02 de julio de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Nos estamos fumando la herencia del abuelo

Vivimos de rentas y esta espiral de endeudamiento e inventiva cero solo nos lleva al declive, la irrelevancia y el reparto de miseria

Pregunta 1: ¿cuál es la zona del mundo donde mejor se vive hoy en día? Europa Occidental, con su colchón de protección social, su sanidad pública universal, sus ciudades seguras y tranquilas, su agradable ocio, la memoria monumental de un pasado glorioso, su gastronomía y vinos delicados... Pregunta 2: ¿dónde se vivirá mejor en la segunda mitad de este siglo? Desde luego ya no será en Europa Occidental. Hoy somos una cigarra, instalada en una placentera cuesta abajo, que se está fumando la herencia del abuelo y que mantiene su tren de vida irreal a base de acumular una deuda ingobernable.
Lo único que inventa Francia en estos tiempos son variantes de sus galletas macarons, y poco más. Pero hubo un tiempo en que descollaba como vanguardia creativa del mundo. En París, en 1895, se proyectó la primera película de la historia, o despegó en 1906 el avión pionero de Alberto Santos Dumont. Europea es la máquina de vapor del escocés James Watt, que posibilitó la primera Revolución Industrial. La línea férrea pionera en el mundo iba de Stockton a Darlington, en el Noreste de Inglaterra. El primer coche de motor de combustión interna fue el del alemán Benz, en 1886. El microscopio es un invento europeo, tanto el primero (holandés de finales del XVI), como el electrónico (alemán de 1931). El autogiro, precursor del helicóptero, es una idea española.
Europa era el músculo pensante del planeta. De aquí salieron el parlamentarismo, la Carta Magna, el habeas corpus, la propia imprenta. La Escuela de Salamanca española ideó los proto derechos humanos. Pero hoy vivimos de rentas. Décadas de vida muelle nos han ablandado y se nos han oxidado la creatividad y el ingenio. Las ideas, que son lo que mueve el mundo, se están fugando a otros pagos más fértiles. A veces todavía marcamos algún gol en tiempo de descuento, como el éxito alemán en las vacunas contra la covid, o las ventas de los aviones Airbus… Pero esos triunfos saben a canto del cisne.
Repasar la relación de las diez empresas más grandes del mundo resulta un ejercicio melancólico para un europeo (y no digamos ya para un español). Ocho son estadounidenses y hay una saudí y otra taiwanesa. El orden de primera a décima es así: Apple, Microsoft, Aramco (la multinacional del Reino Saudí), Alphabet (Google), Amazon, Tesla, Berkshire Hathaway (el fondo de Warren Buffet), Nvidia (semiconductores), Met (Facebook) y TSM (firma taiwanesa de semiconductores).
Se habrán fijado: de las diez primeras, ocho tienen que ver con la tecnología digital, el nuevo mundo real, donde hoy se crean la riqueza y el futuro. Y ahí Europa resulta irrelevante. Es significativo el caso alemán. Su única empresa del ramo de cierta importancia, Wirecard, quebró en 2020 tras un escandalazo de fraude. La primera multinacional europea que aparece en el ranking planetario es el holding de lujo galo LVMH, en el puesto 19.
Europa –y es ya un tópico decirlo– va camino de quedarse en un lindo parque temático para el turismo asiático, con una población muy envejecida –estamos más por el aborto que por la natalidad– y unas cuentas públicas insostenibles.
Vivimos en una alocada huida hacia adelante a golpe de deuda. Es de manual que con una inflación enfebrecida, como la que hoy sufrimos, el banco central tendría que estar ya subiendo los tipos de interés para enfriarla, como hace la FED. Pero aquí nadie se atreve, porque la economía europea se encuentra en coma y sin el oxígeno artificial del BCE agonizaría.
Esa «expansión cuantitativa» y esos tipos bajo cero no dejan de ser hacerse trampas al solitario. Al final suponen un eufemismo de lo que toda la vida se ha llamado «darle a la maquinilla de imprimir dinero». Si no inventas, si no ofreces una fiscalidad moderada que anime a arriesgarse, si no cuadras mínimamente las cuentas públicas, si no fomentas una educación de excelencia para luchar en un mundo híper competitivo, si no quieres trabajar más de 35 horas por semana, si solo piensa en «el finde», el Netflix y «las cañitas»… lo que te espera a corto plazo es la mediocridad y, poco después, el reparto de miseria.
Y ese es el gran proyecto del lamentable Gobierno que hoy padecemos en España: la socialización de la mediocridad. Un simple ejemplo lo resume todo: mientras la deuda pública está en el 118 % y la inflación disparada como nunca en 40 años, Sánchez regala un aguinaldo de 400 euros a cada chaval que cumpla 18 años, solo para comprar votos. Peronismo y una España de taifas. Ese es el plan.
El primer año de Feijóo va a ser tremendo: tratar de tapar un boquete tras otro en el casco de un barco que hoy zozobra. Y entonces, ay, veremos el renacer en las calles de las protestas de UGT, CC.OO. y todos los abajofirmantes. ahora silentes mientras Sánchez y Podemos hunden a su país.
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