04 de julio de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿Qué diría Thatcher en el congreso del PP?

España necesita pasar de la subcultura de la subvención y la mediocridad a la del esfuerzo, la libertad y las grandes aspiraciones

Al primer ministro laborista británico Clement Attlee, que gobernó de 1945 a 1951, lo apodaban cuando llegó al poder «el pigmeo», por su aparente insignificancia. ¡Hasta su mujer votaba a los tories! Se equivocaban. Los ingleses ganaron la guerra con el carisma, coraje y visión de Churchill. Pero quien estaba en las calderas del Gobierno engrasando el día a día era el sólido Attlee. Contra todo pronóstico, al acabar la guerra los británicos echaron en las urnas al gran héroe y eligieron a su segundo, el gris Attlee. A pesar de sus diferencias ideológicas, el conservador y el laborista se respetaban y congeniaban. Perdido el poder, grupitos de tories acudían a Chartwell, la mansión campestre de Churchill, para llorar sus penas y conspirar junto al viejo león. En una de aquellas tertulias, siempre bien animadas por los espirituosos, un joven tory quiso marcar puntos y se lanzó a despellejar a Attlee. Churchill lo cortó en seco: «Mr. Attlee es un gran patriota. No se atreva a llamarlo 'viejo tonto' en mi presencia o no volverá a Chartwell».
Lo que decía era cierto. Ojalá tuviésemos hoy en España socialistas de la pasta de Attlee, que había luchado por su país en las trincheras y era alérgico al comunismo, pues, como explicaba a los suyos, la diferencia no está entre capitalismo o socialismo, sino entre libertad o dictadura.
Acabada la II Guerra Mundial, la economía británica estaba devastada. Así que Attlee armó un gran programa de asistencia social y reparto de lo que había. De facto montó un sistema socialdemócrata, que pervivió tras su marcha y fue degenerando. A finales de los años setenta, lo que había nacido como un necesario modelo asistencial ante una emergencia se había convertido en un corsé que asfixiaba al país. Los sindicatos ostentaban tal poder que lastraban la economía. La productividad era muy baja. La inflación superaba los dos dígitos. Hasta había problemas puntuales de desabastecimiento. Sé que les está recordando algo... en efecto: la España actual.
A todo aquello le dio la vuelta la valiente hija de un tendero de la Inglaterra eterna: Margaret Hilda Roberts, que luego tomaría el apellido de su marido, Thatcher. Ella entendió que el país renqueaba porque estaba narcotizado por la subcultura del subsidio y la carencia de ilusión. Se había perdido el afán de ir a más y todo se fiaba a la teta del Estado. Leídas hoy, desde esta España sanchista-podemita, sus palabras resultan clarividentes y vale la pena recordar uno de sus más célebres alegatos:
«Estamos pasado un periodo donde muchos niños y la gente piensan: 'Tengo un problema, ¡el Gobierno me lo tiene que arreglar! No tengo casa, el Gobierno debe darme una'. Proyectan sus problemas en la sociedad. Pero, ¿qué es la sociedad? No hay tal cosa. Lo que hay son personas, hombres y mujeres, y familias. Un Gobierno no puede hacer nada si no es a través de la gente y si en primer lugar la gente no cuida de sí misma. Muchos de los subsidios que damos fueron concebidos para que cuando las personas enfermasen contasen con una red de seguridad y una ayuda. Eran para auxiliar a los desafortunados. Ese era el objetivo. Pero de algún modo se ha manipulado el sistema y hay gente que llega a decir: '¿Para qué trabajar? ¡Puedo conseguir tanto en el paro!».
¿Qué hizo Thatcher? Trabajó para crear un país de pequeños propietarios, limitó el poder de los sindicatos, racionalizó los subsidios (que para nada los abolió, como sostiene la caricatura de la izquierda) y reformó la fiscalidad, que dejó de ser confiscatoria. Plantó un metafórico cartel sobre Gran Bretaña que venía a invitar al capital del mundo a invertir allí. En paralelo, aliada con Reagan y el colosal Juan Pablo II, lanzó una batalla de todo orden contra una ideología perversa, el comunismo, que acaba aniquilando siempre la dignidad y prosperidad de las personas. Y la ganaron.
Pero la suya fue sobre todo una revolución de cambio de mentalidad, basada en las experiencias personales de su infancia y juventud. En la tienda de su padre aprendió que la sociedad se construye de abajo a arriba; desde el ahorro, el esfuerzo, el intercambio comercial y la estabilidad de las familias. Sabía que un país con el ascensor social roto es un país averiado. Había sido testigo del premio al trabajo serio y había contemplado también el adocenamiento al que conduce entregarse a una mediocridad subvencionada, que es la propuesta actual de Sánchez y Podemos. Además, buscó el consejo de los mejores. Es muy interesante leer su correspondencia con el filósofo austríaco Hayek, némesis del keynesianismo. Él la iluminó con su obra maestra, Camino de Servidumbre, donde defiende el liberalismo frente al socialismo y la economía planificada, que acaban convirtiendo a los ciudadanos en siervos. Thatcher, graduada en Oxford, se cuidó de alimentar sus neuronas con buenas lecturas antes de ponerse a gobernar.
A la 'Dama de Hierro' la pusieron verde en su día, y sin duda tenía sus defectos, como todo ser humano. Pero sacó del hoyo a su país, que todavía hoy se beneficia del modelo que ella instauró con su osado golpe de timón.
Habría resultado muy didáctico proyectar algún vídeo sobre su obra en el pasado congreso del PP. Porque, insisto, gestionar mejor que Sánchez y Podemos es lo mínimo que cabe esperar de quien los releve, pues ellos no lo pueden hacer peor, pero solo eso sería insuficiente ante lo que hoy tiene encima España.
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