02 de julio de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿El Gobierno más cursi de la historia?

Jamás se habían alcanzado tales cotas de melindre y permanente autobombo «empático y resiliente»

Por las mañanas me pillo un café de vaso de cartón en un local cerca del periódico. Las camareras son siempre amables y resolutivas. Pero si una de ellas me dijese un día que «nosotras y nosotros estamos trabajando con responsabilidad, determinación y empatía, porque de esta crisis vamos a salir juntos todos y todas», yo pensaría que a esa buena señora se le ha ido la pinza. Y si acto seguido me subiese a un taxi y el chófer me soltase que «en nuestro sector no hemos dejado de trabajar ni un instante y estamos haciendo cosas chulísimas, pero no somos capaces de comunicarlas»; pues me quedaría reflexionando sobre el número de pacharanes que se habría desayunado el gachó.
Pues bien, los entrecomillados anteriores responden a citas literales de las vicepresidentas Nadia Calviño y Yolanda Díaz. Y es que probablemente estamos ante el Gobierno más cursi de la historia de España. La incompetencia se envuelve en una carcasa de melindres y merengues, con un permanente autobombo «empático, transversal y resiliente». La tarea normal de todo gobierno se vende ahora como si supusiese la tarea hercúlea, jamás vista, a cargo de unos «ministros y ministras» que se inmolan cada día por nuestro bienestar. A veces incluso se roza la pura comedia, como ayer, cuando escuché a la ministra Ione Belarra jactándose del «prestigio reconocido de los equipos económicos de Podemos».
Todavía perdura el eco del famoso discurso de Churchill en los Comunes del 13 de mayo de 1940. Aquella legendaria pieza oratoria levantó la moral de un país que estaba encajando derrotas constantes ante los alemanes. «No tengo nada que ofrecer a esta Cámara, sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor (…). Vosotros me preguntáis, ¿cuál es tu política? Os la diré: hacer la guerra por mar, tierra y aire con toda nuestra potencia y con toda la fuerza que Dios nos pueda dar. Hacer la guerra contra una tiranía monstruosa».
Imaginemos ahora por un instante que quien estaba en aquel brete era el Gobierno de Sánchez y Podemos. El discurso en el Parlamento se convertiría en algo así: «No tengo nada que ofrecer a esta Cámara, salvo un proyecto progresista, ecologista y feminista para todas y todos. ¿Cuál es mi política? Os la diré: la diplomacia es la única forma de pararle los pies a Hitler y ayudar a los alemanes y alemanas. Hay que apostarlo todo a la paz, y el feminismo es paz. Por eso propongo una Alianza de Civilizaciones, que desde una perspectiva de género promueva superar el etnocentrismo. Este Gobierno está por un acuerdo de las fuerzas de progreso, que deje atrás el discurso de odio, la transfobia, la masculinidad tóxica y el privilegio blanco. De este conflicto saldremos más fuertes». ¿Les parece una coña? Pues es la jerga que nos llega cada día desde la Moncloa.
El profesor y editor Pablo Velasco me ha pasado un estupendo libro de Jorge Soley, titulado Manual del buen ciudadano para comprender y resistir a la cultura de la cancelación. La obra, publicada por la ACdP, desmonta con claridad e inteligencia los orígenes y consecuencias de la corrección política. Este fenómeno ha generado una ola de censura y autocensura, que al final mutila nuestras libertades y el intercambio abierto de pareceres. Como propina, a modo de cierre, el libro incluye una «Lista provisional de términos que hacen saltar todas las alarmas». Y allí aparece compilada, hasta el extremo de que te hace reír, toda la jerga con que nos flagela cada día nuestro «progresismo»: inclusividad, patriarcado, apropiación cultural, sexo fluido, sesgo inconsciente, falocentrismo, señoro, tolerancia, justicia climática, autoidentificación, explotación, edadismo… etc., etc.
Vivimos una liza entre dos maneras de ver el mundo. Resumiendo mucho, una respeta la fe religiosa, la familia tradicional y las lecciones del pasado y la otra rinde culto a un yoyoísmo egoísta, adanista y relativista, paradójicamente pastoreado por un Estado cada vez más intrusivo. En esta disputa político-cultural la primera munición son las palabras. Por eso es importante no dejarse colonizar por la correcta ñoñería igualitaria que propugnan nuestra izquierda y el Gobierno orwelliano de Sánchez. Ocultar la palabra España, empalagar en cada discurso con ritual «todas y todos», eliminar toda alusión al hecho religioso… No son acciones neutrales ni casuales. Sin embargo, parte de la derecha no se entera. De hecho ya está copiando esa jerga por un absurdo complejo de inferioridad.
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