01 de julio de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿Día del Orgullo Heterosexual?

Una cosa es respetar los derechos de los homosexuales y otra diferente es sacar de quicio lo minoritario y querer convertirlo en patrón general

Apiádense de mí. A continuación voy a escribir algo políticamente incorrecto, perfectamente prohibido, pero me temo que razonable:
En mi infancia las cosas eran bastante sencillas. El pato Donald salía con la pata Daisy y Mickey Mouse, con Minnie Mouse. Travolta suspiraba por Olivia Newton-John en Grease, y viceversa. Ryan O’Neal y Ali MacGraw rompían la taquilla con Love Story. Existía también la camaradería masculina, como la de Tintín y el capitán Haddock, o la de Astérix y Obélix; sin que nadie se pusiese a especular con una relación homoerótica entre ellos (o «queer», que dicen ahora los más pedantuelos, o «no binaria», o «pansexual»).
¿Por qué las relaciones de amor que se contaban en novelas, películas y todo tipo de expresiones culturales se desarrollaban entre mujeres y hombres en el 99,9 % de los casos? ¿Por qué las familias estaban compuestas casi siempre por una madre, un padre y sus hijos? Pues simplemente porque ese es el tipo de relación usual desde que el ser humano camina por el mundo y también sigue siendo la mayoritaria a día de hoy (en contra de lo que a veces nos quieren hacer pensar).
De igual modo, la pauta entre los grandes mamíferos del reino animal es la unión entre un macho y una hembra, llave del mantenimiento de sus especies. Esos patrones continuaron imperturbables durante los más de 200.000 años de andanza y jaleos del homo sapiens por el mundo… hasta llegar al último cuarto del siglo XX. Lo que ha pasado desde entonces es que lo que comenzó como una justa defensa de los derechos de las personas homosexuales, que por supuesto no deben ser perseguidas ni molestadas por sus particulares pulsiones, ha derivado en una suerte de extraña promoción de la homosexualidad, como si ser gay supusiese algún tipo de plus.
Es decir, se ha producido un movimiento pendular y se ha acabado sacando las cosas de quicio. Se ha pasado de perseguir e incluso encarcelar a los homosexuales, algo inaceptable, a un empalagoso énfasis a favor de todo lo gay, promovido por una izquierda que, huérfana de discurso, ha adoptado como bandera la promoción de ciertas minorías y su victimización. Ya vamos por LGBTIQ+. A este paso no nos van a llegar las letras del alfabeto para tanta mutación sexual.
El fenómeno de la hipérbole arcoíris se mezcla además con la plomada de la corrección política. Una familia heterosexual y que además sea blanca –o china– se convierte en algo imperfecto a ojos de los nuevos censores, que quieren convertir lo minoritario en mayoritario. La campaña es permanente. Ha de haber «diversidad étnica» y cuota gay a toda costa (por eso se llega a absurdos como el de Los Bridgerton, el popular folletín de Netflix, donde de manera inverosímil se presenta a varios nobles mulatos en el Londres de la época georgiana, en un intento absurdo de mutar el pasado imponiéndole la plantilla del tiempo presente).
Llevo cinco décadas largas respirando. He trabajado en varias empresas. He viajado un poco. Por razón de oficio he tenido la oportunidad de trabar relación con muchísima gente de todo tipo. Pero jamás me han presentado a una persona transexual. O vivo metido en una urna y no me entero de nada. O lo que indica mi experiencia personal es que la transexualidad es algo muy, muy minoritario, que simplemente está hoy sacado de quicio por el rodillo ideológico del «progresismo»; por una visión un tanto histérica de la realidad, como la que preconiza Irene Montero desde su inenarrable ministerio del sectarismo gandul.
Disney anuncia que a partir de ahora la mitad de sus personajes serán homosexuales. Cualquier día nos contarán la salida del armario de Dumbo, Goofy, Cruella de Vil y Cenicienta. Evidentemente, esos porcentajes no se corresponden con la realidad social. Esa promoción constante de la homosexualidad en todos los ámbitos, incluida la escuela, está creando ya conflictos psicológicos en niños estadounidenses.
¿Por qué hay que dedicar semanas festivas en nuestras ciudades a ensalzar la homosexualidad y no la familia tradicional, que es la médula que realmente sostiene las sociedades? Si no hay carrozas, fanfarrias y banderolas del «orgullo heterosexual», ¿por qué tiene que haber un «orgullo gay»? ¿Tiene sentido convertir el tema de las preferencias sexuales de cada cual, un asunto privado, en eje del debate público?
Siento un respeto absoluto por los homosexuales. Mi experiencia vital me indica que es algo que viene impreso en la naturaleza de algunas personas. Estudié toda mi infancia en el mismo colegio y con la misma gente. Desde la más temprana edad todos los chavales sabíamos que en nuestra clase había uno o dos compañeros homosexuales, y así se confirmó en la edad adulta. Vi también cómo a veces eran objeto de mofas, escarnios y desprecios. Lo pasaban mal. Allí entendí para toda la vida la lección de que hay que respetar a todo el mundo. Pero ese camino debe ser de ida y vuelta. Sin imponer lo minoritario a lo absolutamente mayoritario.
Y ahora, que me lapiden si quieren en la plaza de la cancelación y la corrección política. Me da igual, porque con toda modestia, mi trabajo consiste en intentar contar la verdad.
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