánchez fuese en realidad el jefe del Estado español). En el cortejo de Mi Persona en Dubái figuraban cuatro profesionales de Protocolo de Moncloa, cuatro sanitarios, seis miembros del equipo de Comunicación de Presidencia y catorce efectivos de seguridad (incluido un «jefe de Escolta de la esposa del presidente» y un «apoyo al escolta de la esposa del presidente»).
Nuestro Sánchez viaja más blindado que Xi Jinping. Por si no le llegaba toda esa tropa, completaban la comitiva un «ayudante del presidente» y una «vocal asesora del gabinete de la Presidencia del Gobierno». El objeto del viaje era buscar oportunidades de negocio para España. Pero al final volaron a la Expo de Dubái trece empresarios, frente a una troupe presidencial de 45 acompañantes. Había más indios que vaqueros.
¿Y qué tal nos fue con semejante despliegue? En diciembre, Macron llevó a cabo un viaje similar a la Expo de Dubái. Retornó a Francia con un acuerdo para vender armamento galo a los árabes por importe de 16.000 millones, todo un chute de vitaminas para la industria francesa. Además, se rubricaron intercambios por 15.000 millones más. ¿Y qué tal le fue a nuestro Sánchez con su ostentosa comitiva de sultán de Tetuán (Madrid)? Pues ni una cifra. Moncloa solo ha emitido un comunicado con una vaga referencia a «acuerdos de amplio calado económico y político». ¿Probable traducción? Cero patatero. Si en vez de despreciar olímpicamente al Rey Juan Carlos y perseguirlo con saña hubiese pedido su apoyo y consejo, tal vez habría retornado de Emiratos con algún acuerdo cerrado para España y sus empresas. Pero nuestro Sánchez está más en la levitación que en la concreción.
(PD: El viejo Mariano viajaba con seis escoltas y prohibía personalmente más alardes. Cuando dejó el poder, el que había sido su equipo en la Moncloa se restregaba los ojos de asombro al ver que el flamante presidente Sánchez asistía a una simple entrevista en Telecinco con una comitiva de media docena de coches oficiales. El «progresismo» para todas y todos es así).
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